miércoles, 29 de marzo de 2017

(Leng.) Efectos de la pronunciación mediática sobre la lectura en un hablante no mediático

Releyendo una entrada anterior de este mismo blog, al llegar a las palabras "excluir" y "excluido", algo me ha trabado, algo me ha impedido pasar automáticamente y sin problema a la palabra siguiente. Ha sido el escrúpulo "pero... ¿de verdad esa palabra se escribe con equis? ¿No debería haber escrito escluir, con ese?” Sólo en un segundo momento se me ha hecho patente que no, que la palabra estaba bien escrita, pues esas palabras en la ortografía vigente van con equis: todos escribimos "excusa", "excavar", "exquisito", aunque digamos "escusa", "escavar", "esquisito". Pero ¿de dónde procede mi impedimento y mi escrúpulo? Tan acostumbrado está uno a oir a los bustos parlantes de la televisión decir "eKstraño", "eKsportación", "eKsquisito", "eKscusa", "eKscluir" –con ka mayúscula represento, como hacía AGC, esa pronunciación enfática de un fonema /k/ en esas posiciones característica de los bustos parlantes televisivos, como de los demás sacerdotes del habla del poder–, que, al leer una equis en posición que en el habla común da ese, lo que de hecho oye uno en la silenciosa voz con la que por dentro se va recitando lo que va captando con los ojos es ya esa enfática pronunciación mediática, que en el propio énfasis está ella misma delatándose como consciente –como si el busto parlante se dijera: “¡Cuidado, que ahora viene una equis, no vayan a creer que pronuncio una ese y quede como un paleto! ¡Que se me oiga bien la ka!”–, y como el hablar es acto automático, de cuya ejecución está ausente la consciencia (para decir "pino", no sólo no es necesario pensar en que el primer fonema se pronuncia juntando los labios para separarlos en el momento de sacar el aire, etcétera, sino ni siquiera reparar en qué fonemas tiene la palabra), esa pronunciación enfática se oye como antinatural (es, en verdad, violadora de la lengua común: es, en sentido etimológico, idiota). Ha sido, pues, esa antinaturalidad percibida ya, a fuerza de tanto condicionamiento televisivo, en la propia escritura “excluir” lo que, al horrorizarme, ha debido de suscitar el escrúpulo: “¿No tendría que haber escrito escluir?” Así, por efecto de una enfática y consciente –esto es: idiota– pronunciación mediática, ya no sabe uno cuándo va una palabra con ese y cuándo con equis, y casi se siente por reacción movido a desoir la ortografía académica para ceñirse al habla del hablante corriente.


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domingo, 26 de marzo de 2017

(Enseñ.) Lo que enseñan los libros de texto de la ESO

El espesor de lo adventicio

El libro se titula, por ejemplo, Matemáticas. ESO 1. 1er Ciclo, y al abrirlo por la primera página nos enteramos por un índice de que no se divide en partes sino en “bloques”, ni tiene lecciones sino “unidades didácticas” (cuando había servicio militar obligatorio, cosas así les decían a los novatos los “abuelos”: “el abuelo no entra: se introduce”, “el abuelo no se duerme: concilia el sueño”). Sin atender a esas provocaciones pasamos hoja en busca de la primera lección, pero ¿la encontramos? Parece que no, pues una doble página se desperdicia en el título del primer “bloque”: Sobre un fondo de diseño a base de motivos deportivos en silueta (un tenista por aquí, una gimnasta rítmica por allá), coloreado todo él (es un poco como si estuviéramos en la camiseta de una selección nacional de fútbol), encontramos en letras muy grandes el epígrafe     “Números y estadística”. ¿Cómo puede un epígrafe necesitar doble página? Es que han puesto más cosas: cuatro recuadros, tres de ellos -con foto a todo color incorporada- sobre tres temas de historia: “el ábaco”, “las máquinas de cálculo” y “los ordenadores”, y el cuarto -sin foto pero inclinado- sobre el “sistema de numeración en base 2”. ¿Qué falta hacía todo eso ahí? ¿Se trataba de motivar? ¿O sólo de hinchar el comienzo del “bloque”? En la página de la derecha aparecen pintadas las puntas de dos lápices de colores, como metiéndose en ella desde fuera. En resumen: llevamos ya tres páginas, un cuadro sinóptico, cuatro recuadros, tres fotos y dos lápices adventicios y aún no hemos entrado en materia. ¿Lo lograremos en la página siguiente? La cosa promete, porque esa página lleva el epígrafe de la primera lección: “1 Números naturales y operaciones”. ¡A ver, a ver, por fin vamos a aprender algo!
Pero no hay caso, que decía Mafalda: ahora nos salen tres recuadros a color con los epígrafes-monserga “Recuerda lo que sabes”, “En esta unidad estudiarás” y “Al final, serás capaz de” (reparen, de paso, en el pringoso tuteo, en la falta de respeto implicada en instruir al sujeto acerca de su propio futuro), envueltos, los epígrafes-monserga, en otros recuadros, por así decir particulares suyos, que más bien son salchichas de color más vivo, salchichas con lo que podemos llamar “efecto de relieve” en color todavía más vivo, y en el ángulo superior izquierdo de la página un horrendo monigote que debe de ser el tatuaje, mascota o logotipo que en todo concurso mundial de fútbol es al parecer imprescindible. ¿Cuándo llegarán las matemáticas? –Pero, ¿de qué nos extrañamos? ¿No nos habíamos dado cuenta de que estábamos viendo la tele? De ahí el fondo de diseño, la proliferación de recuadros, colorines y salchichas: es el horror al vacío que cunde por todo lo audiovisual (cunden el horror y el vacío, pues esencial vacío es lo que la abundancia de materiales de relleno produce); hay fondo de diseño y colorines por lo mismo que vídeos en los autocares y hilo musical en los andenes de metro por más que ninguna de las dos cosas se echen de menos para nada ni en un sitio ni en el otro. Y así como en la tele, si uno quiere ver una película, le hacen chupar primero veinte minutos de publicidad, así también aquí para llegar a la lección hay que tragarse primero los anuncios. ¡Haiga pacencia, que todo llegará! Pero a la manera audiovisual: bien pringado y revuelto entre la basura.
Lo que esos libros de verdad enseñan
Antes he tenido que modificar algunos datos del objeto comentado para no distraer de lo que estaba diciendo. Pues de hecho lo que en el libro había era, por ejemplo, que en el índice las lecciones aparecían como “unidades didácticas”, en plural, y las partes como “bloque”, en singular; que, de los dos epígrafes-monserga que dejaban inacabada una frase para que se completara en cada uno de los elementos de una lista, uno de ellos aparecía con puntos suspensivos: “Al final serás capaz de...”, el otro sin ellos: “En esta unidad estudiarás”; muchas veces se utiliza el signo de puntuación llamado “dos puntos", pero otras para la misma función se escoge una flecha. En esas condiciones, tal vez estará en el aire que ese libro vaya a enseñar matemáticas: de lo que no cabe duda es de que está ya enseñando algo muy concreto: el descuido, la negligencia, la desgana.
Si, tratando de entender mejor el fenómeno, leemos la lista encabezada por ese “Al final, serás capaz de...”, nos encontramos con que, entre otras capacidades, se nos citan las siguientes: “adquirir un método de resolución de problemas y actuar con confianza y perseverancia en la búsqueda de soluciones”, “adquirir el hábito de presentar de manera clara y ordenada el proceso de resolución de un problema o cálculo numérico”. ¿Qué le resulta a uno si todavía recuerda que esas frases tienen que completar lo de “Al final serás capaz de...”? ¿”Serás capaz de adquirir un método” y “serás capaz de adquirir el hábito...”? ¿Cómo, si adquirir un método o un hábito es precisamente lo que precede al “ser capaz de”, porque es la adquisición de la capacidad? Al llegar a la mitad de los enunciados los autores se han olvidado ya del principio. Del mismo modo, cuando en otro elemento de la lista escriben “...interpretar y utilizar la notación de las potencias, así como operar con potencias”, ha bastado la secuencia “así como operar con” para que hayan olvidado que la palabra “potencias” la tenían al alcance de un pronombre, y se crean obligados a repetirla. Hay en esa lista, pues, hay en todo el libro, algo así como falta de memoria, falta de esa mínima y elemental memoria que continuamente ponemos en función cuando hablamos, escribimos o leemos. Hay amnesia, lenguaje amnésico. Y en ese apartado hay que contar también la suposición de que “interpretar y utilizar la notación de las potencias” y “operar con potencias” hasta tal punto sean cosas distintas que entre sí admitan un “así como”: no es cuestión de mera gramática, es incapacidad de verles a las cosas la conexión, la razón, el hilo que les da sentido. Hay ahí toda una enseñanza de la desmemoria, del caos. De eso, no de otra cosa, es de lo que el alumno al final será capaz. Pero, ¿qué podíamos esperar de unos libros que se proponían como modelo lo audiovisual y venían a ser lo mismo que la tele? 

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sábado, 4 de marzo de 2017

(Amdp.) ¡Eh, viejo!

No se me moleste, que la ocasión lo requiere: ¿Cuánto tiempo va usté a seguir dejándose llamar “mayor”, “persona mayor”? ¿No se le enciende la sangre? ¿O es que ya no le corre en las venas? No me diga que no ve la diferencia: Si es usté un “mayor”, una “persona mayor”, ya no le queda más que permanecer sentadito con una manta sobre las rodillas, esperando que venga la enfermera a darle la sopita y hacer con usted lo que otros han decidido; si es usté un viejo, en cambio, todavía es usted quien decide, y eso es lo que importa: en el límite, si las cosas se ponen feas, todavía puede usted, con un poco de suerte, llevarse por delante cuatro patrullas de agentes del orden antes de dejarse reducir.
Mal pueden palabras como “mayores”, “personas mayores”, “personas de la tercera edad” hacerles servicio alguno a los viejos, cuando ya empiezan por hacerlos desaparecer, por lo pronto del vocabulario, como avergonzándose de ellos. Ello no es casual: en una película, por ejemplo, funciona como chiste el que la locutora del telediario sea una señora de unos ochenta años: puede funcionar como chiste porque, en la realidad, entre los miles y millares de “bustos parlantes”, locutores y presentadores de televisión, en vano buscaríamos un solo viejo. De esa función están excluidos. Lo mismo que de otra infinidad de empleos y funciones, de ella se les ha hecho desaparecer. Y cuando algo que en sí mismo sería posible, natural y sensato, en el sistema vigente se evita y de él se excluye, es que pesa sobre ello un tabú. Un tabú pesa, pues, sobre la vejez, tanto sobre la palabra como sobre la cosa: los viejos son innombrables porque se desearía que fueran invisibles, que no los hubiera. En la imagen ideal del sistema, aquí no hay viejos, del mismo modo que aquí no se muere nadie.

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