I
1
De
la conversación con un amigo sobre el progreso. Ir creando juegos –en el más amplio sentido– siempre
nuevos, ¿puede llamarse progreso? Siendo el progreso una marcha hacia delante,
sucede que esos juegos, precisamente por ser nuevos, no pueden ponerse en una
misma línea de continuidad y medida con los ya existentes, sobre la que se
haría posible hablar de adelante o atrás. Sólo puede haber progreso cuando,
estando excluida por principio toda creación de nuevos juegos (sentidos,
direcciones), lo único que se admite es la indefinida prolongación y
complicación del único juego que hay. Progreso es en el fondo inercia.
Me cuenta Jorge cómo de pequeño,
durante un veraneo en el Pirineo aragonés, una tarde en que sus padres se
habían quedado en el hotel salió a dar una vuelta por aquellas montañas y
riachuelos. Y en aquel paseo, dejándose perder entre los bosques, tuvo una viva
sensación de felicidad, como de maravilla ante la naturaleza, de asombro ante
algo que ciertamente parecía tener un orden, una armonía, pero también un
secreto, pues ese orden y armonía, sin ser del todo extraños, no podían ser
calculados por el hombre. “Y precisamente el progreso consiste en destruir eso,
destruir todo lo que provocaba asombro y maravilla”. Quizá es que sólo sobre el
supuesto de que todo es calculable cabe garantizar una indefinida “marcha
adelante”. Necia pretensión de privar a la naturaleza de todo lo que tiene de
irreductiblemente incalculable y no-humano, y que precisamente es lo que de
ella sentimos más misteriosamente próximo, como si en su rehusarse se nos
manifestara hermana.
*
2
Comer a solas. Cuando
como solo en casa no he dejado aún de tener hambre y ya estoy harto. Y es que,
siendo el comer ante todo un acto humano, es decir, social, es inevitable que
comer a solas no signifique de algún modo una cierta caída en la animalidad. Y
como nuestro estómago nunca deja de ser humano, las regulaciones puramente
fisiológicas y animales le dejan siempre en la duda de si aún tiene hambre o ya
está harto.
*
3
Nombres de periódicos. Ayer, dando un paseo
con Ignacio por las Ramblas, nos quieren vender un periódico de un grupúsculo
de izquierdas que lleva por título De
Verdad. Nos negamos en redondo: aún, si se llamara De mentirijillas... Pero ¡De
Verdad! Y se nos ocurre que se podría publicar un periódico con un nombre
como Quizás, Puede ser, Vaya usté a saber
o algo así. Las noticias serían del estilo de “Ayer pasó algo pero no se sabe
dónde...”, “se ignora exactamente qué...”...
*
4
Arquitectura
moderna. Al volver de un paseo miro
distraído al vestíbulo del portal contiguo al mío y experimento una sensación
de levedad, de alivio, como si me quitaran un peso de encima: comparado con el
de mi casa, un núñezynavarro de los años 70, en aquel viejo vestíbulo de antes
de la guerra sorprende precisamente que nada en él sorprende ni llama la
atención, porque todo cumple una función precisa y en ella se agota. Pues, al
parecer, la atención no se ve reclamada por las cosas que permanecen absorbidas
en su función, sino sólo por las que de alguna manera se liberan de ella y
adquieren una presencia inútil, que las convierte en cierto modo en obstáculo.
De ahí debe de proceder en gran parte la insoportable pesadez de nuestras
ciudades, en las que todo está hecho para apabullar y para epatar, en las que
todo es obstáculo. En un programa de televisión, Juan Goytisolo compara la
arquitectura islámica de Mali con la obra de Gaudí casi como si vinieran a ser
lo mismo, pero la una, la islámica y tradicional, es la sencillez y la ligereza
mismas, mientras que la otra, la moderna y culta, es casi el empacho. No me
extrañaría nada que las bellísimas formas de las mezquitas y alcazabas del
desierto vinieran rigurosamente exigidas por una consideración utilitaria, que
se agotaran en ser útiles a sus usuarios. Pero, ¿qué noción de utilidad es ésa?
Porque lo cierto es que la mayoría de las casas modernas son horriblemente
feas, y precisamente en ellas el cálculo de gastos para lograr la máxima
economía ha sido llevado adelante hasta el límite. ¿O es que hay una utilidad
más alta, que se resiste a todo cálculo, pero en ausencia de belleza nunca
sería posible?
*
5
Lógica en la melodía del lenguaje.
La gramática que aprendimos en la escuela llama artículo tanto a el como
a un, pero la verdad es, por de pronto, que sus respectivos enlaces con
el sustantivo son melódicamente[1]
muy diferentes: “el hombre” se pronuncia de un solo golpe tónico, elómbre,
o sea que el es partícula proclítica y por lo tanto átona, mientras que
“un hombre” se pronuncia de dos, ùn ómbre, siendo un, pues,
palabra tónica. Esa diferencia es reflejo de la estructura lógica de las dos
cosas, que es muy diferente: si digo “el hombre” hago un solo movimiento: el de
señalar a un algo previamente conocido, sea ello la raza humana, su mitad
masculina o el hombre del caso; si digo “un hombre”, en cambio, hay ahí dos
movimientos: la mención de un ámbito de cosas (el de los hombres) y la
referencia a un individuo dentro de él. Por eso en el primer caso un solo golpe
tónico, en el segundo dos.
[1] No habría
advertido que se trataba de melodía, o entonación, y no de ritmo de no ser por
Agustín García Calvo.
*
6
Condenados y verdugos. (Pasado a "Dos cuasipecios sobre la pena de muerte", el 14.10.2016.)
*
7
El rostro del político.
Al ver en los periódicos rostros de políticos en fotografías de primer plano me
parece descubrirles cierto aire de familia, como si estuvieran todos cortados
por un mismo patrón. Arriba, frunciendo la frente contra la línea del cabello,
los ojos se abren flojamente en un bostezo (¿no nos dan como sueño esos ojos?);
abajo, la boca siempre abierta, emitiendo. Y ese patrón, ¿no responde a una
catadura humana bastante precisa? Alguien que cree sabérselo ya todo, por lo
que no necesita mirar nada para entender y puede dejar vagar los ojos
adormilados por el vacío; y como quiere que sepamos que se lo sabe ya todo, no
para por la boca de emitir y recitarnos la lección de carrerilla.
Aquel-que-ya-se-lo-sabe-todo es precisamente el que ya no tiene nada que
entender ni puede ya entender nada. Sólo
nos recita, modorro, la aburrida murga, nos repite (reitera, dice él)
que “apuesta por el futuro”.
*
8
Prendidos
en el parque. Sentado en un banco, veo
pasar un niño pequeño, de esos que justo han aprendido a andar y hasta son
capaces de echar una carrerilla, pero una vez en movimiento les es difícil
pararse. Corre delante de su madre, persiguiendo una paloma. No ha hecho más que
aparecer en el parque, y ya estamos todos pendientes de sus movimientos,
prendidos de ellos. Y hay puro placer en esa contemplación. ¿Qué nos prende
tanto de un niño pequeño, qué nos cautiva tanto en él? Tiene que ser ese ir
todo decidido, esa gozosa confianza en que aquello a lo que va vale de todas
todas, en que aquello sí. Esa confianza no puede por menos de parecernos
temeraria, nos sentimos, por supuesto, incapaces de mantenerla, pero no nos es
tan ajena ni tan banal que podamos dejar pasar el gozo de experimentarla,
aunque sea de reflejo, aunque sólo sea poniéndonos un poco en los ojos del
niño, identificándonos con él.
*
9
Para una etiología de la violencia gratuita.
Uno de los productos expuestos en el supermercado se pone de repente a hablarme:
“No me tire al suelo” leo en su envoltorio. Esa pretensión de que una cosa, un
objeto que puedes comprar, se ponga él mismo a hablarte, es, seguramente, una
fenomenal patochada. Pero no es una simple ficción, porque no podemos leer un
letrero sin ponerle voz y de alguna manera oírlo hablar, así que en cierto modo
sí que la cosa se ha puesto de verdad a hablarme cuando creía estar a solas.
Pues bien: ahí, en el hecho de que una cosa me hable, como en toda trasgresión
del límite entre personas y cosas, hay una enorme carga de violencia latente. Y
por un momento me ha parecido ver que la exposición cotidiana a una violencia
de ese tipo es causa suficiente para que alguien, alguien poco dotado para
resistir presiones difusas del ambiente, un adolescente o un niño, éntre un
buen día armado de un rifle en una escuela de barrio y se lleve por delante a
veinte niños y la profesora. ¿De qué otro modo reaccionar ante una violencia
tan inasible, tan poco atribuible a un agresor determinado?
*
10
“Además”. Oímos al
pedagogo y nos dice que “la escuela no debe limitarse a enseñar”, compramos un
paquete de pescado congelado y nos encontramos, además, con “un divertido juego
para los niños”. Ya no hay nada que simplemente sea lo que de por sí había de
ser; las cosas, o se doblan de un aliciente postizo, de un plus, o carecen de
existencia; para ser de verdad tienen que ponerse a hacer publicidad de sí
mismas. Y así no es posible ya darle a nadie para un bocadillo sin verse
obligado –además– a recibir un paquete de pañuelos de papel que uno no necesita
para nada; una vez quise hacerme socio de una organización de defensa de los
pueblos que llaman primitivos: hube de desistir al descubrir que se dedicaba,
además, a repartir pegatinas y camisetas[1]
y a enviar a sus socios una revista mensual que no habían pedido. De ese además, de esa coerción de la publicidad
y el aliciente por todas partes proviene buena parte de la barahúnda
gesticulante que nos asfixia; en medio de ella, cansado ya de tanto verse
zarandeado, se dice uno: “Pero, hombre, ¿era preciso todo esto? ¿Tan mal estaba
que las cosas fueran simplemente las cosas?”, y le parece bendito el tiempo
aquél en que a la escuela no le sabía a poco la función de enseñar y en que un
paquete de pescado se conformaba, tranquila, modestamente, con ser un paquete
de pescado.
[1]
Improvisada nota de una amiga: Esas camisetas con consignas que le hacen
parecer a uno un hombre-anuncio.
*
11
Chupete auditivo. Musiqueta
que te meten por el auricular, chupete no pedido, en cuanto llamas a cualquier
oficina, empresa o negociado de esos que se pasan la llamada de una sección a
otra, en larga cadena que a veces se cierra en círculo: Alguien tenía que
vender el invento, ellos lo compraron, y ahora –da igual que no sirva para
nada– lo tienen que usar. Es el progreso.
*
12
En la sala de espera. Era verano, pero allí no teníamos
calor, pues el acondicionador de aire había ido refrescando el ambiente hasta
dejarlo gélido. Afortunadamente, entre los que esperábamos había una anciana
señora, que podía decir sin desdoro que se estaba helando, y gracias a su
intervención pudimos al poco rato empezar a notar una tibia y agradable calidez.
Llevaríamos unos diez minutos o poco más en ese estado anodino en el que no
hace frío ni calor cuando, aprovechando la entrada de nuevos pacientes, como
movida por un resorte, saltó la recepcionista a encender de nuevo el acondicionador
“que si no, con el calor que hace, estos señores se van a achicharrar”. Escenas
por el estilo están descritas en la literatura psicológica: cuando el sujeto
que despierta de un estado hipnótico realiza alguna acción no requerida por la
situación en la que se halla (por ejemplo, abrir una ventana), debido a que
bajo la hipnosis se le ha programado para ello, no deja de aducir alguna
justificación de su conducta (“¡Está el ambiente tan cargado...!”). Las
palabras de la recepcionista serían, según esto, una de esas justificaciones
poshipnóticas, pero en su caso ¿qué ha funcionado como programación bajo
hipnosis? ¿Dónde se ha dicho: “si es una maravilla de la técnica, tiene por
fuerza que servir para algo”? ¿Qué nos lleva a actuar como si así fuera?
*
13
Receta para situaciones límite. Cuando de pura desesperación está uno a punto de llamar a un
médico o hacer alguna otra cosa irreparable, lo indicado es ponerse a cantar
algo triste, como el romance del pastor desesperado, por ejemplo.
*
14
A propósito de un discurso real.
Esos políticos y jefes de Estado que, con fingida nostalgia, nos hablan de “un
pasado que ya no volverá” se comportan como el ladrón que con ese mismo
discurso tratara de justificar su derecho de propiedad sobre la cartera que
acaba de sustraernos. Efectivamente, el pasado no volverá, pero eso no
significa que no pueda volver lo que hubo, o algo como lo que hubo,
en ese pasado.
*
15
“Estamos trabajando para usted”.
¡Caramba, pues no recuerdo haberles encargado ningún trabajo!
*
16
Lo
moderno. “Psicólogos sin fronteras
ayudando a los familiares de las víctimas”: llegar de una manera especializada
y técnica, trabajosa, a hacer lo que hacía antes todo el mundo sin darse
siquiera cuenta de que lo hacía.
*
17
A
propósito de unos niños intercambiados. Leo en El País la noticia de una de esas confusiones por las
que en un servicio de tocología resultan intercambiados los niños de dos madres
distintas: los padres afectados “salieron del hospital deseando olvidar lo
ocurrido”. Y no puedo evitar una protesta: al contrario, era algo para recordar
siempre. Haber querido a un niño cualquiera con un cariño tan verdadero como el
que tenemos por el nuestro, ¿no es hermoso?, ¿no es liberador? Pero si los
padres en cuestión salieron del hospital no simplemente contentos por haber
recuperado a su hijo, sino esforzándose en olvidar todo el suceso, eso sólo
puede significar que se trataba de mantener una ficción, de apuntalar
ceñudamente una rutina que el azar había hecho tambalearse.
Y uno
acaba pensando si no será también que el medio periodístico ejerce una especie
de aplanamiento sobre cualquier cosa que se le ponga por delante, induciendo en
ella la trasformación en cosa consabida y rutinaria. En tal caso, cualesquiera
padres que se hallaran en la situación mencionada, por sensibles e inteligentes
que fueran, habrían de acabar, al aparecer sobre la página impresa, “deseando
olvidar lo ocurrido”.
*
18
Los
amantes.
–¿No es verdad, Julieta,
ángel de amor, que aquí se respira mejor?
–¿Julieta?
¡Pero si yo soy Romeo!
–¡Anda!
Y, entonces, ¿yo quién soy?
–¡Y
yo qué sé! (¡Qué lío!)
*
19
(4.10.97)
La boda. Entra en la Catedral la Infanta
del brazo del Rey. Avanzan por el pasillo central con paso lento y solemne. Tan
lento que al Rey le parece que han de apresurarse un poco más. La Infanta
advierte la maniobra de su augusto padre y aprieta también el paso. Ninguno de los dos
quiere dar su brazo a torcer, de modo que acaban compitiendo en un esprint en
el que, ¡oh, fatalidad!, a la Infanta se le enreda el vestido nupcial y le hace
perder el equilibrio: Ha ganado el Rey, está ya en brazos del novio, que lo
recibe alborozado – “¡Campeón, campeón!”– y lo abraza y lo besa. La novia se
levanta: “¡Fernando! ¡Prometiste casarte conmigo!” “¡Sí, pero él ha llegado antes!”
Y ella, ya con voz ronca de folklórica desmelenada: “¡Sólo porque he
tropezado!” “¡Y a mí que me cuentas!”: Fundidos en un abrazo, dan botes de
júbilo el novio y el Rey ante el altar, celebrando el gol, entre el entusiasmo
de la multitud.
*
20
El único combate útil. Reportaje
en la última página de El País: “Silencio, se mata”. ¿De
qué irá? En un primer momento leo algo de “minas antipersonas”. Pero el título
remite a una frase, “Silencio, se rueda”, que al parecer es característica de
los estudios cinematográficos. Qué raro. ¿Será que en alguna dictadura
especialmente sangrienta obligan a la gente a atravesar campos de minas bajo la
acción de las cámaras para luego pasar las ejecuciones en el No-Do? Pero el
subtítulo nos saca de dudas: “Diez cineastas se movilizan contra las minas
antipersonas”. ¡Ah, era eso! No podemos evitar sentirnos estafados: se ha
utilizado la retórica en vano. Pues que el reportaje trate a la vez de
cine y de “minas antipersonas” no autoriza a darle un título que relacione esas
dos cosas de cualquier manera. Como decía mi profesor de matemáticas
cuando un alumno confundía la suma de raíces cuadradas con la raíz cuadrada de
una suma, no es lo mismo la calle de Claudio Coello que coger a Claudio por el
cuello y echarlo a la calle. El título elegido sugiere que el homicidio está
presente, no en el tema de la película, sino en el acto de rodarla, y ése no es
el caso. ¿Por qué, pues, ese título? Sencillamente, porque de la mera adición
mecánica cine + minas antipersonas resulta una posibilidad retórica, esto es,
una frase efectista, y, en tal caso, ¿cómo prescindir de ella? ¡La tentación
era muy fuerte! Pues, naturalmente, todo periodista se debe al efecto. Y, a lo
que parece, a nada más: el efecto por el efecto, el efecto arbitrario y en
vano.
De todos modos el periodista no ha
hecho más que recoger el título que han puesto a su serie de películas los diez
cineastas de marras, de modo que el problema no radica en nada estrictamente
periodístico, sino que afecta a toda esa dimensión de la vida moderna
directamente mediada por los “medios” en su sentido más amplio. Es en toda ella
donde domina la búsqueda del efecto por el efecto. Pero el campo privilegiado
del que el fenómeno procede es la publicidad: su presencia en los “medios” responde
simplemente a que ellos tienen siempre un carácter o “toque” publicitario, así
como publicitaria era la necesidad de título que sobre los cineastas pesaba.
Si por un momento dejamos hablar a
nuestro cuerpo, a lo que en nosotros puede aún oscuramente percibir, sin darse
cuenta de que percibe, en el trance de ser acosado por una frase como ésa de
“Silencio, se mata”, habremos de reconocer que nos sentimos tironeados,
“impactados”, traídos y llevados. Pobre imaginación nuestra, que no nos la
dejan un momento tranquila. Y ese verse traído y llevado, ese verse la
imaginación zarandeada de aquí para allá, no es otra cosa –si no no lo
percibiría el cuerpo como zarandeo– que precisamente el carácter en el fondo
siempre vacío, gratuito, inmotivado, vano, del movimiento suscitado. Para
nuestra imaginación y nuestra sensibilidad el mayor agotamiento y la más
infumable tabarra.
El fenómeno tiene, ya se ve, un
carácter esencialmente represivo. Pero la represión, la violencia
dominante, cuando no es la brutal violencia de las armas, sólo puede dominar
con el consentimiento de aquellos sobre quienes se ejerce. Ha de disfrazarse de
su contrario, de liberación. Y así, los tabarristas profesionales son los que
más “causas justas” defienden. Hacen películas contra las minas, organizan
conciertos contra el sida, se manifiestan contra la clonación, denuncian la
tala de los bosques tropicales, etcétera, etcétera, etcétera. Con ello pueden
engañar la mente, pero el cuerpo, la sensibilidad, a ésos, ¿cómo iban a
engañarlos, si no era otra cosa el engaño más que el irse por ahí la mente
divagando en contra de lo que sentía el cuerpo? Ésos sufren la tabarra en carne
propia –no son más que eso, “carne propia”–: se nos pone cara de asco, nos
crispamos de tics nerviosos, o ya por fin con tanto impacto y zarandeo se nos
aturullan las células y nos sale un cáncer.
¿Qué más da, entonces, que El País
sea “progre”? ¿Es que en la lucha contra esa violencia están los “progres” de
otro lado que los reaccionarios oficiales? Ellos, que no tienen nada en contra
de adoptar como propio el nombre de la fuerza que en su infinita proliferación
genera la tabarra misma: el progreso. Por eso hay en los periódicos “progres”
todavía más murga y tabarra que en los declaradamente reaccionarios (el
paradigma de ello tal vez sea El País de las Tentaciones). Y por eso
combatir esa murga es hoy el único combate útil, el único que de verdad valdría
ya la pena. Pues, siendo la murga y tabarra, al parecer, la expresión natural
de la presente organización del mundo, todos los demás combates habrán
necesariamente de adoptarla, como hijos de su tiempo que son. Y en cuanto lo
hagan vendrán a comprometer toda virtualidad liberadora que en ellos pudiera
haber: no en vano la lista de los modos de ejercicio de la murga –pegatinas,
ñoñeces, temas (Thema Natur, Thema Aids, como dicen los mediados
alemanes), patochadas, campañas, fiestas reivindicativas, acciones
testimoniales, encierros, huelgas de hambre– prosigue naturalmente sin
detenerse hasta los atentados terroristas. Luchar contra esa murga y tabarra
–recordemos otros nombres de lo mismo: efectismo, arbitrariedad, ruido– parece
ser por ello lo primero de todo.
*
21
La lengua. ¿Qué
espacio más propiamente mío que aquel en el que me muevo? No es, pues,
del todo mío el espacio de mi cuerpo: en él no me muevo yo, sino objetos que
están en mi cuerpo pero no son yo, y hasta llamarlo espacio es ya una
concesión al problemático punto de vista de esos objetos, pues de entrada no
parece que pueda ser espacio más que un ámbito en el que podríamos
movernos, virtualmente nuestro: lo abierto, lo vacío, nunca lo cerrado y lleno.
Sólo que esa cerrazón y plenitud de mi cuerpo no es, al parecer, completa,
porque respeta la cavidad de la boca, un espacio en el que, gracias
sobre todo a la lengua, puedo en efecto moverme. Por ello ese espacio es en mi
cuerpo, al parecer, el único propiamente tal y propiamente mío. ¿Será por eso
por lo que la lengua ha ido a dar en órgano del lenguaje? Pues el lenguaje es,
también él, algo así como un espacio interno: campo de oposiciones, distancia,
pero distancia inextensa: distanciamiento respecto a las cosas, pensamiento:
yo.
*
22
Proposta presentada en una Reunió
de Departament a l’Institut d’Educació Secundària “Josep Pla” de Barcelona.
ATÈS QUE els objectius generals
del primer cicle en el seu tercer nivell de concreció es consideraran objectius
terminals del segon cicle en el seu primer nivell de concreció, amb l’agreujant
que en aquest cas no fóra aplicable la tallant però assenyada estratègia que tant
d’èxit va tenir amb “la part contractant de la primera part”, que, tot i ser
ajustada a situació, fóra considerada una greu falta d’acatament a l’esperit i
a la lletra de la Reforma, sinó que cal trobar sentit i coherència en aquest
galimaties sense cap ni peus,
I ATÈS QUE això no fóra mai
possible en un estat mínimament lúcid de consciència,
PROPOSO QUE, a partir de la
propera reunió i fins a final de curs, mai no s’obri la sessió fins que, sota
l’efecte d’algun estupefaent, com ara podria ser un porro que cadascú de nosaltres hi podria dur, no haguem assolit un
nivell de consciència prou crepuscular com per trobar sentit a tota mena de
crèdits, variables i fixos, de síntesi i d’anàlisi, a les dues classes
d’objectius, als tres nivells de concreció, i fins i tot a les set
apocatàstasis de la mandonguilla bonyeguda, el dia que les instàncies
competents, mitjançant publicació al BOE i al DOG, creïn tan necessària figura.
Barcelona, 20 d’octubre de 1997,
(Firma)
*
23
Experiencias límite. Estamos
tranquilamente haciendo cualquier cosa, escribir a ordenador por ejemplo, y de
repente ya no es en la palabra que estábamos buscando o escribiendo en lo que
estamos, de repente nos encontramos suspendidos en la desesperada búsqueda de
algo así como una explicación, porque sentimos que está pasando algo y
no sabemos qué. Vendría a ser, pues, como un “¿qué pasa?”, pero no hay tiempo
para que llegue a serlo. Hasta que, cuando ya todo ha pasado, nos damos cuenta
de lo que era: el libro que teníamos apoyado en la pata de la silla se ha caído
al suelo y ha hecho ¡patapum!. La experiencia de una explosión, de resultas de
la cual acabará uno quizá sepultado en escombros, no debe de ser en un
principio cualitativamente diversa. También habrá en ella el asombro inerme del
que busca asirse a una respuesta sin siquiera saber cuál era la pregunta. También
y por supuesto sobre todo en ella, claro. Pues parece ser ella, la
catástrofe, aquello de lo que el inocuo sobresalto cotidiano no es más que
débil trasunto, parece ser ella el paradigma. El patapum del libro en el suelo
tenía, pues, esencialmente, carácter de catástrofe. Por mucho que no llegue a
romper el contexto cotidiano del que ha nacido, el sobresalto es una
experiencia límite: desde dentro de esa cotidianidad en la que pisamos terreno
firme apunta a un fuera donde perdemos pie. A un vacío en el que zozobramos.
*
24
En el andén del metro, I.
Comunican por los altavoces que la línea está interrumpida en la mitad de su
recorrido. Como es algo que en esa línea suele suceder, está uno tentado de
ponerse a hablar con otros pasajeros, aunque sólo sea para desahogarse. Pero
una sustancia sorda y pringosa nos detiene: la música ambiental campa y cunde,
atiborra los oídos, ahoga cada partícula de aire. ¿Por qué necesitará hoy el
poder tanto ruido? ¿Quizá porque comunicar es técnicamente tan fácil? La
posibilidad de hacer llegar una voz a todos los pasajeros a través de los
altavoces, la posibilidad, incluso, que los pasajeros tienen de comunicarse con
el jefe de estación mediante un interfono instalado en el andén, no podían
detenerse ahí: tenían que doblarse de música ambiental. Como una guinda sobre
el pastel, la música ambiental nos trasmite la convicción de que está todo
acabado, cerrado, perfecto. Ya no hay nada que decir: está todo dicho y sabido
y controlado. ¿Como una guinda sobre el pastel? No, no es exactamente así. Pues
al fin y al cabo una guinda no rompe aquello de lo que iba el pastel: la cosa
era ya un lujo, y la guinda no hace sino confirmarlo. Pero, ¿se puede saber qué
demonios pinta en el juego del trasladarse de un sitio a otro la música
ambiental? Es más bien como el lacito que la mamá amantísima ha puesto sobre el
juguete –ahora sí que está mono– y definitivamente le echa a perder al niño las
ganas de jugar. O como una guinda en el zapato. Es el toque festivo:
decorativo, lujoso, superfluo. La fiesta, dorando y envolviéndonos todo en
papel de celofán, va pervirtiéndolo todo de sus verdaderas funciones para
volverlo modorra y sueño: es ya el mecanismo número uno de inhibición y
desmoralización del personal. Es como si el poder fuera por ahí gritando:
“¿Queréis guindas?, ¿queréis lacitos?, ¿queréis fiesta?”, y la muchedumbre
rebañega de la ciudadanía moderna contestara entusiasmada: “¡Sí, sí, danos
guindas y lacitos!, ¡danos fiesta!”. Incapaz ya, en su infantilismo, de
entender que guindas y lacitos no son buenos de por sí, sino sólo dependiendo
del asunto del caso, encuentra natural andar con zapatos de guinda y jugar con
juguetes de lacito. Pero el poder ni siquiera ha de molestarse en pedirle a
nadie su opinión, pues sólo es poder porque puede estar seguro de que todos van
a querer cada cosa que a él le convenga.
Parece, pues, que lo festivo es hoy por
hoy de naturaleza represiva. Y así como al niño del ejemplo se le cortan de
cuajo las ganas de jugar, pero, si a pesar de todo todavía le quedara alguna y
echara mano del juguete, la mamá lo miraría con desconfianza (“¡A ver si va a
romper el lacito!”), del mismo modo en ese andén sumergido en música ambiental
enseguida se nos echan a perder las ganas de hablar con nadie que tengamos a
más allá de diez centímetros de nuestra piel, pero, si por maravilla se nos
ocurriera todavía dirigirle la palabra, pareceríamos aguafiestas, nos mirarían
como si fuéramos terroristas. De manera que hay que tentarse la ropa. Y aunque
no logren del todo hacernos aburrir el juego, aunque en el andén del metro
todavía imaginemos y podamos sonreír recordando o hasta simplemente
contemplando –leer, con ese ruido, ya no nos dejan–, sólo de pensar en la
maravilla que eran los andenes de antes de esto, cuando aún no éramos niños
ñoños respetando lacitos, sólo de pensar en pasear tranquilamente en silencio,
sin más ruidos que los de verdad, los requeridos por la cosa misma –el taconeo
de aquella muchacha por allá, las pisadas de ése de ahí que lee el periódico,
la atropellada carrera escaleras abajo de aquél, que no quiere perder el
metro–, casi sólo de pensarlo se nos saltan los ojos en lágrimas ante tanta
–nos parece ahora– belleza perdida como a Boabdil cuando le hablaban de
Granada.
*
25
“La Tienda de Lolín”. Antes,
cuando no se inauguraban las tiendas con el nombre ya puesto, sino que era la
gente la que por el uso acababa poniéndoselo, el resultado era, efectivamente,
de ese estilo: “la tienda de Lolín”, “el café de Teodoro”, “la ferretería de la
plaza”, “la herrería vieja”. Eran descripciones que a fuerza de rodar, como
guijarros, acababan haciéndose nombre. Cuando las tiendas ya no se atrevieron a
salir a la luz sin llevar cada una un nombre pegado, fueron éstos muy
distintos: “Confecciones Danae”, “Café Excelsior”, “Ferretería La Esmerada”,
“Herrería González”: nombres que no pretendían disimular su origen artificial,
pensado ex profeso. Lo ridículo, lo cursi, es no atreverse a abrir la tienda a
pelo, sin nombre expresamente pegado, e ir a pegarle uno que se avergüenza de
serlo y se quiere hacer pasar por descripción, por algo espontáneamente surgido
de la gente, un poco como esas series cómicas de televisión que llevan ya las
risas incorporadas. ¿Por qué no hacer efectiva esa pretendida espontaneidad y
atreverse a abrir una tienda sin nombre, en la confianza de que uno u otro
acabará poniéndole la clientela? Al parecer, ya no hay otra espontaneidad que
la fingida.
*
26
El
poder, en nuestras caras. En El
País se refiere un columnista a una foto tomada con motivo de la
finalización, hace unos cien años, de los trabajos de construcción de una
estación de ferrocarril, y observa que ninguno de los obreros allí retratados
aparece sonriendo: “¿Es posible que en un momento así a ningún alma sensata
entre 100 se le ocurra hacer una broma?”. Ciertamente, la solemnidad del
momento estaría sin duda pidiendo un burlador que la pinchara, que pusiera de
manifiesto que no había para tanto. Pero, si en aquella época era tal vez la
seriedad un ingrediente necesario de esa representación de sí mismo que
parece inherente a todo dejarse retratar, hoy con toda seguridad lo es la
“informalidad”, el “desenfado”. Quien hoy en día tenga ante la cámara
fotográfica el aplomo de dejarse fotografiar sin más, sin esforzarse por
sonreír, inevitablemente pasará por “soso” o aguafiestas, y hasta se le echará
en cara su soberbia: “¿Pero qué se ha creído, por qué no puede sonreír como
todos, por qué se tiene que distinguir, quién se creerá que es?”. Como en aquel
dibujo de Quino en que los pasajeros de un metro regañan a uno por poner “cara
de algo”, pero al revés, hoy parece que, en cuanto intervenga algún grado de
representación, por leve que sea, poner “cara de algo” es precisamente lo
obligatorio. Quien se deje fotografiar a pelo habrá de exponerse al
resentimiento que suscita todo aquel que, aunque sea sin querer, pone al
descubierto un tabú.
O sea
que fotografiarse sin sonreír es tabú, a lo que parece. Dicho del revés: toda
sonrisa fotográfica es la sumisión al poder trazada en nuestras propias caras.
Pero ¿por qué ese tabú? ¿Qué gana el poder con él? Tampoco hace cien años, ni
quinientos, se dejaba al azar la representación de uno mismo en el retrato: la
apariencia tenía sin duda su importancia, había que cuidarla. Pero aquel cuidar
la apariencia –las apariencias, las formas– era aún relativamente inocente: los
contenidos que adoptaba –dignidad, seriedad, formalidad– en modo alguno
pretendían desdecir su carácter de apariencia: aquella dignidad, aquella
seriedad, se presentaban como “revistiendo” a sus portadores, aquella
formalidad en su mismo nombre mostraba su vinculación con el mundo de las
apariencias y las formas. Por el contrario, cuando las apariencias lo son de
“informalidad” hemos de sospechar una perversión; como si uno aparentara no
aparentar. ¿No hemos oído todos alguna vez recomendar a alguien que se está
haciendo una foto que se ponga natural? Semejante recomendación, que tan
palmariamente se refuta a sí misma, muestra la vigencia de uno de los dogmas de
nuestro tiempo: el implícito en el imperativo “¡Sé tú mismo!” –que a su vez
podemos ver, al revés, como una especie de continua recomendación de que nos
pongamos naturales, como si en cada uno de los actos de nuestra vida nos
estuvieran haciendo una foto–. Se ve ya en qué ha consistido el progreso: hoy
la representación afecta a algo más íntimo que hace cien años. Entonces, cuando
el retratado, con su actitud, decía “soy honrado, soy formal, soy como Dios
manda”, la representación se quedaba en lo moral convencional, sin pretender
alcanzar a cosas más verdaderas e íntimas: fuera del retrato quedaba
pudorosamente reservada la buena o mala persona que detrás pudiera haber,
quedaba su felicidad o infelicidad. Pero hoy lo que el retratado dice es algo
así como “lo tengo todo controlado, soy feliz”: la representación pretende, en
su obscenidad, alcanzar la verdad íntima y última del representado. También de
esa verdad se ha hecho, pues, el individuo una idea, puesto que la puede
representar, también de ella se ha hecho un cliché. Pero de la felicidad no me
puedo hacer idea. Decir que soy feliz implica, así, necesariamente una ficción.
¿Qué abismal inseguridad de fondo debe de ser precisa para sentirse obligado a
mantenerla?
*
27
Aún
sin sangre. Unas fotos en El País: “Violadas y
asesinadas en Timor Oriental por soldados indonesios”. No hay que esperar a que
la tortura o el asesinato se consume para que la violencia haga su aparición en
estado puro, como terror. Aún no se ha vertido una gota de sangre, pero hay ya
una muy determinada escena: los pasamontañas de esos cinco soldados, la
capucha de la mujer (que presumiblemente le tapa la vista), su desnudez de
cintura para arriba, el que al parecer esa especie de falda que lleva sean las
enaguas, los soldados que la cogen por el cuello, por un brazo, que le apuntan
con un puñal en el vientre, que le atan algo a un tobillo... Todo eso, que de
entrada se podría describir como pura
facticidad, es ya el terror. Pues si, entre hablantes, aparece como tal
la facticidad, el puro hecho, es porque el sentido lo ha abandonado. Y eso sólo
puede ocurrir porque la posibilidad de diálogo haya sido excluida. Lo cual es
ya el terror.
*
28
Ñoñería y “transgresión”.
Leo en la prensa que los socialistas criticaron que el Ayuntamiento de Madrid
haya cedido un local para acoger una réplica del zulo donde ETA mantuvo
secuestrado a Ortega Lara –”Es una manera de estimular la necrofilia y el
morbo”– y que la familia del secuestrado califica el montaje de “inhumano”.
Pero ¿por qué? ¿No podría tener un efecto didáctico?, ¿no podría ser útil para
hacerse una idea, por vaga que sea, de la experiencia de un secuestrado en
poder de una banda terrorista? Ante esa utilidad lo de que “estimula la
necrofilia y el morbo” y demás vaguedades parecen fantasías paranoides. En el
mismo local se habían montado muchas otras exposiciones que, como ésta,
simulaban las condiciones de algún suceso de actualidad, y, como eran inútiles,
a ninguna se le vio nada malo. Pero al final llega una exposición que podría
ser útil y entonces, ¿qué ocurre? Que habrá de tener la sencillez, la modestia
que lo útil siempre tiene, y hoy cosas así son muy sospechosas. Con ese olfato
que tiene el poder para detectar lo que podría ser liberador, el Ayuntamiento
ha retirado el permiso para la exposición. Porque si el montaje hubiera sido
necrofílico de verdad, si se tratara, por ejemplo, de instalar un ataúd,
diseñado por artisto de vanguardia, con música bakalao incorporada, para que
los visitantes fueran metiéndose en él uno por uno a hacer un rato el muerto,
entonces tendría el prestigio de la trasgresión, sería “lúdico” (sería
tabarra), y se le habría dedicado una partida del presupuesto municipal. Así,
ñoñería y “transgresión”, como polos complementarios, han dado en repartirse
toda la extensión de la vida actual para entre las dos hacérnosla invivible.
Empieza la “transgresión” colmándonos de obstáculos, inutilidades y ruido los
pocos espacios libres y vivibles que aún quedaban, pero si, por bendito
descuido, alguna de las cosas que iban para obstáculo fuera a revelarse útil,
liberadora y buena, no hay cuidado: sin falta saltará a denunciárnosla como
diabólica la ñoñería. Aparentes contrarias, son en realidad hermanas gemelas.
*
29
La trasgresión moderna. En el
metro, la propaganda de no sé qué teatro municipal anuncia “un espacio para la
transgresión”. Pero, si trasgredir algo es traspasar su límite, ¿qué
trasgresión es ésa que no se atreve a existir si no es dentro de los límites
que el Ayuntamiento le marca?
*
30
El juego del amor. Todo
juego implica simulación, pero quizá no haya más que una transición insensible
entre jugar a estar enamorado y estarlo de veras: quizá el enamorado ha acabado
creyéndose de tal manera su propio juego que ya no concibe la posibilidad de
salirse de él. Y lo más erótico de ese juego, lo más erótico de jugar dos a
estar enamorados, es esa complicidad que se crea entre los jugadores, únicos
partícipes de un secreto. Pero ese secreto, ¿ante quién se guarda? No sólo ni
principalmente ante los extraños, sino sobre todo ante los propios interesados:
son ellos mismos, precisamente porque oficialmente se son mutuamente
extraños (pues aún se trata de un juego y no de “la vida misma”), los que a
cierto nivel deben por todos los medios dar la apariencia de que “aquí no pasa
nada”, y no darse de ningún modo por enterados de la maraña de pequeños
indicios y mensajes que bajo mano se intercambian. Es ese no pero sí, esa ambigüedad en la que dos extraños no dicen pero sí
dicen que no se son del todo extraños, lo más hermoso del juego del amor. Y
cuando el juego se haya convertido en realidad y sea ya imposible no darse por
enterado, si esa realidad a pesar de todo sigue teniendo algo que ver con el
amor es que todavía permanece en ella preservada de algún modo aquella
ambigüedad, aquella extraña disociación entre lo oficial y algo más que no se
dice. Por eso decimos que el amor es juego.[1]
[1] Autocrítica: ¿No parecen confundirse aquí algunas cosas, y ello hasta el
punto de que ni siquiera es fácil decir cuáles son?
*
31
En el andén del metro, II.
La música ambiental del metro equivale a una afirmación. Dice: “todo está
bien”. Y no es verdad.
*
32
Mundo
encogido. Aquel tiempo en que en un dictado nos enterábamos
(era, he sabido después, una página de Julio Camba) de que los alemanes no
concebían la más mínima acción sin un aparato para realizarla de una manera más
complicada: “los alemanes”, oíamos, o “Alemania”, y nos imaginábamos otro
mundo, desconocido y lejano, como si allí, en Alemania, fuera siempre de noche...
Era muy improbable que algún día fuéramos a ver un alemán. Como un bosque, el
mundo tenía espesor, era grande, inagotable... Y ahora esto.
*
33
Ida y
vuelta. “Dos investigadores demuestran que existe la
comunicación por señales químicas en humanos”. Y es verdad que el propio
concepto “señales químicas” presupone la ciencia, pero también parece que, lo
que la ciencia ha descubierto, de alguna manera el lenguaje corriente lo sabía
ya. Muchas veces la ciencia descubre cosas que no estarían olvidadas si ella
misma no las hubiera tapado previamente imponiendo su propio modo matemático de
considerar.
*
34
Pensamientos de un Sábado Santo.
Qué distinta era entonces la Semana Santa. En Santa Coloma, por ejemplo, en
Mosén Camilo Rossell, me recuerdo una noche oyendo la radio –estaría yo en mi
habitación, acostado, creo, aunque es un recuerdo muy vago–. Debía de ser
alguna radionovela sobre la Pasión –entonces en Semana Santa todo eran
emisiones religiosas–, y sólo recuerdo una sensación como de pena, de dolor, de
tristeza, y también un poco como de aburrimiento, como si la pena fuera lenta,
inacabable. Era literalmente como una enfermedad, como tener anginas o algo
así. Pero no estaba enfermo, de eso estoy seguro. Sólo que era Semana Santa,
que en conjunto venía a ser como pasar unas anginas. Y así, por la radio: una
procesión, el viacrucis, una entrevista imaginaria con el Cirineo o con la
Magdalena o con el centurión Longino, una saeta, unos tambores, una charla
espiritual a cargo de un cura, el viacrucis, y así sucesivamente. Era como unas
anginas, pero era algo. Durante aquellos días la vida cambiaba. No
necesariamente porque se hicieran otras cosas, sino porque la atmósfera
había cambiado. Como si estuviéramos en una tribu primitiva y el hechicero
hubiera decretado un tiempo de duelo, físicamente el duelo se respiraba en el
aire. Y aquello estaba bien, era consolador. Tanta tristeza de repente pública,
descubierta. Como estar en el fondo del fondo y no poder ya descender más, era
como una balsa que te recogía, amarga y maternal, y de dolores te arrullaba.
Era el consuelo y la reconciliación que hay en el verdadero duelo. Y es que el
dolor aún no estaba prohibido. Aún podía ser humano.
“Pero era un dolor impuesto,” glosa una
amiga a la que paso estos escritos, “como en la Navidad la fiesta, la alegría,
la solidaridad y todo eso”. Seguramente tiene razón, y sin embargo... ¿Por eso
ha caído en el olvido, por impuesto? No debe de ser por eso, porque año tras
año seguimos soportando la alegría impuesta de la Navidad, cada vez más
insoportable. Y ¿de verdad era tan entontecedor y tan malo aquel dolor como
esta alegría? En mi recuerdo de Santa Coloma, por ejemplo, (sería 1962 o 1963)
aquello yo lo sentía como un dolor verdadero. Quizá por aquello de las mujeres
que lloraban a Patroclo, que con ese pretexto cada una lloraba por sus propias
penas. A lo mejor es que tendemos siempre a tapar la tristeza, y por ello es
bueno que la ocasión de duelo se nos ofrezca gratuitamente.
*
35
Enumeraciones mediáticas, I.
Leo en el suplemento de El País Protagonistas del siglo XX,
página 292: “se dieron cita, entre otros, Hemingway, Martha, Dos Passos, Bob
Capa, Saint-Exupéry o Herbert Matthews”, y no entiendo cómo puede esa
enumeración acabar abierta (...o Herbert Matthews) si ya se ha dicho que
se nombran sólo unos cuantos, entre otros. O lo uno o lo otro, porque
las dos cosas juntas dan redundancia. Parece que la compulsión mediática en
favor de la enumeración en o logra imponerla en contextos que no la
admiten. Y ¿por qué esa compulsión? Como siempre que el lenguaje es enfático o
retórico, o simplemente rompe la línea de máxima facilidad expresiva, será
prudente considerar que ha intervenido la ideología. Mi intuición de hablante
premediático oye frases así como si salieran de la boca de uno de esos bustos
televisivos que, simpáticos, desacomplejados, desenfadados, democráticos,
“especialistas en tí”, de puro empalagosos dan malagana. En El País del
16.5.98 leo que “77 estudiantes logran becas de La Caixa para EEUU, Reino Unido
o Alemania”, y esta vez sí que es una enumeración completa -no hay becas para
otros países-, así que ¿por qué no y Alemania? Pues ello en modo alguno
implicaría que cada estudiante fuera a lograr una beca para los tres países.
¿Por qué no, entonces, lo más fácil, y Alemania? Quizá porque se trata
de recoger el punto de vista del estudiante que “elige” uno de los tres
destinos ofrecidos, es decir, el punto de vista del “especialista en tí” que le
dice: “¡Mira: todos estos destinos tienes para escoger!”. Tal vez era la oscura
percepción de esa disimulada apología del objeto lo que me daba antes aquel
empalago y malagana. Tal vez ese o que deja abierta la enumeración
sugiere el infinito abanico de posibilidades, la inagotabilidad y proliferación
de la vida desenfadada, democrática, simpática, desacomplejada y progre, jardín
donde retozan niños rubiecitos, que es la imagen ideal de la realidad marcada
por el crecimiento capitalista a la que el periódico pertenece.
Ese subrepticio carácter apologético nos hace esperar que, cuando la
apología esté excluida, cuando la enumeración lo sea de elementos negativamente
valorados, el periodista se decante por el y, y escriba, como de hecho
hace, “los niños españoles reciben una programación televisiva colmada de
machismo, violencia e intolerancia”, o bien: “las televisiones transmiten en su
programación infantil valores contrarios a la Constitución y contenidos
racistas, xenófobos, misóginos, violentos y exaltadores de la competitividad”.
*
36
De una convocatoria para la incorporación de
doctores españoles a universidades mejicanas. Ya no
encontrarás “histología”, “paleografía” ni “química inorgánica”, sino sólo
cosas como “tecnología educativa para profesores”, “márketing político”
“simulación de eventos y procesos”... ¿Será que ya sólo hay saber de la pura
nada?
*
37
Metamorfosis de las noches. Después
de unos años de ir sustituyendo electrodomésticos viejos por otros nuevos,
ahora una nevera, después un vídeo, un buen día nos damos cuenta de que las
noches de nuestra casa se han ido poblando de extrañas luces fantasmales. No
recordamos haber decidido nunca instalar esa fosforescencia verdosa en la
cocina, ni esas cifras iluminadas en el comedor. Pero esas luces, a veces
acompañadas de un eléctrico zumbido, inquietarán ya para siempre lo que debía
ser la casa a oscuras, le darán mal sueño, pesadilla, y en la noche del comedor
–nave espacial de ciencia-ficción– ya no podrá tranquila entrar la luna, ni
nosotros nos sentiremos ya del todo en casa: la nuestra propia se nos ha vuelto
ajena, “de ellos”, de nadie.
*
38
Divagaciones ferroviarias al atardecer.
Este mirar por la ventanilla la penumbra de los campos desde la trivial
claridad del vagón-cafetería del talgo viene a ser como un atisbar por las
rendijas de la modernidad los latidos de lo que queda fuera, la inmensidad del
mundo. Son ambas, como referidas al margen, a lo que queda fuera, ocupaciones
patentemente marginales. Pero de ningún modo carentes de interés; se me ocurre
que deberían hacer trenes oscuros en los que poder dedicarse a contemplar el
dudoso paisaje nocturno, pues, lo que es en estos trenes “especialistas en tí”,
el cristal de las ventanillas no es más que un espejo de la consabida realidad
del vagón –y por si fuera poco está el vídeo–. Como la modernidad, de nuevo. Es
la perfección del sistema: lograr que de fuera sólo nos lleguen reflejos de
nosotros mismos: “los griegos eran muy machistas”, “ya Platón era
comunista...”, etcétera. Pero ahora, si nos esforzamos y hacemos pantalla con las
manos, esos campos oscuros, ¿no nos dicen algo? A lo mejor esas luces lejanas
nos sugieren ámbitos aún vivibles. Lo ha dicho, al poco de instalarnos en el
vagón (aunque no era aún de noche), mi madre (como siempre, es la mirada vieja
y niña la que acierta): “Vieron una luz a lo lejos. Y, caminando caminando,
llegaron a una casita. Era la de los enanitos. ¡Fíjate!”. “¡Qué inocencia!”,
quería decir ese fíjate. Pero a veces a la inocencia hay que tomarla en
serio. O bien, esos postes de alta tensión, ¿no podrían ser gigantes
salteadores de caminos, y aquella hilera de luces, una tienda de leñadores?
¿Por qué será que esas sugerencias de vida tal vez aún vivible que la
incertidumbre de esos campos nos envía, no conseguimos ilustrarlas más que con
ficciones? Pero es que en la sociedad moderna y, como dicen, real, pocas cosas
son vivibles. Y en todo aquello, en la llegada a la casa de los enanitos o a la
tienda de los leñadores, en el encuentro con los gigantes, se repite la entrada
en un ámbito en el que todavía rigen costumbres no asimiladas a ese continuo de
lo
científico–planificado–optimista–deportivo–simpático-didáctico–ecologista–diseñado–asegurado–y–concienciado.
En el que todavía rige la vida.
Vuelvo a nuestro vagón. Se apaga el
vídeo, y el fondo que queda no es la simple negrura (¿sería demasiado
sencillo?): es un embrollo de puntos brillantes saltando azarosamente como
locos para no ir a ninguna parte.
* * *
(Fin de I.)
II
39
Enseñanzas de la afasia.
Mi madre, que a la avanzada edad que tiene dice a veces una palabra por otra,
acaba de decir “la pastilla de atrás” por “la pastilla de antes”. Qué claro
está para un moderno que el pasado queda atrás –para los griegos estaba más
bien delante– que esa representación logra imponerse a lo que en sentido
contrario sugieren las palabras: antes: delante.
*
40
Redención en Manuel Lasala[1].
Pues eso de “¡Ea, ha venido el afilador!”, ¿no tiene exactamente el tono de un
adviento, no es anuncio de una redención? Pero en este caso no hay sólo
anuncio, sino que la Venida, la Redención está ya aquí: ¡ea! Por eso hemos
salido los vecinos al balcón, y nos quedamos un poco dudosos, y no sabemos, y
quisiéramos salir contentos detrás, como si de nuevo, entre farolillos de
papeles de colores, detrás de la banda de música, fuéramos niños en las fiestas
del pueblo: “¡El afilador! ¡Ea, ha venido el afilador! ¡El afilador ha venido
para afilarle el cuchillo, la navaja o la tijera!... Tiruriruriruríííí”. Pero
somos ya tan mayores.
[1] Manuel Lasala es una calle de
Zaragoza.
*
41
Sin libro en un bar, o la añoranza
del letraadicto. ¡Quién pudiera leer en los
anaqueles las botellas de licor y el blanco de las tazas, en el aire el olor
del café y los gestos de la camarera..., quién pudiera descifrarlo todo
mediante alguna clave, como un jeroglífico, y seguir así leyendo, leyendo,
leyendo...!
*
42
Definiciones de “día”. María Moliner (“tiempo que tarda el Sol en dar una
vuelta completa a la Tierra”) daba una definición clara y verdadera, fiel a la
lengua y al mundo de la lengua, que es el de la experiencia común y corriente.
En el Casares, en cambio, se buscaba una componenda con el mundo de la ciencia:
“tiempo que el Sol emplea en dar aparentemente
una vuelta alrededor de la Tierra”. Pero en la nueva edición que del Moliner
han hecho a su gusto los editores no hay ya componenda, sino pura y simple
rendición del mundo de la lengua al de la ciencia: “tiempo que tarda la Tierra
en dar una vuelta sobre su eje”. Como si, en cuanto el astrónomo sale de su
observatorio, no hubiera, también él, de caminar sobre una tierra quieta, por
encima de la cual se mueve el sol, como si con sus propios ojos no viera él
cómo se oculta el sol tras el horizonte. Como si ahora tuviéramos todos que
adoptar en la calle o en nuestras casas el punto de vista, especializado y
retorcido, del científico en su laboratorio. Mentecatez, sumisión a la
ideología dominante.
===
Glosa al anterior: Pero en realidad ni para la ciencia hay “días” ni, caso de que los
hubiera, los iba a definir por las vueltas que da la Tierra alrededor del Sol,
pues, siendo para ella todos los sistemas de referencia en principio igualmente
válidos, más bien habrá de decir que, prescindiendo de todo lo demás, tanto el
Sol como la Tierra se mueven alrededor de un punto situado entre los dos. La
definición no recoge más que lo que los
editores del diccionario se imaginan que es lo científico y verdadero: es
aún más mente capta.
*
43
Las otras veces. Le han
llamado para que recoja las cosas: la habitación ha de quedar vacía. Y, sobre
todo, los pendientes, el audífono, los anillos, la medalla que lleva su madre
al cuello. Para quitarle los anillos ha de cogerle la mano. Hubo otras veces
que sus manos se encontraron, hace más de cuarenta años. Entonces era ella
quien le cogía la mano a él, jugando. Jugando (como si le hiciera cosquillas,
los dedos de ella en la mano de él) y cantando (porque la voz seguía la acción,
¿o era al revés, lo que le hacía ella repetición de lo que la canción decía?):
“Tricotrín
tricotrán,
de
la vera vera pan,
balistero
balistero,
(tiro-riro
riro-¡-reroooo!)”
Del cuarto y último verso ha
olvidado la letra, pero la entonación no podría olvidarla. Aquel “-rero” final,
o lo que fuera, era una explosión de alegría tal que había que echarse a reír,
no importaba que uno no supiera de qué.
Y
ahora él le coge la mano, aún caliente, y mientras intenta quitarle el anillo
recuerda: “Tricotrín tricotrán...”.
*
44
Brindis. Ulises, caracterizado como mendigo, brinda por la señora de la casa: “A
tu salud, reina, por siempre, hasta que la vejez llegue y la muerte, que a los
hombres sobrevienen” Tranquilo, alegre pesimismo griego, conciencia del límite.
Nuestro optimismo por contra, en su obcecada y ñoña negación de la muerte (“que
podamos celebrarlo también el año que viene”), es, bajo la mueca de la alegría,
pavorosamente triste.
*
45
«Sus alumnos afirman que
“es una enciclopedia”. “De lo otro no opinamos, porque no hay nada de lo que
opinar”, zanjan.» El País, 16.5.99.
La función del periodista, I. Cada vez
es más difícil encontrar un reportaje en que el periodista se limite a citar
las palabras de su personaje y no nos las acabe describiendo (“ironizó”,
“zanjan”, “bromea”). No es que nos impongan así una interpretación, es que, al
describirnos algo que la cita acaba de ponernos delante, se incurre en una
redundancia, que sólo puede funcionar bajo el supuesto de una perfecta y
aproblemática objetividad, como si se nos dijera: “y ya sabemos usted y yo
que eso es ironizar...”. Así, el periodista va por ahí propagando la
superstición de que ironizar, zanjar, bromear, etcétera, son cosas tan obvias
como un pepino. Pero hay que ser comprensivo: ése es su trabajo y para eso le
pagan: para que todo acabe por tener socialmente el grado de problematicidad
que suele atribuirse a las hortalizas.
*
46
Razones para no votar. Desde el momento en que los candidatos aparecen en
los carteles de propaganda electoral siempre sonriendo, ya están las elecciones
trucadas, pues ya hay un contenido a efectos prácticos prohibido, a saber: toda
política que no comulgue con ese optimismo simpático que cree que hay que
felicitarse por que cada día vayamos a aumentar el número de automóviles por
habitante, el de aparcamientos subterráneos, espacios polivalentes, parques
temáticos, palacios de congresos, estadios olímpicos, aeropuertos y autopistas.
Prohibición tanto más efectiva cuanto que, al ejercerse sólo mediante el
fáctico consenso de los más, pasa desapercibida.
*
47
Alivio.
La música de discoteca que por los auriculares oye el joven del fondo del
autocar lleva ya algunas horas atornillándonos los oídos al resto de los
viajeros (de nada serviría llamarle la atención, pues, por el prestigio que hoy
tienen la desinhibición y la tabarra, todos asegurarían que no les molesta). La
verdad es que tiene cierto parentesco con el ruido de algunas herramientas o
máquinas: serruchos aserrando, motores en marcha, ventiladores o máquinas de
afeitar encendidos. Y sin embargo, el compositor parece que ha pretendido disimular
esas semejanzas. Pero, si en una sonata, pongamos, hay un desarrollo de los
temas, de manera que cada transición se experimenta como natural, aquí no hay
desarrollo alguno, sino sólo cálculo de que ya llevamos mucho rato con el
chacachá número uno y hay que ir pensando en alguna novedad para que no parezca
que es siempre lo mismo: se percibe el trabajo que al compositor le cuesta
alternar el escaso número de chacachás y triquitraques de que dispone, se notan
los sudores que pasa. Por eso, sería una ocurrencia feliz renunciar de una vez
a negar el parentesco, y –¡oh alivio, oh beatitud!– dejarse ya el motor de la
máquina de afeitar permanentemente enchufado al oído.
*
48
Lenguaje
amnésico. Leo en un artículo sobre la escuela de Summerhill
la frase “los alumnos entre 11 a 16 años”. Pero por qué lo iba a hacer mejor el
periodista si así dirán en sus documentos pedagógicos hasta los mismos maestros
de Summerhill: “pupils between 11 to 16...”.
*
49
La sonrisa del político. No es porque se
esté acordando de algo gracioso, sino por sistema, en vacío. El político no
tiene fondo de silencio, que permita escuchar, acoger algo: en el fondo queda
aún la sonrisa y, por lo tanto, todavía una afirmación, un mensaje, un zumbido.
¿Ha de extrañar que no pueda nunca entender nada? ¿Cómo va a entender algo si
el zumbido no le deja oír?
*
50
Propaganda política reaccionaria.
La de un candidato pretendidamente de izquierdas: “Fem una BCN + fàcil”
(“Hagamos una BCN + fácil”). A “Barcelona”, que lo entiende todo el mundo,
prefiere “BCN”, que para entenderlo hay que haber viajado en avión o estar en
la onda; a “más fácil”, que dice lo que quiere decir (“grado comparativo” para
una comparación) prefiere “+ fácil”, que lo que dice –qué gracioso– es la
adición de un sumando, y pretende que la comparación la entendamos por
jeroglífico. Creerá que las dos frases se pronuncian igual, pero no es así,
pues –en catalán lo mismo que en castellano– el “más” comparativo es tónico,
como adverbio que es, mientras el aditivo, el que solemos escribir “+”, es
átono, como la conjunción “y”. En realidad, todo el anuncio es un atropello de
la oralidad del mensaje a manos de la escritura, y de una de las más esotéricas
formas de escritura: el jeroglífico, que es escritura de casta sacerdotal. Y
esa oralidad atropellada era la razón misma en su rostro más cotidiano y oíble.
En su rostro más fácil. Contra lo que el anuncio declara, lo que de
hecho practica es el sometimiento a la dificultad por la dificultad. Prestigio
del mensaje cifrado, de la jerga de enteradillo, de lo privado (y, en el fondo,
de la propiedad privada). Por respeto, pues, a lo privado se viola ahí, con esa
habla melódica y conceptualmente equivocada, lo único que es de todos y no es
de nadie, lo único que sin engaño posible es público: el lenguaje, la razón.
Aquello que la izquierda con el mayor miramiento debería respetar. Violencia
del poder en el discurso de la izquierda oficial.
*
(Fin de II.)