miércoles, 24 de febrero de 2016

(Enseñ. etc. / Filos. en Bto.) De una programación de Filosofía de COU en 1997-98

en el I.E.S. “Josep Pla” de Barcelona


Introducción: En qué condiciones se desarrolla
la explicación de la filosofía de COU

1 La filosofía en el Bachillerato y en el COU

La filosofía que suele explicarse en el Bachillerato y en el COU se parece (con un agravante al que después aludiremos) a las matemáticas que explicaba aquel profesor que, después de leer en un manual de aritmética elemental que para multiplicar una fracción por un entero basta con multiplicar por dicho entero el numerador, daba a sus alumnos la siguiente lección: “Para multipli­car una fracción por un entero, en aritmética lo que se hace es multipli­car por dicho entero el numerador. Así, por ejemplo, y para que os hagáis una idea: ­para multiplicar ¾ por 4, unos matemáticos que hicieron unos estudios muy profundos (porque yo enseño matemáticas, pero no soy matemáti­co yo mismo) pensaron que había que multiplicar 3, que es el numerador de la fracción, por 4, que es el entero: 3 por 4, 12. Así, en matemáticas, al multiplicar ¾ por 4 resulta 12. Esto os puede parecer una barbaridad, porque entonces 3 sería igual a 12, pero eso es porque la matemática es una ciencia pura y a priori y no sigue las leyes de la vida cotidiana, sino otras leyes distintas que establecen los matemáticos en sus libros después de hacer estudios muy profundos. El que estudie la carrera de matemáti­cas ya verá con más fundamento el por qué, pero ahora aprenderos el ejemplo: ¾ por 4 dijeron unos matemáticos eminentes que era igual a 12. Que conste que esto sale siempre en el examen, ¿eh?” El agravante al que nos referíamos antes es que en el caso de la filosofía el profesor que explica de tan singular manera no se aparta de la letra ni del espíritu de los libros de texto aprobados por las instancias competentes.

Podemos resumir lo anterior en el diagnóstico de que la filosofía que se imparte en el Bachillerato y en el COU suele tener carácter mentiroso. En el Bachillerato, sin embargo, ello no impide al profesor que se sienta con fuerzas o ganas de objetar a esa mentira el dar sus clases de la manera que a él le parezca más verdadera. El único obstáculo que ha de vencer es el de las comparaciones que inevitablemente harán sus alumnos con otros profesores de filosofía, del mismo o de otros institu­tos, que dan clases “más fáciles”. Vencido ese obstáculo, sería en principio posible dar unas clases relativamente honradas.

2 La filosofía en el COU

La situación es muy distinta en COU: En ese curso todos los contenidos están condicionados por la espada de Damocles del examen de Selectividad, y en el caso de la filosofía ese examen responde todo él a la concepción mentirosa a que nos referíamos en el apartado anterior. Es muy significativo al respecto lo que los diseñadores del examen entienden por comentar un texto: para ellos se trata de “[posar] el text en relació amb el pensament de l'autor i de la seva època, tenint en compte les principals influències que l'autor hagi pogut rebre” (¿se ve?: “unos matemáticos pensa­ron...”). Curioso: comentar un texto es para estos diseñadores ponerlo en relación con todo... menos consigo mismo y con su tema. Lo que el texto dice no parece digno de plantear por sí ningún problema, sino que inmediatamente se explicará poniéndolo en relación con “el pensamiento del autor”. Según eso, cuando San Agustín describe el tiempo en las Confesiones, por poner un ejemplo, no dice lo que dice porque el tiempo es como es, sino porque él es “San Agustín” y ya tiene una doctrina (¿que él mismo se ha enseñado a sí mismo y luego se la ha aprendi­do?, pero ¿por qué no podía estarla descubriendo en esa descripción del tiempo?), y usa eso de “el tiempo” sólo para pegarnos su rollo y vendernos lo que nos tiene que vender, que en el fondo el tema le importa tres pepinos. Ya se ve qué concepto de filosofía subyace a esto: un conjunto de opiniones, una ideología, algo que uno puede ciertamen­te “explicar históricamente”, pero que, al parecer, no tiene sentido intentar comprender[1]. De ahí la mención de la época y de las influencias: se trata de entender la filosofía como resultado de cosas externas, como algo en sí mismo muerto, ella precisamente que es el arte de poner a las cosas patas arriba para verles la vida, el revés nunca sabible ni calculable, tras su trivial, consabida y mortecina aparien­cia cotidiana. Pero claro, era una empresa demasiado interesante, demasiado hermosa, para que el funcionario, con pretexto de enseñanza, no viniera a chafarla y a hacer de ella historia y trivializa­ción y muerte. En estas condiciones uno se pregunta: si ése es el precio, si la filoso­fía sólo puede ser enseñada convertida en su contra­rio, ¿para qué enseñarla? Y sobre todo: ¿qué tengo que hacer yo, que se supone que soy profesor de filosofía? ¿hacerme cómplice de esta maniobra de destrucción de mi materia? Evidentemente, como profesor de filosofía, más bien debería luchar contra esa maniobra en la medida de mis fuerzas.

Pero esto plantea un problema: desde el momento en que se establece el examen de Selectividad, queda garantizado que dar la filosofía de COU con sentido hermenéu­tico, haciendo ver a los alumnos el sentido que tienen los decires de los filósofos, sólo conducirá a condenarles al suspenso. Pues en cuanto se da sentido a una fórmula, se relativiza su letra. Pero el corrector de Selectividad va a ir buscando precisamente la letra y el cliché consabido; al encontrar en su lugar una explicación no prevista, que a su parecer le habla de otras cosas (pues el cliché, modificado por el sentido, es ya irreconocible), va a dar la pregunta por mal contesta­da. El corrector de Selectividad, por ejemplo, querrá que se le diga, de acuerdo con el cliché, que las ideas de las que supuesta­mente hablaba Platón son, como dice un libro de texto, “entidades inmateriales, absolutas, inmutables y universales que existen independiente­mente del mundo físico”; cómo puede alguien con dos dedos de frente creer seriamen­te que un filósofo va a perder dos minutos de su tiempo en tratar de semejantes “entida­des” sería un tema interesante, pero ya se ve cómo la inanidad del pensamiento, el que ni aun expri­miéndolo como una naranja sea posible sacar de él un átomo de filosofía, se acompaña –no falla nunca– de la expresión retórica y rimbom­bante, como si la oscura conciencia de su pequeñez y mezquindad quisiera hacerse perdonar con la grandilo­cuencia. ¿Cómo se espera, pues, que un corrector de Selectividad que busca ese cliché reaccione al leer en un examen que la idea o eîdos se demuestra que es eîdos y no cosa precisa­mente porque se escapa de las definiciones con que intentamos atraparla, porque no se deja atrapar ni encerrar como una cosa, sino que se escapa, y, como el pepino que se le escurre a la frutera de las manos y rueda por el suelo y la frutera grita “¡está vivo!”, así el eîdos está vivo, porque no ser cosa es estar vivo y la vida para los griegos es cosa de dioses, y por eso Platón dice que el eîdos es divino? (¿Pero no se presiente ya que hay más filosofía en el trato de las fruteras con sus pepinos que en el de los libros de texto con sus entidades inmateriales, absolutas, inmutables y universales que existen independientemente del mundo físico?)

La consecuencia práctica de todo esto no puede ser otra que la de que el curso habrá de plantearse como un compromiso entre la autenticidad y el cliché, entre la filosofía y la Selectivi­dad.


Constatación sobre las destrezas de los alumnos al iniciar el curso
(“exploración inicial”)

Me limito a copiar aquí lo que ya constataba el año pasado sobre mis alumnos de 3º, porque la situación es la misma:

Se evidencia una enorme imprecisión en el uso de conceptos (tienden abrumadoramente al cliché, a la simplifica­ción abusiva –lo mismo es “el orgullo” que “la vanidad”, lo mismo es la cautela... ¡que la lentitud!–), que hace juego con una gran pobreza lingüísti­ca, tanto en vocabulario (“orgullo” y “vanidad” corresponden en el habla de los alumnos a un único ítem: “un creído”, y todavía falta el paso al sustantivo abstracto) como en sintaxis (el tener que vérselas, por ejemplo, con conexiones de relativo que, acaso por depender de una preposición –como por dos veces sucede en la siguiente frase: “el objeto con el que trata la filosofía es aquello en lo cual nos movemos siempre ya”–, vayan
más allá del caso sintácti­camente más simple provoca casi un vahído a la mayoría de los alumnos). La frase puesta como ejemplo muestra todavía otro rasgo relevante, pues el “aquello” que en ella aparece es por sí solo capaz casi de sacarle ronchas por todo el cuerpo a alguno de nuestros alumnos, al verse obligado a hincarle el diente del concepto a algo que, como “aquello”, parece resistirse en redondo a caer bajo la imagina­ción (y reconozcamos que la palabrita es un tanto traidora, en cuanto, como deíctica que es, a algún sitio apunta, pero a la vez pertenece aquí a un nivel de abstrac­ción que está muy por encima de aquél en el que propiamente cabe apuntar con el dedo).


Objetivos del curso

Estando así las cosas, el objetivo sólo puede ser: que la mayoría de alumnos aprueben la Selectividad a base de repetir clichés, y que algunos tengan algún barrunto de que tras esos clichés consabidos hay un pensamiento vivo que precisamente no puede ser nunca consabido ni es ni de lejos preguntable en un examen con la carga de nervios que tiene el de Selectividad.




[1] Con esa concepción del comentario encaja la pregunta 5ª y última del examen, que pretende suscitar una “reflexió personal de l'alumne” y puede tener por ejemplo el siguiente tenor: “Us sembla que la moral va lligada al coneixe­ment?”. Es decir: dado que la historia de la filosofía es una historia de opiniones e influencias, en la que tan válida es una opinión como otra, tú puedes ahora decir lo que te parece: no te cortes y decide (porque tú eres lo que importa) si la moral va ligada al conoci­miento, según tú, lo mismo que decides qué grupo de rock te mola más.

(Enseñ. etc. / Filos. en Bto.) De una clase de filosofía de 1º de bachillerato

Cosas surgidas el jueves 14.11.2013
en la clase de filosofía de 1º (bto.) A
del Instituto de E. S. “El Portillo” de Zaragoza
           

A propósito de una proposición de las que llamábamos universales afirmativas,
“Todos los hombres son mortales”, lo primero nos hemos preguntado entre todos cómo podría formularse en un lenguaje más corriente, y han salido frases como “Todos moriremos”.(Y, aunque en clase no lo hemos dicho, de esas dos formulaciones, la culta y la corriente, es la corriente la más fiel al modo como la cosa se nos presenta[1]: ¿qué es eso de “los hombres” o, menos aún, “el hombre”?; por lo menos habría que investigarlo. Mientras que “todos nosotros” está claro quiénes somos: los que lo decimos, los que hablamos, ¿no?; los hablantes.) Nos hemos preguntado entonces por el valor de verdad de esa proposición, y hemos tenido que reconocer que era verdadera. Ello nos ha dado pie para descubrir algo un tanto paradójico (señal, por cierto, de que nos estábamos ya metiendo en el elemento de la filosofía, que si algún carácter distintivo tiene es el de la paradoja[2]), que es lo siguiente: la proposición “todos moriremos” está en futuro, lo futuro “está en el aire” (nadie ha visto ni ve nunca nada futuro, pues si lo viera se le habría presentado y le sería por ello mismo presente), de ello nada sabemos y, sin embargo, eso sí lo sabemos, que moriremos.

La cosa tiene, pues, algo de paradoja. Pero a todo esto ¿cómo podemos saber que moriremos? Es lo que nos hemos preguntado a continuación. Se nos han ofrecido entonces varias respuestas. La primera: lo sabríamos a partir de que antes que nada sabemos que los hombres han muerto siempre. Pero entonces nos hemos dado cuenta de que eso que sabemos es, más bien, que todos los hombres que ha habido han muerto, y como “que ha habido” quiere decir “que han pasado”, eso que sabemos es que todos los hombres que han muerto han muerto. Y saber eso ¿es saber algo? Es decir: Ciertamente, parece que la proposición escrita en cursiva es “verdadera”, pero ¿de verdad lo es?

El profesor ha hecho notar que, para poder ser verdadero o falso, todo decir ha de ser dual, ha de tener dos lados. Así, “la pizarra es verde”, que es verdad, tiene, por un lado, “la pizarra”, y, por otro, “es verde”. En cambio, si dijéramos
“la pizarra es la pizarra”, y aunque en cierto modo se puede decir que es verdad, no acabamos de tener dos lados, porque el primero, “la pizarra”, ya “es la pizarra”, con lo cual, al poner eso mismo como segundo lado, en realidad estamos haciendo trampa, colando como segundo otra vez el primero. No llegamos a salir del sujeto: no decimos nada. (Otra manera de ver que verdad lo que se dice verdad no es, es darse cuenta de que algo así jamás podría, ni en pensamiento, ser falso. Y si jamás podría, ni en pensamiento, ser falso, ¿a qué se opone su presunta verdad? Y si no se opone a nada, ¿en qué se nota que es verdad? (Del mismo modo que un día que no fuera un mantenerse frente a la noche tampoco sería día, o que si no estuviera la posibilidad de la guerra tampoco la paz sería propiamente paz.))

Se ha sugerido entonces que sabríamos que vamos a morir porque sabemos de gente de nuestro alrededor que muere. Para el pensamiento corriente, no filosófico, que no necesita considerar las cosas más que aproximadamente, eso puede valer, pero, mirado con un poco más de detención (es decir: de filosofía), ¿qué es eso de “gente de nuestro alrededor que muere” más que: que Fulanito de Tal el otro día (en el pasado, por lo tanto) murió, y lo mismo Zutanita de Cual, etcétera? Es decir: volvemos a estar en el caso anterior, en el que no decimos nada. (Y, por último, parece pertinente preguntarse: ¿Es válido el razonamiento “Todos los hombres del pasado han muerto. Luego también en el futuro los hombres morirán.”?)


[1] O, para decirlo con un palabro un tanto pedante, “es la corriente la más fenomenológica”.
[2] Por cierto, la etimología de esa palabra tiene mucho interés filosófico. Algún día podríamos verla.
[3] Es decir, nadie ha visto nada futuro en tanto que futuro, pues si lo viera, se le habría presentado y le sería por ello mismo presente.