viernes, 17 de junio de 2016

(A modo de pecios) Cuasipecios viejos, I (reedición) y II

I

1
De la conversación con un amigo sobre el progreso. Ir creando juegos –en el más amplio sentido– siempre nuevos, ¿puede llamarse progreso? Siendo el progreso una marcha hacia delante, sucede que esos juegos, precisamente por ser nuevos, no pueden ponerse en una misma línea de continuidad y medida con los ya existentes, sobre la que se haría posible hablar de adelante o atrás. Sólo puede haber progreso cuando, estando excluida por principio toda creación de nuevos juegos (sentidos, direcciones), lo único que se admite es la indefinida prolongación y complicación del único juego que hay. Progreso es en el fondo inercia.
 Me cuenta Jorge cómo de pequeño, durante un veraneo en el Pirineo aragonés, una tarde en que sus padres se habían quedado en el hotel salió a dar una vuelta por aquellas montañas y riachuelos. Y en aquel paseo, dejándose perder entre los bosques, tuvo una viva sensación de felicidad, como de maravilla ante la naturaleza, de asombro ante algo que ciertamente parecía tener un orden, una armonía, pero también un secreto, pues ese orden y armonía, sin ser del todo extraños, no podían ser calculados por el hombre. “Y precisamente el progreso consiste en destruir eso, destruir todo lo que provocaba asombro y maravilla”. Quizá es que sólo sobre el supuesto de que todo es calculable cabe garantizar una indefinida “marcha adelante”. Necia pretensión de privar a la naturaleza de todo lo que tiene de irreductiblemente incalculable y no-humano, y que precisamente es lo que de ella sentimos más misteriosamente próximo, como si en su rehusarse se nos manifestara hermana.

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2
Comer a solas. Cuando como solo en casa no he dejado aún de tener hambre y ya estoy harto. Y es que, siendo el comer ante todo un acto humano, es decir, social, es inevitable que comer a solas no signifique de algún modo una cierta caída en la animalidad. Y como nuestro estómago nunca deja de ser humano, las regulaciones puramente fisiológicas y animales le dejan siempre en la duda de si aún tiene hambre o ya está harto.

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3
Nombres de periódicos.  Ayer, dando un paseo con Ignacio por las Ramblas, nos quieren vender un periódico de un grupúsculo de izquierdas que lleva por título De Verdad. Nos negamos en redondo: aún, si se llamara De mentirijillas... Pero ¡De Verdad! Y se nos ocurre que se podría publicar un periódico con un nombre como Quizás, Puede ser, Vaya usté a saber o algo así. Las noticias serían del estilo de “Ayer pasó algo pero no se sabe dónde...”, “se ignora exactamente qué...”...

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4
Arquitectura moderna. Al volver de un paseo miro distraído al vestíbulo del portal contiguo al mío y experimento una sensación de levedad, de alivio, como si me quitaran un peso de encima: comparado con el de mi casa, un núñezynavarro de los años 70, en aquel viejo vestíbulo de antes de la guerra sorprende precisamente que nada en él sorprende ni llama la atención, porque todo cumple una función precisa y en ella se agota. Pues, al parecer, la atención no se ve reclamada por las cosas que permanecen absorbidas en su función, sino sólo por las que de alguna manera se liberan de ella y adquieren una presencia inútil, que las convierte en cierto modo en obstáculo. De ahí debe de proceder en gran parte la insoportable pesadez de nuestras ciudades, en las que todo está hecho para apabullar y para epatar, en las que todo es obstáculo. En un programa de televisión, Juan Goytisolo compara la arquitectura islámica de Mali con la obra de Gaudí casi como si vinieran a ser lo mismo, pero la una, la islámica y tradicional, es la sencillez y la ligereza mismas, mientras que la otra, la moderna y culta, es casi el empacho. No me extrañaría nada que las bellísimas formas de las mezquitas y alcazabas del desierto vinieran rigurosamente exigidas por una consideración utilitaria, que se agotaran en ser útiles a sus usuarios. Pero, ¿qué noción de utilidad es ésa? Porque lo cierto es que la mayoría de las casas modernas son horriblemente feas, y precisamente en ellas el cálculo de gastos para lograr la máxima economía ha sido llevado adelante hasta el límite. ¿O es que hay una utilidad más alta, que se resiste a todo cálculo, pero en ausencia de belleza nunca sería posible?

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5
Lógica en la melodía del lenguaje. La gramática que aprendimos en la escuela llama artículo tanto a el como a un, pero la verdad es, por de pronto, que sus respectivos enlaces con el sustantivo son melódicamente[1] muy diferentes: “el hombre” se pronuncia de un solo golpe tónico, elómbre, o sea que el es partícula proclítica y por lo tanto átona, mientras que “un hombre” se pronuncia de dos, ùn ómbre, siendo un, pues, palabra tónica. Esa diferencia es reflejo de la estructura lógica de las dos cosas, que es muy diferente: si digo “el hombre” hago un solo movimiento: el de señalar a un algo previamente conocido, sea ello la raza humana, su mitad masculina o el hombre del caso; si digo “un hombre”, en cambio, hay ahí dos movimientos: la mención de un ámbito de cosas (el de los hombres) y la referencia a un individuo dentro de él. Por eso en el primer caso un solo golpe tónico, en el segundo dos.


[1] No habría advertido que se trataba de melodía, o entonación, y no de ritmo de no ser por Agustín García Calvo.

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6
Condenados y verdugos. (Pasado a "Dos cuasipecios sobre la pena de muerte", el 14.10.2016.)

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7
El rostro del político. Al ver en los periódicos rostros de políticos en fotografías de primer plano me parece descubrirles cierto aire de familia, como si estuvieran todos cortados por un mismo patrón. Arriba, frunciendo la frente contra la línea del cabello, los ojos se abren flojamente en un bostezo (¿no nos dan como sueño esos ojos?); abajo, la boca siempre abierta, emitiendo. Y ese patrón, ¿no responde a una catadura humana bastante precisa? Alguien que cree sabérselo ya todo, por lo que no necesita mirar nada para entender y puede dejar vagar los ojos adormilados por el vacío; y como quiere que sepamos que se lo sabe ya todo, no para por la boca de emitir y recitarnos la lección de carrerilla. Aquel-que-ya-se-lo-sabe-todo es precisamente el que ya no tiene nada que entender ni puede ya entender nada.  Sólo nos recita, modorro, la aburrida murga, nos repite (reitera, dice él) que “apuesta por el futuro”.

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8
Prendidos en el parque. Sentado en un banco, veo pasar un niño pequeño, de esos que justo han aprendido a andar y hasta son capaces de echar una carrerilla, pero una vez en movimiento les es difícil pararse. Corre delante de su madre, persiguiendo una paloma. No ha hecho más que aparecer en el parque, y ya estamos todos pendientes de sus movimientos, prendidos de ellos. Y hay puro placer en esa contemplación. ¿Qué nos prende tanto de un niño pequeño, qué nos cautiva tanto en él? Tiene que ser ese ir todo decidido, esa gozosa confianza en que aquello a lo que va vale de todas todas, en que aquello . Esa confianza no puede por menos de parecernos temeraria, nos sentimos, por supuesto, incapaces de mantenerla, pero no nos es tan ajena ni tan banal que podamos dejar pasar el gozo de experimentarla, aunque sea de reflejo, aunque sólo sea poniéndonos un poco en los ojos del niño, identificándonos con él.

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9
Para una etiología de la violencia gratuita. Uno de los productos expuestos en el supermercado se pone de repente a hablarme: “No me tire al suelo” leo en su envoltorio. Esa pretensión de que una cosa, un objeto que puedes comprar, se ponga él mismo a hablarte, es, seguramente, una fenomenal patochada. Pero no es una simple ficción, porque no podemos leer un letrero sin ponerle voz y de alguna manera oírlo hablar, así que en cierto modo sí que la cosa se ha puesto de verdad a hablarme cuando creía estar a solas. Pues bien: ahí, en el hecho de que una cosa me hable, como en toda trasgresión del límite entre personas y cosas, hay una enorme carga de violencia latente. Y por un momento me ha parecido ver que la exposición cotidiana a una violencia de ese tipo es causa suficiente para que alguien, alguien poco dotado para resistir presiones difusas del ambiente, un adolescente o un niño, éntre un buen día armado de un rifle en una escuela de barrio y se lleve por delante a veinte niños y la profesora. ¿De qué otro modo reaccionar ante una violencia tan inasible, tan poco atribuible a un agresor determinado?

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10
“Además”. Oímos al pedagogo y nos dice que “la escuela no debe limitarse a enseñar”, compramos un paquete de pescado congelado y nos encontramos, además, con “un divertido juego para los niños”. Ya no hay nada que simplemente sea lo que de por sí había de ser; las cosas, o se doblan de un aliciente postizo, de un plus, o carecen de existencia; para ser de verdad tienen que ponerse a hacer publicidad de sí mismas. Y así no es posible ya darle a nadie para un bocadillo sin verse obligado –además– a recibir un paquete de pañuelos de papel que uno no necesita para nada; una vez quise hacerme socio de una organiza­ción de defensa de los pueblos que llaman primitivos: hube de desistir al descubrir que se dedicaba, además, a repartir pegatinas y camisetas[1] y a enviar a sus socios una revista mensual que no habían pedido. De ese además, de esa coerción de la publicidad y el aliciente por todas partes proviene buena parte de la barahúnda gesticulante que nos asfixia; en medio de ella, cansado ya de tanto verse zarandeado, se dice uno: “Pero, hombre, ¿era preciso todo esto? ¿Tan mal estaba que las cosas fueran simplemente las cosas?”, y le parece bendito el tiempo aquél en que a la escuela no le sabía a poco la función de enseñar y en que un paquete de pescado se conforma­ba, tranquila, modestamente, con ser un paquete de pescado.


[1] Improvisada nota de una amiga: Esas camisetas con consignas que le hacen parecer a uno un hombre-anuncio. 

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11
Chupete auditivo. Musiqueta que te meten por el auricular, chupete no pedido, en cuanto llamas a cualquier oficina, empresa o negociado de esos que se pasan la llamada de una sección a otra, en larga cadena que a veces se cierra en círculo: Alguien tenía que vender el invento, ellos lo compraron, y ahora –da igual que no sirva para nada– lo tienen que usar. Es el progreso.

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12
En la sala de espera. Era verano, pero allí no teníamos calor, pues el acondicionador de aire había ido refrescando el ambiente hasta dejarlo gélido. Afortunadamente, entre los que esperábamos había una anciana señora, que podía decir sin desdoro que se estaba helando, y gracias a su intervención pudimos al poco rato empezar a notar una tibia y agradable calidez. Llevaríamos unos diez minutos o poco más en ese estado anodino en el que no hace frío ni calor cuando, aprovechando la entrada de nuevos pacientes, como movida por un resorte, saltó la recepcionista a encender de nuevo el acondicio­nador “que si no, con el calor que hace, estos señores se van a achicharrar”. Escenas por el estilo están descritas en la literatura psicológica: cuando el sujeto que despierta de un estado hipnótico realiza alguna acción no requerida por la situación en la que se halla (por ejemplo, abrir una ventana), debido a que bajo la hipnosis se le ha programado para ello, no deja de aducir alguna justifi­cación de su conducta (“¡Está el ambiente tan carga­do...!”). Las palabras de la recepcionista serían, según esto, una de esas justificaciones poshipnóticas, pero en su caso ¿qué ha funcionado como programación bajo hipnosis? ¿Dónde se ha dicho: “si es una maravilla de la técnica, tiene por fuerza que servir para algo”? ¿Qué nos lleva a actuar como si así fuera?

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13
Receta para situaciones límite. Cuando de pura desesperación está uno a punto de llamar a un médico o hacer alguna otra cosa irreparable, lo indicado es ponerse a cantar algo triste, como el romance del pastor desesperado, por ejemplo.

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14
A propósito de un discurso real. Esos políticos y jefes de Estado que, con fingida nostalgia, nos hablan de “un pasado que ya no volverá” se comportan como el ladrón que con ese mismo discurso tratara de justificar su derecho de propiedad sobre la cartera que acaba de sustraernos. Efectivamente, el pasado no volverá, pero eso no significa que no pueda volver lo que hubo, o algo como lo que hubo, en ese pasado.
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15
“Estamos trabajando para usted”. ¡Caramba, pues no recuerdo haberles encargado ningún trabajo!

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16
Lo moderno. “Psicólogos sin fronteras ayudando a los familiares de las víctimas”: llegar de una manera especializada y técnica, trabajosa, a hacer lo que hacía antes todo el mundo sin darse siquiera cuenta de que lo hacía.

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17
A propósito de unos niños intercambiados. Leo en El País la noticia de una de esas confusiones por las que en un servicio de tocología resultan intercambiados los niños de dos madres distintas: los padres afectados “salieron del hospital deseando olvidar lo ocurrido”. Y no puedo evitar una protesta: al contrario, era algo para recordar siempre. Haber querido a un niño cualquiera con un cariño tan verdadero como el que tenemos por el nuestro, ¿no es hermoso?, ¿no es liberador? Pero si los padres en cuestión salieron del hospital no simplemente contentos por haber recuperado a su hijo, sino esforzándose en olvidar todo el suceso, eso sólo puede significar que se trataba de mantener una ficción, de apuntalar ceñudamente una rutina que el azar había hecho tambalearse.
Y uno acaba pensando si no será también que el medio periodístico ejerce una especie de aplanamiento sobre cualquier cosa que se le ponga por delante, induciendo en ella la trasformación en cosa consabida y rutinaria. En tal caso, cualesquiera padres que se hallaran en la situación mencionada, por sensibles e inteligentes que fueran, habrían de acabar, al aparecer sobre la página impresa, “deseando olvidar lo ocurrido”.

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18
Los amantes.
                  –¿No es verdad, Julieta, ángel de amor, que aquí se respira mejor?
                         –¿Julieta? ¡Pero si yo soy Romeo!
                         –¡Anda! Y, entonces, ¿yo quién soy?
                         –¡Y yo qué sé! (¡Qué lío!)

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19
(4.10.97)
La boda. Entra en la Catedral la Infanta del brazo del Rey. Avanzan por el pasillo central con paso lento y solemne. Tan lento que al Rey le parece que han de apresurarse un poco más. La Infanta advierte la maniobra de su augusto padre y aprieta también el paso. Ninguno de los dos quiere dar su brazo a torcer, de modo que acaban compitiendo en un esprint en el que, ¡oh, fatalidad!, a la Infanta se le enreda el vestido nupcial y le hace perder el equilibrio: Ha ganado el Rey, está ya en brazos del novio, que lo recibe alborozado – “¡Campeón, campeón!”– y lo abraza y lo besa. La novia se levanta: “¡Fernando! ¡Prometiste casarte conmigo!” “¡Sí, pero él ha llegado antes!” Y ella, ya con voz ronca de folklórica desmelenada: “¡Sólo porque he tropezado!” “¡Y a mí que me cuentas!”: Fundidos en un abrazo, dan botes de júbilo el novio y el Rey ante el altar, celebrando el gol, entre el entusiasmo de la multitud.

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20
El único combate útil. Reportaje en la última página de El País: “Silencio, se mata”. ¿De qué irá? En un primer momento leo algo de “minas antipersonas”. Pero el título remite a una frase, “Silencio, se rueda”, que al parecer es característica de los estudios cinematográficos. Qué raro. ¿Será que en alguna dictadura especialmente sangrienta obligan a la gente a atravesar campos de minas bajo la acción de las cámaras para luego pasar las ejecuciones en el No-Do? Pero el subtítulo nos saca de dudas: “Diez cineastas se movilizan contra las minas antipersonas”. ¡Ah, era eso! No podemos evitar sentirnos estafados: se ha utilizado la retórica en vano. Pues que el reportaje trate a la vez de cine y de “minas antipersonas” no autoriza a darle un título que relacione esas dos cosas de cualquier manera. Como decía mi profesor de matemáticas cuando un alumno confundía la suma de raíces cuadradas con la raíz cuadrada de una suma, no es lo mismo la calle de Claudio Coello que coger a Claudio por el cuello y echarlo a la calle. El título elegido sugiere que el homicidio está presente, no en el tema de la película, sino en el acto de rodarla, y ése no es el caso. ¿Por qué, pues, ese título? Sencillamente, porque de la mera adición mecánica cine + minas antipersonas resulta una posibilidad retórica, esto es, una frase efectista, y, en tal caso, ¿cómo prescindir de ella? ¡La tentación era muy fuerte! Pues, naturalmente, todo periodista se debe al efecto. Y, a lo que parece, a nada más: el efecto por el efecto, el efecto arbitrario y en vano.
De todos modos el periodista no ha hecho más que recoger el título que han puesto a su serie de películas los diez cineastas de marras, de modo que el problema no radica en nada estrictamente periodístico, sino que afecta a toda esa dimensión de la vida moderna directamente mediada por los “medios” en su sentido más amplio. Es en toda ella donde domina la búsqueda del efecto por el efecto. Pero el campo privilegiado del que el fenómeno procede es la publicidad: su presencia en los “medios” responde simplemente a que ellos tienen siempre un carácter o “toque” publicitario, así como publicitaria era la necesidad de título que sobre los cineastas pesaba.
Si por un momento dejamos hablar a nuestro cuerpo, a lo que en nosotros puede aún oscuramente percibir, sin darse cuenta de que percibe, en el trance de ser acosado por una frase como ésa de “Silencio, se mata”, habremos de reconocer que nos sentimos tironeados, “impactados”, traídos y llevados. Pobre imaginación nuestra, que no nos la dejan un momento tranquila. Y ese verse traído y llevado, ese verse la imaginación zarandeada de aquí para allá, no es otra cosa –si no no lo percibiría el cuerpo como zarandeo– que precisamente el carácter en el fondo siempre vacío, gratuito, inmotivado, vano, del movimiento suscitado. Para nuestra imaginación y nuestra sensibilidad el mayor agotamiento y la más infumable tabarra.
El fenómeno tiene, ya se ve, un carácter esencialmente represivo. Pero la represión, la violencia dominante, cuando no es la brutal violencia de las armas, sólo puede dominar con el consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Ha de disfrazarse de su contrario, de liberación. Y así, los tabarristas profesionales son los que más “causas justas” defienden. Hacen películas contra las minas, organizan conciertos contra el sida, se manifiestan contra la clonación, denuncian la tala de los bosques tropicales, etcétera, etcétera, etcétera. Con ello pueden engañar la mente, pero el cuerpo, la sensibilidad, a ésos, ¿cómo iban a engañarlos, si no era otra cosa el engaño más que el irse por ahí la mente divagando en contra de lo que sentía el cuerpo? Ésos sufren la tabarra en carne propia –no son más que eso, “carne propia”–: se nos pone cara de asco, nos crispamos de tics nerviosos, o ya por fin con tanto impacto y zarandeo se nos aturullan las células y nos sale un cáncer.
¿Qué más da, entonces, que El País sea “progre”? ¿Es que en la lucha contra esa violencia están los “progres” de otro lado que los reaccionarios oficiales? Ellos, que no tienen nada en contra de adoptar como propio el nombre de la fuerza que en su infinita proliferación genera la tabarra misma: el progreso. Por eso hay en los periódicos “progres” todavía más murga y tabarra que en los declaradamente reaccionarios (el paradigma de ello tal vez sea El País de las Tentaciones). Y por eso combatir esa murga es hoy el único combate útil, el único que de verdad valdría ya la pena. Pues, siendo la murga y tabarra, al parecer, la expresión natural de la presente organización del mundo, todos los demás combates habrán necesariamente de adoptarla, como hijos de su tiempo que son. Y en cuanto lo hagan vendrán a comprometer toda virtualidad liberadora que en ellos pudiera haber: no en vano la lista de los modos de ejercicio de la murga –pegatinas, ñoñeces, temas (Thema Natur, Thema Aids, como dicen los mediados alemanes), patochadas, campañas, fiestas reivindicativas, acciones testimoniales, encierros, huelgas de hambre– prosigue naturalmente sin detenerse hasta los atentados terroristas. Luchar contra esa murga y tabarra –recordemos otros nombres de lo mismo: efectismo, arbitrariedad, ruido– parece ser por ello lo primero de todo.

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21
La lengua. ¿Qué espacio más propiamente mío que aquel en el que me muevo? No es, pues, del todo mío el espacio de mi cuerpo: en él no me muevo yo, sino objetos que están en mi cuerpo pero no son yo, y hasta llamarlo espacio es ya una concesión al problemático punto de vista de esos objetos, pues de entrada no parece que pueda ser espacio más que un ámbito en el que podríamos movernos, virtualmente nuestro: lo abierto, lo vacío, nunca lo cerrado y lleno. Sólo que esa cerrazón y plenitud de mi cuerpo no es, al parecer, completa, porque respeta la cavidad de la boca, un espacio en el que, gracias sobre todo a la lengua, puedo en efecto moverme. Por ello ese espacio es en mi cuerpo, al parecer, el único propiamente tal y propiamente mío. ¿Será por eso por lo que la lengua ha ido a dar en órgano del lenguaje? Pues el lenguaje es, también él, algo así como un espacio interno: campo de oposiciones, distancia, pero distancia inextensa: distanciamiento respecto a las cosas, pensamiento: yo.

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22
Proposta presentada en una Reunió de Departament a l’Institut d’Educació Secundària “Josep Pla” de Barcelona.

ATÈS QUE els objectius generals del primer cicle en el seu tercer nivell de concreció es consideraran objectius terminals del segon cicle en el seu primer nivell de concreció, amb l’agreujant que en aquest cas no fóra aplicable la tallant però assenyada estratègia que tant d’èxit va tenir amb “la part contractant de la primera part”, que, tot i ser ajustada a situació, fóra considerada una greu falta d’acatament a l’esperit i a la lletra de la Reforma, sinó que cal trobar sentit i coherència en aquest galimaties sense cap ni peus,

I ATÈS QUE això no fóra mai possible en un estat mínimament lúcid de consciència,

PROPOSO QUE, a partir de la propera reunió i fins a final de curs, mai no s’obri la sessió fins que, sota l’efecte d’algun estupefaent, com ara podria ser un porro que cadascú de nosaltres hi podria dur, no haguem assolit un nivell de consciència prou crepuscular com per trobar sentit a tota mena de crèdits, variables i fixos, de síntesi i d’anàlisi, a les dues classes d’objectius, als tres nivells de concreció, i fins i tot a les set apocatàstasis de la mandonguilla bonyeguda, el dia que les instàncies competents, mitjançant publicació al BOE i al DOG, creïn tan necessària figura.

Barcelona, 20 d’octubre de 1997,

(Firma)

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23
Experiencias límite. Estamos tranquilamente haciendo cualquier cosa, escribir a ordenador por ejemplo, y de repente ya no es en la palabra que estábamos buscando o escribiendo en lo que estamos, de repente nos encontramos suspendidos en la desesperada búsqueda de algo así como una explicación, porque sentimos que está pasando algo y no sabemos qué. Vendría a ser, pues, como un “¿qué pasa?”, pero no hay tiempo para que llegue a serlo. Hasta que, cuando ya todo ha pasado, nos damos cuenta de lo que era: el libro que teníamos apoyado en la pata de la silla se ha caído al suelo y ha hecho ¡patapum!. La experiencia de una explosión, de resultas de la cual acabará uno quizá sepultado en escombros, no debe de ser en un principio cualitativamente diversa. También habrá en ella el asombro inerme del que busca asirse a una respuesta sin siquiera saber cuál era la pregunta. También y por supuesto sobre todo en ella, claro. Pues parece ser ella, la catástrofe, aquello de lo que el inocuo sobresalto cotidiano no es más que débil trasunto, parece ser ella el paradigma. El patapum del libro en el suelo tenía, pues, esencialmente, carácter de catástrofe. Por mucho que no llegue a romper el contexto cotidiano del que ha nacido, el sobresalto es una experiencia límite: desde dentro de esa cotidianidad en la que pisamos terreno firme apunta a un fuera donde perdemos pie. A un vacío en el que zozobramos.
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24
En el andén del metro, I. Comunican por los altavoces que la línea está interrumpida en la mitad de su recorrido. Como es algo que en esa línea suele suceder, está uno tentado de ponerse a hablar con otros pasajeros, aunque sólo sea para desahogarse. Pero una sustancia sorda y pringosa nos detiene: la música ambiental campa y cunde, atiborra los oídos, ahoga cada partícula de aire. ¿Por qué necesitará hoy el poder tanto ruido? ¿Quizá porque comunicar es técnicamente tan fácil? La posibilidad de hacer llegar una voz a todos los pasajeros a través de los altavoces, la posibilidad, incluso, que los pasajeros tienen de comunicarse con el jefe de estación mediante un interfono instalado en el andén, no podían detenerse ahí: tenían que doblarse de música ambiental. Como una guinda sobre el pastel, la música ambiental nos trasmite la convicción de que está todo acabado, cerrado, perfecto. Ya no hay nada que decir: está todo dicho y sabido y controlado. ¿Como una guinda sobre el pastel? No, no es exactamente así. Pues al fin y al cabo una guinda no rompe aquello de lo que iba el pastel: la cosa era ya un lujo, y la guinda no hace sino confirmarlo. Pero, ¿se puede saber qué demonios pinta en el juego del trasladarse de un sitio a otro la música ambiental? Es más bien como el lacito que la mamá amantísima ha puesto sobre el juguete –ahora sí que está mono– y definitivamente le echa a perder al niño las ganas de jugar. O como una guinda en el zapato. Es el toque festivo: decorativo, lujoso, superfluo. La fiesta, dorando y envolviéndonos todo en papel de celofán, va pervirtiéndolo todo de sus verdaderas funciones para volverlo modorra y sueño: es ya el mecanismo número uno de inhibición y desmoralización del personal. Es como si el poder fuera por ahí gritando: “¿Queréis guindas?, ¿queréis lacitos?, ¿queréis fiesta?”, y la muchedumbre rebañega de la ciudadanía moderna contestara entusiasmada: “¡Sí, sí, danos guindas y lacitos!, ¡danos fiesta!”. Incapaz ya, en su infantilismo, de entender que guindas y lacitos no son buenos de por sí, sino sólo dependiendo del asunto del caso, encuentra natural andar con zapatos de guinda y jugar con juguetes de lacito. Pero el poder ni siquiera ha de molestarse en pedirle a nadie su opinión, pues sólo es poder porque puede estar seguro de que todos van a querer cada cosa que a él le convenga.
      Parece, pues, que lo festivo es hoy por hoy de naturaleza represiva. Y así como al niño del ejemplo se le cortan de cuajo las ganas de jugar, pero, si a pesar de todo todavía le quedara alguna y echara mano del juguete, la mamá lo miraría con desconfianza (“¡A ver si va a romper el lacito!”), del mismo modo en ese andén sumergido en música ambiental enseguida se nos echan a perder las ganas de hablar con nadie que tengamos a más allá de diez centímetros de nuestra piel, pero, si por maravilla se nos ocurriera todavía dirigirle la palabra, pareceríamos aguafiestas, nos mirarían como si fuéramos terroristas. De manera que hay que tentarse la ropa. Y aunque no logren del todo hacernos aburrir el juego, aunque en el andén del metro todavía imaginemos y podamos sonreír recordando o hasta simplemente contemplando –leer, con ese ruido, ya no nos dejan–, sólo de pensar en la maravilla que eran los andenes de antes de esto, cuando aún no éramos niños ñoños respetando lacitos, sólo de pensar en pasear tranquilamente en silencio, sin más ruidos que los de verdad, los requeridos por la cosa misma –el taconeo de aquella muchacha por allá, las pisadas de ése de ahí que lee el periódico, la atropellada carrera escaleras abajo de aquél, que no quiere perder el metro–, casi sólo de pensarlo se nos saltan los ojos en lágrimas ante tanta –nos parece ahora– belleza perdida como a Boabdil cuando le hablaban de Granada.

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25
“La Tienda de Lolín”. Antes, cuando no se inauguraban las tiendas con el nombre ya puesto, sino que era la gente la que por el uso acababa poniéndoselo, el resultado era, efectivamente, de ese estilo: “la tienda de Lolín”, “el café de Teodoro”, “la ferretería de la plaza”, “la herrería vieja”. Eran descripciones que a fuerza de rodar, como guijarros, acababan haciéndose nombre. Cuando las tiendas ya no se atrevieron a salir a la luz sin llevar cada una un nombre pegado, fueron éstos muy distintos: “Confecciones Danae”, “Café Excelsior”, “Ferretería La Esmerada”, “Herrería González”: nombres que no pretendían disimular su origen artificial, pensado ex profeso. Lo ridículo, lo cursi, es no atreverse a abrir la tienda a pelo, sin nombre expresamente pegado, e ir a pegarle uno que se avergüenza de serlo y se quiere hacer pasar por descripción, por algo espontáneamente surgido de la gente, un poco como esas series cómicas de televisión que llevan ya las risas incorporadas. ¿Por qué no hacer efectiva esa pretendida espontaneidad y atreverse a abrir una tienda sin nombre, en la confianza de que uno u otro acabará poniéndole la clientela? Al parecer, ya no hay otra espontaneidad que la fingida.

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26
   El poder, en nuestras caras. En El País se refiere un columnista a una foto tomada con motivo de la finalización, hace unos cien años, de los trabajos de construcción de una estación de ferrocarril, y observa que ninguno de los obreros allí retratados aparece sonriendo: “¿Es posible que en un momento así a ningún alma sensata entre 100 se le ocurra hacer una broma?”. Ciertamente, la solemnidad del momento estaría sin duda pidiendo un burlador que la pinchara, que pusiera de manifiesto que no había para tanto. Pero, si en aquella época era tal vez la seriedad un ingrediente necesario de esa representación de sí mismo que parece inherente a todo dejarse retratar, hoy con toda seguridad lo es la “informalidad”, el “desenfado”. Quien hoy en día tenga ante la cámara fotográfica el aplomo de dejarse fotografiar sin más, sin esforzarse por sonreír, inevitablemente pasará por “soso” o aguafiestas, y hasta se le echará en cara su soberbia: “¿Pero qué se ha creído, por qué no puede sonreír como todos, por qué se tiene que distinguir, quién se creerá que es?”. Como en aquel dibujo de Quino en que los pasajeros de un metro regañan a uno por poner “cara de algo”, pero al revés, hoy parece que, en cuanto intervenga algún grado de representación, por leve que sea, poner “cara de algo” es precisamente lo obligatorio. Quien se deje fotografiar a pelo habrá de exponerse al resentimiento que suscita todo aquel que, aunque sea sin querer, pone al descubierto un tabú.
   O sea que fotografiarse sin sonreír es tabú, a lo que parece. Dicho del revés: toda sonrisa fotográfica es la sumisión al poder trazada en nuestras propias caras. Pero ¿por qué ese tabú? ¿Qué gana el poder con él? Tampoco hace cien años, ni quinientos, se dejaba al azar la representación de uno mismo en el retrato: la apariencia tenía sin duda su importancia, había que cuidarla. Pero aquel cuidar la apariencia –las apariencias, las formas– era aún relativamente inocente: los contenidos que adoptaba –dignidad, seriedad, formalidad– en modo alguno pretendían desdecir su carácter de apariencia: aquella dignidad, aquella seriedad, se presentaban como “revistiendo” a sus portadores, aquella formalidad en su mismo nombre mostraba su vinculación con el mundo de las apariencias y las formas. Por el contrario, cuando las apariencias lo son de “informalidad” hemos de sospechar una perversión; como si uno aparentara no aparentar. ¿No hemos oído todos alguna vez recomendar a alguien que se está haciendo una foto que se ponga natural? Semejante recomendación, que tan palmariamente se refuta a sí misma, muestra la vigencia de uno de los dogmas de nuestro tiempo: el implícito en el imperativo “¡Sé tú mismo!” –que a su vez podemos ver, al revés, como una especie de continua recomendación de que nos pongamos naturales, como si en cada uno de los actos de nuestra vida nos estuvieran haciendo una foto–. Se ve ya en qué ha consistido el progreso: hoy la representación afecta a algo más íntimo que hace cien años. Entonces, cuando el retratado, con su actitud, decía “soy honrado, soy formal, soy como Dios manda”, la representación se quedaba en lo moral convencional, sin pretender alcanzar a cosas más verdaderas e íntimas: fuera del retrato quedaba pudorosamente reservada la buena o mala persona que detrás pudiera haber, quedaba su felicidad o infelicidad. Pero hoy lo que el retratado dice es algo así como “lo tengo todo controlado, soy feliz”: la representación pretende, en su obscenidad, alcanzar la verdad íntima y última del representado. También de esa verdad se ha hecho, pues, el individuo una idea, puesto que la puede representar, también de ella se ha hecho un cliché. Pero de la felicidad no me puedo hacer idea. Decir que soy feliz implica, así, necesariamente una ficción. ¿Qué abismal inseguridad de fondo debe de ser precisa para sentirse obligado a mantenerla?

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Aún sin sangre. Unas fotos en El País: “Violadas y asesinadas en Timor Oriental por soldados indonesios”. No hay que esperar a que la tortura o el asesinato se consume para que la violencia haga su aparición en estado puro, como terror. Aún no se ha vertido una gota de sangre, pero hay ya una muy determinada escena: los pasamontañas de esos cinco soldados, la capucha de la mujer (que presumiblemente le tapa la vista), su desnudez de cintura para arriba, el que al parecer esa especie de falda que lleva sean las enaguas, los soldados que la cogen por el cuello, por un brazo, que le apuntan con un puñal en el vientre, que le atan algo a un tobillo... Todo eso, que de entrada se podría describir como pura facticidad, es ya el terror. Pues si, entre hablantes, aparece como tal la facticidad, el puro hecho, es porque el sentido lo ha abandonado. Y eso sólo puede ocurrir porque la posibilidad de diálogo haya sido excluida. Lo cual es ya el terror.

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28
Ñoñería y “transgresión”. Leo en la prensa que los socialistas criticaron que el Ayuntamiento de Madrid haya cedido un local para acoger una réplica del zulo donde ETA mantuvo secuestrado a Ortega Lara –”Es una manera de estimular la necrofilia y el morbo”– y que la familia del secuestrado califica el montaje de “inhumano”. Pero ¿por qué? ¿No podría tener un efecto didáctico?, ¿no podría ser útil para hacerse una idea, por vaga que sea, de la experiencia de un secuestrado en poder de una banda terrorista? Ante esa utilidad lo de que “estimula la necrofilia y el morbo” y demás vaguedades parecen fantasías paranoides. En el mismo local se habían montado muchas otras exposiciones que, como ésta, simulaban las condiciones de algún suceso de actualidad, y, como eran inútiles, a ninguna se le vio nada malo. Pero al final llega una exposición que podría ser útil y entonces, ¿qué ocurre? Que habrá de tener la sencillez, la modestia que lo útil siempre tiene, y hoy cosas así son muy sospechosas. Con ese olfato que tiene el poder para detectar lo que podría ser liberador, el Ayuntamiento ha retirado el permiso para la exposición. Porque si el montaje hubiera sido necrofílico de verdad, si se tratara, por ejemplo, de instalar un ataúd, diseñado por artisto de vanguardia, con música bakalao incorporada, para que los visitantes fueran metiéndose en él uno por uno a hacer un rato el muerto, entonces tendría el prestigio de la trasgresión, sería “lúdico” (sería tabarra), y se le habría dedicado una partida del presupuesto municipal. Así, ñoñería y “transgresión”, como polos complementarios, han dado en repartirse toda la extensión de la vida actual para entre las dos hacérnosla invivible. Empieza la “transgresión” colmándonos de obstáculos, inutilidades y ruido los pocos espacios libres y vivibles que aún quedaban, pero si, por bendito descuido, alguna de las cosas que iban para obstáculo fuera a revelarse útil, liberadora y buena, no hay cuidado: sin falta saltará a denunciárnosla como diabólica la ñoñería. Aparentes contrarias, son en realidad hermanas gemelas.

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La trasgresión moderna. En el metro, la propaganda de no sé qué teatro municipal anuncia “un espacio para la transgresión”. Pero, si trasgredir algo es traspasar su límite, ¿qué trasgresión es ésa que no se atreve a existir si no es dentro de los límites que el Ayuntamiento le marca?

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30
El juego del amor. Todo juego implica simulación, pero quizá no haya más que una transición insensible entre jugar a estar enamorado y estarlo de veras: quizá el enamorado ha acabado creyéndose de tal manera su propio juego que ya no concibe la posibilidad de salirse de él. Y lo más erótico de ese juego, lo más erótico de jugar dos a estar enamorados, es esa complicidad que se crea entre los jugadores, únicos partícipes de un secreto. Pero ese secreto, ¿ante quién se guarda? No sólo ni principalmente ante los extraños, sino sobre todo ante los propios interesados: son ellos mismos, precisamente porque oficialmente se son mutuamente extraños (pues aún se trata de un juego y no de “la vida misma”), los que a cierto nivel deben por todos los medios dar la apariencia de que “aquí no pasa nada”, y no darse de ningún modo por enterados de la maraña de pequeños indicios y mensajes que bajo mano se intercambian. Es ese no pero sí, esa ambigüedad en la que dos extraños no dicen pero sí dicen que no se son del todo extraños, lo más hermoso del juego del amor. Y cuando el juego se haya convertido en realidad y sea ya imposible no darse por enterado, si esa realidad a pesar de todo sigue teniendo algo que ver con el amor es que todavía permanece en ella preservada de algún modo aquella ambigüedad, aquella extraña disociación entre lo oficial y algo más que no se dice. Por eso decimos que el amor es juego.[1]


[1] Autocrítica: ¿No parecen confundirse aquí algunas cosas, y ello hasta el punto de que ni siquiera es fácil decir cuáles son?

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31
En el andén del metro, II. La música ambiental del metro equivale a una afirmación. Dice: “todo está bien”. Y no es verdad.

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Mundo encogido. Aquel tiempo en que en un dictado nos enterábamos (era, he sabido después, una página de Julio Camba) de que los alemanes no concebían la más mínima acción sin un aparato para realizarla de una manera más complicada: “los alemanes”, oíamos, o “Alemania”, y nos imaginábamos otro mundo, desconocido y lejano, como si allí, en Alemania, fuera siempre de noche... Era muy improbable que algún día fuéramos a ver un alemán. Como un bosque, el mundo tenía espesor, era grande, inagotable... Y ahora esto.

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Ida y vuelta. “Dos investigadores demuestran que existe la comunicación por señales químicas en humanos”. Y es verdad que el propio concepto “señales químicas” presupone la ciencia, pero también parece que, lo que la ciencia ha descubierto, de alguna manera el lenguaje corriente lo sabía ya. Muchas veces la ciencia descubre cosas que no estarían olvidadas si ella misma no las hubiera tapado previamente imponiendo su propio modo matemático de considerar.

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Pensamientos de un Sábado Santo. Qué distinta era entonces la Semana Santa. En Santa Coloma, por ejemplo, en Mosén Camilo Rossell, me recuerdo una noche oyendo la radio –estaría yo en mi habitación, acostado, creo, aunque es un recuerdo muy vago–. Debía de ser alguna radionovela sobre la Pasión –entonces en Semana Santa todo eran emisiones religiosas–, y sólo recuerdo una sensación como de pena, de dolor, de tristeza, y también un poco como de aburrimiento, como si la pena fuera lenta, inacabable. Era literalmente como una enfermedad, como tener anginas o algo así. Pero no estaba enfermo, de eso estoy seguro. Sólo que era Semana Santa, que en conjunto venía a ser como pasar unas anginas. Y así, por la radio: una procesión, el viacrucis, una entrevista imaginaria con el Cirineo o con la Magdalena o con el centurión Longino, una saeta, unos tambores, una charla espiritual a cargo de un cura, el viacrucis, y así sucesivamente. Era como unas anginas, pero era algo. Durante aquellos días la vida cambiaba. No necesariamente porque se hicieran otras cosas, sino porque la atmósfera había cambiado. Como si estuviéramos en una tribu primitiva y el hechicero hubiera decretado un tiempo de duelo, físicamente el duelo se respiraba en el aire. Y aquello estaba bien, era consolador. Tanta tristeza de repente pública, descubierta. Como estar en el fondo del fondo y no poder ya descender más, era como una balsa que te recogía, amarga y maternal, y de dolores te arrullaba. Era el consuelo y la reconciliación que hay en el verdadero duelo. Y es que el dolor aún no estaba prohibido. Aún podía ser humano.
“Pero era un dolor impuesto,” glosa una amiga a la que paso estos escritos, “como en la Navidad la fiesta, la alegría, la solidaridad y todo eso”. Seguramente tiene razón, y sin embargo... ¿Por eso ha caído en el olvido, por impuesto? No debe de ser por eso, porque año tras año seguimos soportando la alegría impuesta de la Navidad, cada vez más insoportable. Y ¿de verdad era tan entontecedor y tan malo aquel dolor como esta alegría? En mi recuerdo de Santa Coloma, por ejemplo, (sería 1962 o 1963) aquello yo lo sentía como un dolor verdadero. Quizá por aquello de las mujeres que lloraban a Patroclo, que con ese pretexto cada una lloraba por sus propias penas. A lo mejor es que tendemos siempre a tapar la tristeza, y por ello es bueno que la ocasión de duelo se nos ofrezca gratuitamente.

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Enumeraciones mediáticas, I. Leo en el suplemento de El País Protagonistas del siglo XX, página 292: “se dieron cita, entre otros, Hemingway, Martha, Dos Passos, Bob Capa, Saint-Exupéry o Herbert Matthews”, y no entiendo cómo puede esa enumeración acabar abierta (...o Herbert Matthews) si ya se ha dicho que se nombran sólo unos cuantos, entre otros. O lo uno o lo otro, porque las dos cosas juntas dan redundancia. Parece que la compulsión mediática en favor de la enumeración en o logra imponerla en contextos que no la admiten. Y ¿por qué esa compulsión? Como siempre que el lenguaje es enfático o retórico, o simplemente rompe la línea de máxima facilidad expresiva, será prudente considerar que ha intervenido la ideología. Mi intuición de hablante premediático oye frases así como si salieran de la boca de uno de esos bustos televisivos que, simpáticos, desacomplejados, desenfadados, democráticos, “especialistas en tí”, de puro empalagosos dan malagana. En El País del 16.5.98 leo que “77 estudiantes logran becas de La Caixa para EEUU, Reino Unido o Alemania”, y esta vez sí que es una enumeración completa -no hay becas para otros países-, así que ¿por qué no y Alemania? Pues ello en modo alguno implicaría que cada estudiante fuera a lograr una beca para los tres países. ¿Por qué no, entonces, lo más fácil, y Alemania? Quizá porque se trata de recoger el punto de vista del estudiante que “elige” uno de los tres destinos ofrecidos, es decir, el punto de vista del “especialista en tí” que le dice: “¡Mira: todos estos destinos tienes para escoger!”. Tal vez era la oscura percepción de esa disimulada apología del objeto lo que me daba antes aquel empalago y malagana. Tal vez ese o que deja abierta la enumeración sugiere el infinito abanico de posibilidades, la inagotabilidad y proliferación de la vida desenfadada, democrática, simpática, desacomplejada y progre, jardín donde retozan niños rubiecitos, que es la imagen ideal de la realidad marcada por el crecimiento capitalista a la que el periódico pertenece.
Ese subrepticio carácter apologético nos hace esperar que, cuando la apología esté excluida, cuando la enumeración lo sea de elementos negativamente valorados, el periodista se decante por el y, y escriba, como de hecho hace, “los niños españoles reciben una programación televisiva colmada de machismo, violencia e intolerancia”, o bien: “las televisiones transmiten en su programación infantil valores contrarios a la Constitución y contenidos racistas, xenófobos, misóginos, violentos y exaltadores de la competitividad”.

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36
De una convocatoria para la incorporación de doctores españoles a universidades mejicanas. Ya no encontrarás “histología”, “paleografía” ni “química inorgánica”, sino sólo cosas como “tecnología educativa para profesores”, “márketing político” “simulación de eventos y procesos”... ¿Será que ya sólo hay saber de la pura nada?

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37
Metamorfosis de las noches. Después de unos años de ir sustituyendo electrodomésticos viejos por otros nuevos, ahora una nevera, después un vídeo, un buen día nos damos cuenta de que las noches de nuestra casa se han ido poblando de extrañas luces fantasmales. No recordamos haber decidido nunca instalar esa fosforescencia verdosa en la cocina, ni esas cifras iluminadas en el comedor. Pero esas luces, a veces acompañadas de un eléctrico zumbido, inquietarán ya para siempre lo que debía ser la casa a oscuras, le darán mal sueño, pesadilla, y en la noche del comedor –nave espacial de ciencia-ficción– ya no podrá tranquila entrar la luna, ni nosotros nos sentiremos ya del todo en casa: la nuestra propia se nos ha vuelto ajena, “de ellos”, de nadie.

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38
 Divagaciones ferroviarias al atardecer. Este mirar por la ventanilla la penumbra de los campos desde la trivial claridad del vagón-cafetería del talgo viene a ser como un atisbar por las rendijas de la modernidad los latidos de lo que queda fuera, la inmensidad del mundo. Son ambas, como referidas al margen, a lo que queda fuera, ocupaciones patentemente marginales. Pero de ningún modo carentes de interés; se me ocurre que deberían hacer trenes oscuros en los que poder dedicarse a contemplar el dudoso paisaje nocturno, pues, lo que es en estos trenes “especialistas en tí”, el cristal de las ventanillas no es más que un espejo de la consabida realidad del vagón –y por si fuera poco está el vídeo–. Como la modernidad, de nuevo. Es la perfección del sistema: lograr que de fuera sólo nos lleguen reflejos de nosotros mismos: “los griegos eran muy machistas”, “ya Platón era comunista...”, etcétera. Pero ahora, si nos esforzamos y hacemos pantalla con las manos, esos campos oscuros, ¿no nos dicen algo? A lo mejor esas luces lejanas nos sugieren ámbitos aún vivibles. Lo ha dicho, al poco de instalarnos en el vagón (aunque no era aún de noche), mi madre (como siempre, es la mirada vieja y niña la que acierta): “Vieron una luz a lo lejos. Y, caminando caminando, llegaron a una casita. Era la de los enanitos. ¡Fíjate!”. “¡Qué inocencia!”, quería decir ese fíjate. Pero a veces a la inocencia hay que tomarla en serio. O bien, esos postes de alta tensión, ¿no podrían ser gigantes salteadores de caminos, y aquella hilera de luces, una tienda de leñadores? ¿Por qué será que esas sugerencias de vida tal vez aún vivible que la incertidumbre de esos campos nos envía, no conseguimos ilustrarlas más que con ficciones? Pero es que en la sociedad moderna y, como dicen, real, pocas cosas son vivibles. Y en todo aquello, en la llegada a la casa de los enanitos o a la tienda de los leñadores, en el encuentro con los gigantes, se repite la entrada en un ámbito en el que todavía rigen costumbres no asimiladas a ese continuo de lo científico–planificado–optimista–deportivo–simpático-didáctico–ecologista–diseñado–asegurado–y–concienciado. En el que todavía rige la vida.
 Vuelvo a nuestro vagón. Se apaga el vídeo, y el fondo que queda no es la simple negrura (¿sería demasiado sencillo?): es un embrollo de puntos brillantes saltando azarosamente como locos para no ir a ninguna parte.

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                                                                                                   (Fin de I.)

II

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Enseñanzas de la afasia. Mi madre, que a la avanzada edad que tiene dice a veces una palabra por otra, acaba de decir “la pastilla de atrás” por “la pastilla de antes”. Qué claro está para un moderno que el pasado queda atrás –para los griegos estaba más bien delante– que esa representación logra imponerse a lo que en sentido contrario sugieren las palabras: antes: delante.

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40
Redención en Manuel Lasala[1]. Pues eso de “¡Ea, ha venido el afilador!”, ¿no tiene exactamente el tono de un adviento, no es anuncio de una redención? Pero en este caso no hay sólo anuncio, sino que la Venida, la Redención está ya aquí: ¡ea! Por eso hemos salido los vecinos al balcón, y nos quedamos un poco dudosos, y no sabemos, y quisiéramos salir contentos detrás, como si de nuevo, entre farolillos de papeles de colores, detrás de la banda de música, fuéramos niños en las fiestas del pueblo: “¡El afilador! ¡Ea, ha venido el afilador! ¡El afilador ha venido para afilarle el cuchillo, la navaja o la tijera!... Tiruriruriruríííí”. Pero somos ya tan mayores.


[1] Manuel Lasala es una calle de Zaragoza.

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41
Sin libro en un bar, o la añoranza del letraadicto. ¡Quién pudiera leer en los anaqueles las botellas de licor y el blanco de las tazas, en el aire el olor del café y los gestos de la camarera..., quién pudiera descifrarlo todo mediante alguna clave, como un jeroglífico, y seguir así leyendo, leyendo, leyendo...!

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42
Definiciones de “día”. María Moliner (“tiempo que tarda el Sol en dar una vuelta completa a la Tierra”) daba una definición clara y verdadera, fiel a la lengua y al mundo de la lengua, que es el de la experiencia común y corriente. En el Casares, en cambio, se buscaba una componenda con el mundo de la ciencia: “tiempo que el Sol emplea en dar aparentemente una vuelta alrededor de la Tierra”. Pero en la nueva edición que del Moliner han hecho a su gusto los editores no hay ya componenda, sino pura y simple rendición del mundo de la lengua al de la ciencia: “tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta sobre su eje”. Como si, en cuanto el astrónomo sale de su observatorio, no hubiera, también él, de caminar sobre una tierra quieta, por encima de la cual se mueve el sol, como si con sus propios ojos no viera él cómo se oculta el sol tras el horizonte. Como si ahora tuviéramos todos que adoptar en la calle o en nuestras casas el punto de vista, especializado y retorcido, del científico en su laboratorio. Mentecatez, sumisión a la ideología dominante.

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Glosa al anterior: Pero en realidad ni para la ciencia hay “días” ni, caso de que los hubiera, los iba a definir por las vueltas que da la Tierra alrededor del Sol, pues, siendo para ella todos los sistemas de referencia en principio igualmente válidos, más bien habrá de decir que, prescindiendo de todo lo demás, tanto el Sol como la Tierra se mueven alrededor de un punto situado entre los dos. La definición no recoge más que lo que los editores del diccionario se imaginan que es lo científico y verdadero: es aún más mente capta.

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43
Las otras veces. Le han llamado para que recoja las cosas: la habitación ha de quedar vacía. Y, sobre todo, los pendientes, el audífono, los anillos, la medalla que lleva su madre al cuello. Para quitarle los anillos ha de cogerle la mano. Hubo otras veces que sus manos se encontraron, hace más de cuarenta años. Entonces era ella quien le cogía la mano a él, jugando. Jugando (como si le hiciera cosquillas, los dedos de ella en la mano de él) y cantando (porque la voz seguía la acción, ¿o era al revés, lo que le hacía ella repetición de lo que la canción decía?):

                                      “Tricotrín tricotrán,
                                      de la vera vera pan,
                                      balistero balistero,
                                      (tiro-riro riro-¡-reroooo!)”

Del cuarto y último verso ha olvidado la letra, pero la entonación no podría olvidarla. Aquel “-rero” final, o lo que fuera, era una explosión de alegría tal que había que echarse a reír, no importaba que uno no supiera de qué.
Y ahora él le coge la mano, aún caliente, y mientras intenta quitarle el anillo recuerda: “Tricotrín tricotrán...”.

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44
Brindis. Ulises, caracterizado como mendigo, brinda por la señora de la casa: “A tu salud, reina, por siempre, hasta que la vejez llegue y la muerte, que a los hombres sobrevienen” Tranquilo, alegre pesimismo griego, conciencia del límite. Nuestro optimismo por contra, en su obcecada y ñoña negación de la muerte (“que podamos celebrarlo también el año que viene”), es, bajo la mueca de la alegría, pavorosamente triste.

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«Sus alumnos afirman que “es una enciclopedia”. “De lo otro no opinamos, porque no hay nada de lo que opinar”, zanjan.» El País, 16.5.99.

La función del periodista, I. Cada vez es más difícil encontrar un reportaje en que el periodista se limite a citar las palabras de su personaje y no nos las acabe describiendo (“ironizó”, “zanjan”, “bromea”). No es que nos impongan así una interpretación, es que, al describirnos algo que la cita acaba de ponernos delante, se incurre en una redundancia, que sólo puede funcionar bajo el supuesto de una perfecta y aproblemática objetividad, como si se nos dijera: “y ya sabemos usted y yo que eso es ironizar...”. Así, el periodista va por ahí propagando la superstición de que ironizar, zanjar, bromear, etcétera, son cosas tan obvias como un pepino. Pero hay que ser comprensivo: ése es su trabajo y para eso le pagan: para que todo acabe por tener socialmente el grado de problematicidad que suele atribuirse a las hortalizas.

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46
Razones para no votar. Desde el momento en que los candidatos aparecen en los carteles de propaganda electoral siempre sonriendo, ya están las elecciones trucadas, pues ya hay un contenido a efectos prácticos prohibido, a saber: toda política que no comulgue con ese optimismo simpático que cree que hay que felicitarse por que cada día vayamos a aumentar el número de automóviles por habitante, el de aparcamientos subterráneos, espacios polivalentes, parques temáticos, palacios de congresos, estadios olímpicos, aeropuertos y autopistas. Prohibición tanto más efectiva cuanto que, al ejercerse sólo mediante el fáctico consenso de los más, pasa desapercibida.

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Alivio. La música de discoteca que por los auriculares oye el joven del fondo del autocar lleva ya algunas horas atornillándonos los oídos al resto de los viajeros (de nada serviría llamarle la atención, pues, por el prestigio que hoy tienen la desinhibición y la tabarra, todos asegurarían que no les molesta). La verdad es que tiene cierto parentesco con el ruido de algunas herramientas o máquinas: serruchos aserrando, motores en marcha, ventiladores o máquinas de afeitar encendidos. Y sin embargo, el compositor parece que ha pretendido disimular esas semejanzas. Pero, si en una sonata, pongamos, hay un desarrollo de los temas, de manera que cada transición se experimenta como natural, aquí no hay desarrollo alguno, sino sólo cálculo de que ya llevamos mucho rato con el chacachá número uno y hay que ir pensando en alguna novedad para que no parezca que es siempre lo mismo: se percibe el trabajo que al compositor le cuesta alternar el escaso número de chacachás y triquitraques de que dispone, se notan los sudores que pasa. Por eso, sería una ocurrencia feliz renunciar de una vez a negar el parentesco, y –¡oh alivio, oh beatitud!– dejarse ya el motor de la máquina de afeitar permanentemente enchufado al oído.

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Lenguaje amnésico. Leo en un artículo sobre la escuela de Summerhill la frase “los alumnos entre 11 a 16 años”. Pero por qué lo iba a hacer mejor el periodista si así dirán en sus documentos pedagógicos hasta los mismos maestros de Summerhill: “pupils between 11 to 16...”.

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La sonrisa del político. No es porque se esté acordando de algo gracioso, sino por sistema, en vacío. El político no tiene fondo de silencio, que permita escuchar, acoger algo: en el fondo queda aún la sonrisa y, por lo tanto, todavía una afirmación, un mensaje, un zumbido. ¿Ha de extrañar que no pueda nunca entender nada? ¿Cómo va a entender algo si el zumbido no le deja oír?

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Propaganda política reaccionaria. La de un candidato pretendidamente de izquierdas: “Fem una BCN + fàcil” (“Hagamos una BCN + fácil”). A “Barcelona”, que lo entiende todo el mundo, prefiere “BCN”, que para entenderlo hay que haber viajado en avión o estar en la onda; a “más fácil”, que dice lo que quiere decir (“grado comparativo” para una comparación) prefiere “+ fácil”, que lo que dice –qué gracioso– es la adición de un sumando, y pretende que la comparación la entendamos por jeroglífico. Creerá que las dos frases se pronuncian igual, pero no es así, pues –en catalán lo mismo que en castellano– el “más” comparativo es tónico, como adverbio que es, mientras el aditivo, el que solemos escribir “+”, es átono, como la conjunción “y”. En realidad, todo el anuncio es un atropello de la oralidad del mensaje a manos de la escritura, y de una de las más esotéricas formas de escritura: el jeroglífico, que es escritura de casta sacerdotal. Y esa oralidad atropellada era la razón misma en su rostro más cotidiano y oíble. En su rostro más fácil. Contra lo que el anuncio declara, lo que de hecho practica es el sometimiento a la dificultad por la dificultad. Prestigio del mensaje cifrado, de la jerga de enteradillo, de lo privado (y, en el fondo, de la propiedad privada). Por respeto, pues, a lo privado se viola ahí, con esa habla melódica y conceptualmente equivocada, lo único que es de todos y no es de nadie, lo único que sin engaño posible es público: el lenguaje, la razón. Aquello que la izquierda con el mayor miramiento debería respetar. Violencia del poder en el discurso de la izquierda oficial.

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(Fin de II.)