lunes, 23 de octubre de 2017

(Tr. filos. gr.) Traducción del diálogo Sócrates-Zenón en el "Parménides" de Platón

De modo que Sócrates[1], al acabar de escuchar, pidió que se volviera a leer la primera propuesta[2] del primer decir, y en cuanto se hubo leído dijo: (127e) –¿En qué sentido dices esto, Zenón? ¿Si las cosas son muchas, que, por lo tanto, deben ser semejantes y desemejantes, y que eso, claro está, es imposible? ¿Pues ni lo desemejante podría ser semejante ni lo semejante desemejante? ¿No es eso lo que quieres decir?
–Eso es –que dijo Zenón[3].
–¿No es cierto, entonces, que, si es imposible que lo desemejante sea semejante y lo semejante desemejante, imposible es también que haya muchas cosas? Pues si hubiera muchas, les pasaría lo imposible. ¿Es ése, pues, el sentido de tus decires, no otro que mantener, contra todo lo que suele decirse, que no hay muchas cosas? ¿Y de eso mismo crees que es prueba cada uno de los decires, de modo que consideras que tantas pruebas ofreces de que no hay muchas cosas cuantos decires has escrito? (128a) ¿Es eso lo que quieres decir o yo no lo entiendo bien?
–No –que dijo Zenón–, que perfectamente has entendido el sentido de todo el escrito.
–Entiendo, Parménides –que dijo Socrates–, que Zenón, aquí, no sólo quiere hacerse íntimo tuyo por lo demás que en amistad os une, sino también por el libro, porque ha escrito lo mismo en cierto modo que tú, pero cambiándolo intenta engañarnos como si dijera otra cosa. Pues tú en tus poemas afirmas que uno es el (128b) todo, y de ello ofreces pruebas en hermosa y excelente manera, y él por su parte niega que sean muchos[4], y pruebas ofrece también él muchísimas y bien grandes. Conque que el uno afirme “uno” y el otro niegue “muchos”, y así cada uno de los dos hable de modo que parezca que nada ha dicho de lo mismo, cuando poco más o menos lo mismo decís..., parece que a los demás todo lo que decís nos queda demasiado elevado.
–Sí, Sócrates –que dijo Zenón–, pero el caso es que no has percibido del todo la verdad[5] del escrito. Y eso que, (128c) como los perros laconios, bien persigues y rastreas lo dicho. Pero primero se te escapa[6] esto, que de ningún modo se da tanta importancia el escrito que se escribiera pensando lo que tú dices pero simulando ante la gente que estaba realizando alguna gran cosa. Sino que tú has mencionado un mero resultado[7], mientras que en verdad es este escrito una especie de socorro prestado al decir de Parménides contra los que intentan (128d) hacer burla de él diciendo que si “uno” es[8], resulta[9] que le pasan al decir muchas ridiculeces, y contrarias a él mismo. Contradice, pues, este escrito a quienes dicen lo mucho[10] y les paga con otro tanto y más, queriendo poner de manifiesto que ridiculeces aún más grandes pasaría su suposición, “si es [hay] mucho”[11], que la de que el uno es [o lo hay], si la recorriera uno adecuadamente. Con esas ganas de pelea, pues, lo escribí siendo joven, y alguien me lo robó cuando estuvo escrito, de modo que ni hubo lugar a deliberar (128e) si había que sacarlo a luz o no. Por eso, pues, se te escapa[12], Sócrates, porque no crees que se ha escrito con las ganas de pelea de un joven, sino con el deseo de honores de un viejo. Por lo demás, como he dicho, no lo has conjeturado mal.
            –Acepto tu explicación –que dijo Sócrates– y estimo que es como dices. Pero dime lo siguiente: ¿No consideras que hay (129a) una especie de aspecto[13] en sí mismo de la semejanza, y de ella a su vez otra cosa contraria, aquello que es desemejante? ¿Y que de ésos, que son dos, participamos tanto tú como yo y las otras cosas que, en fin, llamamos muchas, y las que participan de la semejanza se hacen semejantes en el respecto en el que y en cuanto participen, y las que de la desemejanza desemejantes, y las que de las dos de las dos clases? Pero si todas las cosas participan de los dos, que son contrarios, y son, por el participar de ambos, semejantes y desemejantes ellas (129b) entre sí, ¿qué tiene eso de admirable[14]? Pues si, en primer lugar, lo semejante mismo mostrara[15] uno que se hacía desemejante o lo desemejante semejante, un portento sería, creo yo. Pero si lo que participa de estos dos muestra que se encuentra de las dos maneras, a mí no me parece, Ζenón, que sea nada extraño, ni aun si muestra alguien que todo es uno por participar del uno y eso mismo muchos por participar también de la multiplicidad. Pero si lo que es “uno”, eso mismo, va a mostrarlo[16] como muchos, y a su vez a los muchos, en fin, como (129c) uno, de eso ya me admiraré. Y todo lo demás, lo mismo. Si los géneros y aspectos en sí mismos mostrara que se encuentran en esos estados contrarios, digno de admirar sería, pero si alguien va a mostrar[17] que soy uno y muchos, ¿qué tiene de admirable, diciendo, cuando quiera mostrar que muchos, que una cosa es lo que tengo en mi lado derecho, otra lo que en el izquierdo, y una lo de delante, otra lo de detrás, y del mismo modo lo de arriba y lo de abajo? Pues participo, creo yo, de multiplicidad. Y cuando uno, dirá que, (129d) siendo siete nosotros, uno soy yo, hombre, participando también del uno; de modo que las dos cosas las muestra verdaderas. Conque si alguien intenta mostrar como muchas y una, siendo las mismas, tales cosas como piedras y leños y cosas por el estilo, diremos que las muestra[18] como muchas y una, y no el uno como muchos ni los muchos como uno, ni que dice algo admirable, sino justo lo que del mismo modo diríamos todos, pero si, lo que ahora decía yo, lo primero separa aparte los aspectos en sí mismos, como semejanza y desemejanza y multitud (129e) y “uno” y estancia y movimiento y todas esas cosas, y luego muestra que esas cosas en sí mismas son capaces de combinarse y discernirse, me admiraría yo, Zenón –dijo[19]–, cosa de maravilla[20]. Así que todo esto bien valientemente[21] considero que se ha tratado, pero, como digo, mucho más me admiraría[22] si pudiera uno, esta misma aporía, trenzada de mil maneras en los aspectos mismos, (130a) así como la habéis recorrido en lo visible, así también mostrarla[23] en lo captable por cuenta[24].



[1] O más bien: “Que Sócrates, pues, ...”, dado que se trata de construcción de acusativo con infinitivo, dependiente de un sobrentendido verbo de decir.
[2] La palabra griega es hypóthesis. Volveremos sobre esto.
[3]Que dijo Zenón”, pues en griego tenemos phánai tòn Zénona, acusativo con infinitivo, construcción dependiente de un sobrentendido verbo de decir. Casos semejntes se repetirán a cada paso y no los indicaremos más.

[4] O bien “niega que haya muchos” (ou pollà phesin eînai).
[5] alétheia, ciertamente “verdad”, pero, por formación de palabras (a-leth...), “ausencia de permanecer-oculto”, “ausencia de escabullirse-o-escaparse” (a partir del verbo lanthánein o léthein, “permanecer oculto”, “pasar desapercibido”).
[6] lanthánei, del verbo lanthánein: ver nota precedente.
[7] “Algo accesorio”, pero literalmente tôn symbebekóton ti, siendo symbebekóton una forma del participio de perfecto del verbo symbaínein, que entre otras cosas significa “resultar” y vuelve a salir más abajo con ese sentido.
[8] O “si es uno” o “si hay uno” (ei hén esti).
[9] symbaínei, presente de indicativo del verbo symbaínein: ver nota 6.
[10] tà pollá es “las muchas cosas”, “lo mucho” (mejor esto último, pues como “plural” neutro que es, cuando es sujeto rige verbo en singular): carece del sentido directamente abstracto que tendría “la multiplicidad”.
[11] ei pollá estin, “si es/hay mucho”, “si mucho es”, “si son/hay muchas cosas”.
[12] De nuevo lanthánei (ver nota 5).
[13] eîdos, lo mismo que idéa, se relaciona sincrónicamente, por formación de palabras, con el verbo ideîn, que significa “ver”; de ahí que lo traduzcamos por “aspecto” (como idéa por “figura”), pero 1) tienen connotación de belleza (cf. Hdt. 1, 199.5: eídeos epamménai, “dotadas de belleza”), y 2) ese “ver” es el de “¿pero no ves que ...?”: lo “visto” es sencillamente lo que hay, y eîdos e idéa no dejan de significar algo así como “modo de ser” o “presencia”.
[14] thaumastón, adjetivo verbal de thaumázein, “admirar(se)”.
[15] apéphainen, del verbo apophaínein: así mientras no lo hagamos notar.
[16] apodeíxei, del verbo apodeiknúnai.
[17] De nuevo apodeíxei, de apodeiknúnai.
[18] De nuevo el verbo apodeiknúnai.
[19] Ese “dijo” (éphe y no phánai, “que dijo”: cf. nota a 127e) perfora el doble encuadre narrativo: no hay más remedio que atribuirlo directamente a Céfalo, como si estuviera presente en aquel diálogo de Sócrates, Zenón y Parménides.
[20] Lo que hemos traducido por “me admiraría” ya no es, como hasta ahora, del verbo thaumázein, sino del verbo ágasthai; de thaumázein deriva, en cambio, lo que hemos traducido por “cosa de maravilla”: thaumastôs, que literalmente es algo así como “admirablemente”.
[21] andreíos: cf. andrikôs, “virilmente”, aplicado por Sócrates en el “Fedón” (103b1) a la intervención de alguien que cree que se está hablando de cosas cuando se habla de eíde.
[22] De nuevo de ágasthai.
[23] Esta vez es epideîxai, del verbo epideiknúnai.
[24] “Cuenta” (cálculo, razonamiento) intenta traducir logismós, nomen actionis del verbo logízesthai, “contar, calcular”, de lógos.

(Trad. filos. gr.) Traducción del comienzo del relato de Antifonte en el "Parménides" de Platón

Dijo, pues, Antifonte que decía Pitodoro que llegaron una vez para las Grandes Panateneas (127b) Zenón y Parménides. Que Parménides, pues, era ya de avanzada edad[1], muy canoso, de noble y hermosa apariencia, de unos sesentaycinco años; y Zenón era entonces de cerca de cuarenta, alto y bien parecido, y se decía que había llegado a ser mancebillo de Parménides. Se hospedaron, dijo, en casa de (127c) Pitodoro, fuera de la muralla, en el Cerámico, y hasta allí llegaron Sócrates y otros muchos con él, deseosos de oir el escrito de Zenón, pues entonces habría sido por vez primera introducido por ellos. Sócrates era entonces muy joven[2]. Conque a éstos se lo leyó Zenón mismo, pero Parménides estaba entonces fuera. Y era ya muy poco lo que de los decires quedaba por leer, decía Pitodoro[3], cuando (127d) de fuera llegaron él mismo y con él Parménides y Aristóteles, el que llegó a ser de los Treinta, y todavía oyeron un poco del escrito. No fue por cierto su caso, que ya antes había oído a Zenón.



[1] Siendo en griego la oración precedente literalmente algo como “Dijo, pues, Antifonte decir Pitodoro [ac.] que llegaron una vez...” (en cursiva, construcción de acusativo con infinitivo, normal con verbos de decir), aquella a la que se refiere esta nota la habríamos de representar, por la misma convención, como “Parménides [ac.], pues, ser ya de avanzada edad”, igualmente en construcción de acusativo con infinitivo; así, el “que” de “que Parménides” ha de situarse, no al nivel del de “que llegaron”, sino del de “que decía Pitodoro”, como si Antifonte hablara directamente de lo sucedido cincuenta o sesenta años antes.
[2] Dado que Sócrates nació en 469 y las Grandes Panateneas tenían lugar cada cuatro años, puede tratarse de las que se celebraron en 449.
[3] Literalemente “decía” (éphe), no “decir” (phánai), y “Pitodoro” en nominativo: ahora es Céfalo el que se refiere directamente al decir de Pitodoro.

(Trad. filos. gr.) Traducción de la introducción al "Parménides" de Platón

126a)  Cuando a Atenas llegamos de nuestra patria, Clazómenas, en el ágora encontramos a Adimanto y a Glaucón[1]. Y dijo Adimanto, dándome la mano:
–Bienvenido, Céfalo[2]; si algo te hace falta que de nosotros dependa, dilo.
–Pues por eso mismo estoy aquí –dije yo–, para pediros algo.
–No tienes más que decir de qué se trata –dijo.
(126b)  Y dije yo: –El hermano vuestro por parte de madre ¿cómo se llamaba?[3] No me puedo acordar. Era casi un niño cuando la otra vez estuve aquí viniendo de Clazómenas, y hace ya mucho tiempo de eso. Porque el padre se llamaba, creo, Pirilampes[4].
–Así es, y él Antifonte –dijo–. Pero ¿por qué lo preguntas?
–Éstos –dije yo– son compatriotas míos, muy amigos de filosofías, y han oído que este Antifonte tuvo muchos encuentros con cierto Pitodoro, seguidor de Zenón[5], (126c) y los decires con los que un día dialogaron Sócrates, Zenón y Parménides[6], los ha oído muchas veces de Pitodoro y los sabe de memoria.
–Es verdad –dijo.
–Pues ésos son los que pedimos escuchar –dije yo.
–Ninguna dificultad hay –dijo–, pues de muchacho los estudió mucho, aunque, lo que es ahora, como su abuelo del mismo nombre, a lo que sobre todo se dedica es a los caballos. Pero, si quieres, vayamos a verlo. Pues ahora mismo se ha ido de aquí a su casa, y vive aquí cerca, en Mélita.
127a)  Dicho esto nos pusimos en camino, y encontramos a Antifonte en su casa, entregando al herrero un freno a reparar. En cuanto estuvo libre y sus hermanos le dijeron a qué veníamos, me reconoció de la precedente visita y me saludó, y al pedirle nosotros que expusiera los decires, al principio se resistía, porque era según decía mucho quehacer, pero luego accedió a referirlos.


[1] Hermanos mayores de Platón, principales interlocutores de Sócrates en la “República”.
[2] El nombre Céfalo hace pensar en el personaje en casa del cual tiene lugar el diálogo de la “República”, pero se trata de otro.
[3] Perictione tuvo de Aristón a Adimanto, Glaucón, Platón (hacia 428/7 a.C.) y Potone.
[4] Nacido hacia 480 a.C., segundo marido de Perictione. Se le pierde la pista a partir del momento en que, en 425, es herido en Delión y cae prisionero de los beocios.
[5] Pitodoro se hizo “sabio y reputado” tras seguir con Zenón un curso de estudios de cien minas (Alc. I 119a); arconte en 432/1, estratego en 426/5. A Zenón Aristóteles lo presenta en un diálogo perdido como “el primer descubridor” de la dialéctica o arte del diálogo (29 A10 y A1 DK).
[6] A su encuentro con Parménides se refiere Sócrates en Teet. 183e, Sof. 217c.

sábado, 20 de mayo de 2017

(Leng.) El “lenguaje inclusivo” de ciertos políticos, estudiado en una entrevista de prensa

El País, 19 de mayo de 2017, páginas 16 y 17: entrevista con una relevante política de uno de los partidos más votados del régimen, cuyas respuestas será instructivo examinar atendiendo al uso que en ellas se haga, en competencia con el lenguaje común y corriente, de ese que llaman “lenguaje inclusivo”. En ellas nos fijaremos, pues, en las palabras que, por referirse a conjuntos de personas integrados por hombres y mujeres –y hacerlo bajo la forma de referencia a sus elementos integrantes–, sean susceptibles de adoptar la forma de ese “lenguaje inclusivo”.
Pues bien: lo llamativo es que de un total de 24 apariciones que en su discurso hacen palabras que reúnen esas condiciones, nada menos que 22 –se trata, por orden de aparición, de “los militantes”, “los electores”, “muchos compañeros”, “los
ciudadanos”, “algunos”, “los militantes”, “los líderes”, “los militantes”, “los líderes”,
“nosotros”, “muchos”, “[lo vamos a hacer] unidos”, “los ciudadanos”, “los socialistas”, “los ciudadanos”, “los ciudadanos”, “los socialistas”, “los ciudadanos”, “los socialistas”, “los ciudadanos”, “el conjunto de ciudadanos” y “algunos”– son ejercicio de lo que los propugnadores del “lenguaje inclusivo” consideran lenguaje patriarcal, machista o –la propia designación del otro como “inclusivo” lo está tácitamente diciendo– exclusivo, excluyente.
                                                                                (Debería continuar.)

sábado, 13 de mayo de 2017

Aviso

Se han hecho algunas correcciones sobre la entrada de ayer, "La verdad sobre el llamado lenguaje inclusivo o antipatriarcal".
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viernes, 12 de mayo de 2017

(Leng.) La verdad sobre el llamado lenguaje inclusivo o antipatriarcal


Experimento 1. Nos habla Santiago de una situación que comparte con Juana: “Al ejercer de procuradores en Alcalá, somos como alcalaínos”. Pero, tratándose de él, que tanto propugna el lenguaje inclusivo, ¿no deberia haber dicho “Al ejercer de procurador y procuradora en Alcalá, somos como alcalaíno y alcalaína”?

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Experimento 2. A mi mujer, que es libra, iba a decirle que los dos somos libra, pero me corrijo y le digo: “¡Los dos y las dos somos libra!”.

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Experimento 3. “¿Quieres que salgamos a dar una vuelta por el campo los dos juntos?”, me dice mi mujer. “¡Mira que eres patriarcal!”, le contesto, “¡será los dos juntos y las dos juntas!”

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Experimento 4. Me dice mi mujer que Rafa y Mari nadan “cada uno por su lado” y de nuevo le tengo que corregir: “¡Será cada uno y cada una por su lado!” (¿o no será más bien cada uno por su lado y cada una por el suyo?).

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Autodenuncia. Leo, por ejemplo, en El Viejo Topo: “El lector/a no puesto en esta materia, el firmante entre ellos por supuesto, debería …”, etcétera. Muy bien, pero el autor no se da cuenta de que en tan breve tramo no menos de tres cosas –el artículo “el” para "lector/a", el género del adjetivo "puesto" con que ha determinado ese sustantivo, el género del pronombre (indirectamente también referido a "lector/a") “ellos”– echan a perder el trabajo que se ha tomado en escribir lo de “lector/a” y lo ponen en evidencia como un caso más de... hacer la pamema.

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La discriminación gratuita. El lenguaje inclusivo se parece a lo que contestaba el pastor de aquel chiste de Eugenio a cada pregunta que sobre sus ovejas le hacían: “¿cuáles: las blancas o las negras?”, para, después de esa solicitud de precisión, dar una misma respuesta en los dos casos: Tan poco sentido tiene y tan tonto es (tan arbitrario es) decir "los vecinos y las vecinas" como decir "las ovejas blancas y las ovejas negras” no habiéndolas de más colores. Y lo mismo que “arbitrario” podríamos decir “ocioso”, pero ¿de qué ocio hablamos? ¿Hay alguna holgura en ese apremio? La falta de motivos, la arbitrariedad, se ha de soportar aquí como imposición. Y que hay aquí soportar, que hay aquí aguante y es esto una carga, está bien claro desde el momento en que frases como “los vecinos y las vecinas” nunca o casi nunca ocurren cuando los hablantes se saben relativamente a solas, en privado (¿podéis imaginarlas en una conversación entre dos, especialmente si entre esos dos hay alguna confianza?). Hasta los más entusiastas defensores del machaconeo de los dos sexos lo dejan caer sin darse cuenta a la primera oportunidad que encuentran, como quien se afloja un corsé que no le deja respirar.

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¿Y si las hay de más colores? A la razón precedente podría objetarse que, si hubiera más colores, sí sería pertinente especificar “las blancas y las negras”, y que precisamente sí hay más sexos que el masculino y el femenino, o puede haberlos. La observación es pertinente: Para no excluir a nadie, deberemos decir algo así como “he ido a una reunión de vecinos, de vecinas, de individuos vecinales neutros, de individuos vecinales ambiguos, de hermafroditas, de cualesquiera otros individuos vecinales que de sexo aún no identificado por la ciencia pudiera allí acaso haber...”. O renunciar ya, por fin, a enumerar las opciones de una dimensión que, al fin y al cabo, precisamente estamos diciendo que es irrelevante.

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La razón del lenguaje sexistiñoño. Ya hacía mucho que nos venía dando malagana ese modo de hablar obsesionado por los sexos que hará cosa de treinta o cuarenta años empezaron a usar los más creyentes de los "progres" (también en esto los primeros en plegarse a los vientos con que sopla lo único que de verdad progresa y el único sujeto que va quedando, el Capital), pero que (como en efecto sólo sirve al sistema establecido) enseguida vinieron a adoptar entusiasmados hasta los más sumisos políticos del régimen, con televisión, radio, prensa y demás medios de distracción de masas por añadidura, hasta convertir la manera común y corriente de hablar en algo por lo que hay que pedir perdón: Mientras la gente normal va, por ejemplo, a una asamblea de socios, ¿por qué nos tienen ellos que decir que han participado en una asamblea de socios y socias? Muchos esfuerzos dedicamos a indagar la razón de tan fastidiosa manía, largas noches de insomnio se nos fueron en el empeño, pero hoy, por fin, nos complacemos en anunciar, y con cierto íntimo orgullo, que la hemos desentrañado: Dicen eso porque, a diferencia de la gente normal, que, si cantan, oye a los pájaros cantar, si tiene uno, compra comida para perros, o, si lo cree necesario, pone una trampa a los ratones..., ellos compran comida para perros y perras, ponen trampas para ratones y ratonas, oyen cantar a los pájaros y a las pájaras, y aun se atreven a aplicarse, si a pelo viene, crema anti-insectos-e-insectas.

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jueves, 11 de mayo de 2017

(Int. filos. gr.) Dos observaciones sobre el fragmento 1 de Heráclito

1. Siendo que, como sabemos por Aristóteles y con mayor precisión aún por Sexto Empírico, con él se iniciaba el libro,  no deja de ser sorprendente que el fragmento 1 de Heráclito se inicie como enlace con algo anterior (mediante la partícula δέ: τοῦ δὲ λόγου τοῦδε...: “y el lógos este...”, “y este lógos...”).[1]

2. Lo inmediato sería entender que “este lógos” se refiere al propio decir de Heráclito, al propio libro, y en realidad no hay nada en el fragmento 1 que excluya esta posibilidad: “Y habiendo este decir (λόγος), siempre se muestran los hombres ininteligentes, tanto antes de oirlo como al pronto que lo han oído, pues, produciéndose todo según este decir (λόγος), semejan a inexpertos, experimentando tanto palabras como obras tales como las que yo expongo, distinguiendo cada una según φσις y poniendo de manifiesto qué es. Pero a los demás hombres les pasa desapercibido cuanto hacen despiertos, del mismo modo que olvidan cuanto dormidos.” Debe observarse que “habiendo (o siendo: ἐόντος) este decir” envuelve también o implica el sentido “siendo verdad”, porque falso es lo que no es lo que pretendía ser, y por lo tanto lo que no es: lo que es es verdad.

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[1] Diano y Serra intentan explicar ese enlace suponiendo que al fragmento precedería un “sello” del estilo de “Heráclito efesio dice lo siguiente:”, pero, como me hace notar Felipe Martínez Marzoa, esto no haría más que agravar el problema, pues semejante sello no sólo no proporcionaría nada con lo que enlazar, sino que daría a lo siguiente un caráctar marcado de comienzo que, ahora sí, haría absurda una partícula de enlace.

(Enseñ.) Reedición de Dos críticas y una añoranza: 3

Aquellas madres antiguas...

–Mamá, quiero pan e higos.
–Hijo mío, eres tonto, e idiota.

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(Enseñ.) Reedición de Dos críticas y una añoranza: 2

Niños del imperio escriben cartas de paz

Han sido unas palabras resaltadas interrumpiendo una columna las que me han hecho reparar en esa página: “«Quizá la humanidad algún día se dé cuenta del dinero desperdiciado en armamento», escribe Iván, de 15 años”. Es la página 20 de las dedicadas a Madrid en El País del sábado 9 de febrero de 2002, ocupada en su totalidad por la crónica o reportaje “Letra infantil contra las guerras del mundo” (“Medio millar de escolares de Fuenlabrada participan en el concurso Cartas por la Paz con misivas y dibujos”). Me ha parecido sospechoso. Me ha parecido que ese despliegue de frases humanitarias en boca de niños era una coartada. No que tal fuera la pretensión del periodista, que de eso me desentiendo, sino que, sin que el periodista se diera cuenta, esa exhibición de humanitarismo tenía, en su funcionamiento social, función de coartada, como si pudiera tranquilizarnos las conciencias, hacer que nos sintiéramos buenos mirando ante las más enormes canalladas para otro lado sólo porque aportamos nuestro granito de arena organizando en Fuenlabrada un concurso de frases bonitas para niños.

Se trata ahora de ver si el examen del texto nos confirma esa intuición o nos la refuta. Pero, ¿cuál es el “texto” en el que buscamos desenmascarar ilusiones y engaños? Desde luego, en primer lugar la propia crónica o reportaje. Pero lo que en ella hace el periodista no es más que celebrar lo escrito por los niños, en cierto modo amplificarlo; su punto de vista viene a confundirse con el de los organizadores del acto. Así, para los lectores del periódico, reportaje y acto aparecen como un continuo. Un elemental precepto de sencillez nos hace suponer que, mientras no se demuestre lo contrario, a los organizadores del acto serán aplicables cosas que sólo podremos constatar en el texto del periodista. Empecemos por el primer párrafo:

Las guerras televisadas meten el miedo en el cuerpo no sólo a los mayores, sino también, lamentablemente, a los más pequeños. Pero ellos no tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, y eso les diferencia de la mayoría de los adultos. Los alumnos de varios colegios de Fuenlabrada han escrito cartas a niños de Estados Unidos y de Afganistán con la misma intensidad y con un único deseo: la paz. Y no es que la obsesión bélica haya despertado en los chavales, de pronto, un afán epistolar. El responsable ha sido el certamen literario Cartas por la Paz, organizado por el Ayuntamiento del municipio.

Reparemos en ese “lamentablemente” de la segunda línea. El periodista lo ha introducido sin que nadie le obligara: hay en él algo de naturaleza untuosa, cierto pringue o falta de distancia que lleva a dar las noticias ya digeridas. (¿Por qué pretende el periodista ser más que un mero notario?, ¿por qué tiene que ponerse en el lugar del otro? Ese rebasar los límites de la función propia lo emborrona todo.) Ante todo, esa falta de distancia hace que el periodista se identifique con aquello que comenta, con “la causa”. A ella es atribuible también el que, como lo más natural del mundo, se sienta autorizado a llamar a los niños “los chavales”. Pues, a diferencia de “niño”, que es un concepto neutro, en boca de un adulto “chaval” trasmite algo así como la sugerencia de un “¡chavaaaal!, menudo sinvergüenza estás tú hecho, ¿eeeeh?”, un tratar al niño como si nos fuera aproblemáticamente próximo y pudiéramos meternos en su mundo sin miramiento por los límites, algo que el niño habrá de percibir como invasión, un simulacro de complicidad bajo el que sólo puede ocultarse desprecio por lo que un niño pueda ser. Inténtese decir la frase entrecomillada sustituyendo “chaval” por “niño” y se verá que no funciona: “niño” no se deja sobornar, “chaval” está ya sobornado: es inevitablemente sobón, paternalista. Los “chavales” son, entonces, los niños hechos cliché y tópico, simplificados, reducidos a una idea apta para adultos, como si no pusieran, ellos, una y otra vez en cuestión el mundo de los adultos: como si el niño cupiera en el adulto.

Con esa reducción paternalista del niño hacen juego ciertas circunstancias del concurso: por lo pronto, el jurado y los premios. El jurado estaba compuesto por “miembros de las asociaciones de padres y técnicos de la Concejalía de Educación del Consistorio”. Pero si los niños participaban en el concurso en calidad de escolares y no de hijos, ¿qué pintan en el jurado los miembros de asociaciones de padres?

La pregunta es deliberadamente ingenua, porque estamos en la época de la “educación integral” y cualquiera que conozca un poco el funcionamiento de las escuelas y los institutos actuales sabe que, como dice Isabel Escudero, ahora los niños viven sometidos a un sistema totalitario (“integral”) en el que no pueden refugiarse de la familia en la escuela ni de la escuela en la familia porque entre las dos se han conchabado para velar por su bien. Asfixiante, maternal conchabamiento que participa también de aquella falta de distancia: en el seno de esa alianza en la que cada una de las dos instancias ha de adoptar el punto de vista de la otra, “alumnos” e “hijos” se han fundido para desaparecer convertidos quizá ya para siempre en “chavales”. Tal vez sea ese conchabamiento el principal agente de paternalismo en el actual tratamiento público de la infancia. Pues respeto por el enigma del niño sólo podía haber cuando escuela y familia eran mutuamente irreductibles: sólo entonces reconocía cada una que se le escapaba algo, algo que quedaba sólo al alcance de la otra: nadie pretendía saber del todo lo que era un niño. Ahora, en cambio, pretenden entre las dos tenerlo por completo conocido. Ahora sí que se han hecho idea de él, y ya nunca lo nombran con palabras distantes, que respeten, como “niño” y “alumno”: siempre dicen “chaval”, o “crío”. Y si el conchabamiento familia-escuela es agente pringoso, agente de violación de límites y colapsamiento de distancias, es porque él mismo es producto del postulado, tan funcional al capitalismo, de que “todo es lo mismo”, la familia que la escuela, el tren que el hospital (“prohibido fumar”), el Estado que El Corte Inglés: es aquel contubernio de “especialistas en tí” dispuestos a tutear y arreglar la vida a todo lo que se les ponga por delante. Es ese postulado lo que ya no permite que se escape nada desconocido: también los niños han de ser algo ya sabido: algo adulto. (Por cierto que el aludido contubernio sólo puede deberse a la creencia en que tenemos el bien absoluto ya conocido: el tabaco es malo y sólo malo, el sexo bueno y sólo bueno, etcétera (no por casualidad el pringue, la búsqueda de complicidad con el lector, ha aparecido en el texto en el preciso momento en que el periodista, sin que nadie lo hubiera puesto en duda, nos proclamaba –”lamentablemente”– que, como nosotros, también él estaba de parte del bien). Así, en esas Asociaciones de Padres metidas en las escuelas, en esos informes que maestros y profesores hacen a papá y mamá sobre el comportamiento del niño, escuela y familia renuncian cada una al único punto de vista que honestamente podrían sostener, el propio (por parcial, imperfecto y relativo que sea el bien que desde él cabe alcanzar), para hacer el bobo tratando de colocarse a ciegas en el punto de vista de la otra instancia. Sólo desde la ideológica, televisiva imposición de un consenso sobre el bien absoluto puede suplirse esa ceguera. Así, la escuela no tiene derecho a suponer que el tabaco sea malo ni el sexo bueno, pues eso le impediría alcanzar el único bien en el que tiene obligación de entender: enseñar. Y es que sobre el bien absoluto nadie sabe nada: todos tenemos intuiciones, presentimientos, pero por eso mismo carecemos de recetas.)

Y así, era un jurado para “chavales”. Y para “chavales” van a ser los premios. En los tiempos en que la enseñanza aún era limpia, eran libros los premios acostumbrados en ocasiones semejantes, en todo caso cosas que, por atractivas para los escolares que quisieran ser, no pretendían tratar a sus destinatarios de otra manera que como alumnos. También aquí habrá un lote de libros en la composición de los premios, pero como estamos en la época de la 
“educación integral”, no nos quedaremos en eso, apuntaremos directamente al 
“niño”, con lo que sólo lograremos alcanzar un cliché. Aceptemos, en efecto, que niño es “el que juega”, “el que no tiene otro interés que jugar”. Veamos cómo recogen esto los otros premios del concurso: Prendas de ropa deportiva, y entradas para un parque de atracciones y un zoo. Es decir: no se ha podido concebir el juego de otro modo que como deporte o diversión planificada. Deporte es juego de adultos. Pero aun dentro del deporte se ha ido a escoger lo más sumiso, lo más sometido a la ley del trabajo. No una pelota, que todavía se dejaría usar de manera inocente, sin reglas previas a las que en el propio juego se vayan inventando, sin tener siquiera muy claro cuándo está uno jugando y cuándo no, sino precisamente ropa deportiva. Pues que unos niños jugaran a la pelota, y aquello siguiera siendo en cierta medida juego infantil, todavía sería posible; pero cuando hacen algo tan previsor y respetuoso con las casillas de los adultos como ponerse ropa especial para jugar, el juego adquiere carácter profesional: es casi trabajo. Entonces da igual todo, porque los niños ya se han rendido y se han dejado convertir en adultos. Algo parecido puede decirse del niño que entra en un parque de atracciones: incapaz de divertirse y jugar él mismo, necesita que lo diviertan, que lo “jueguen” desde fuera. Es un 
niño aburrido, que ha hecho suyo el tiempo muerto de los adultos.

Sin salir del párrafo citado hallamos la extraña afirmación de que los niños “no tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos, y eso les diferencia de la mayoría de los adultos”. ¿Cómo? ¿Serán los adultos los que han de enseñar a los niños a mantener bien distinguidos a “los buenos” y “los malos”? ¡Pero si eso es el maniqueismo infantil, ése que tan presente tienen espectáculos infantiles como el guiñol! Para explicarnos que aquí aparezca como marca de adultez tal vez hayamos de tomar en serio la primera frase: “Las guerras televisadas...”. Tal vez entonces sí, tal vez si por “adultos” entendemos los que se alimentan de la puerilidad televisiva, hayamos de decir que tienen claro quiénes son los buenos y quiénes los malos. Y sin embargo... quizá el niño no quepa en ese adulto pueril que tiene claro (convertido en receta) qué es lo bueno y qué es lo malo. Pues en el niño hay a la vez dos cosas. Una, ese maniqueísmo que en el adulto es signo de puerilidad. Pero también otra cosa muy hermosa y frágil, que en el tránsito a la adultez suele perderse: la capacidad de sorpresa ante las cosas cotidianas. Es, como decía un amigo, el niño que, entrecerrando las manos y volviéndolas a abrir, se queda mirando los pliegues de su palma y... “Mamá: ¿por qué tenemos las manos así?”; es decir: “¡Qué extraño que las tengamos así!”. Y eso, el ser capaz de contemplar –como desde fuera– aquello en lo que siempre ya estamos, lejos de ser puerilidad, es tal vez –los griegos lo llamaban theoría– el más alto saber al que cabe aspirar. Esa contemplación, como referida a algo de lo que nunca salimos, sólo es posible –problemáticamente posible– desde el margen. En cierto modo el niño puede encontrarse en ese margen porque para él todo es todavía nuevo, porque él aún se halla en el umbral. Por eso mismo no está comprometido aún con los sobreentendidos de los adultos. No está todavía sobornado. Es capaz aún de ver, de decir lo que ve. De descubrir que el emperador está desnudo. (Maniqueísmo y capacidad de sorpresa ante las cosas cotidianas apuntan en direcciones contrarias: la primera a un creer que se sabe –no hay peligro de que en el paso a la edad adulta se pierda: lo esencial de ella subsiste en forma de una especie de aburrimiento de fondo–, la segunda a un no saber o no dar aún nada por sabido –sólo ella permite ver–.)

Pero nada importa en ese tinglado el descubrir nada, nada importa la verdad. De otro modo, ¿a qué vendría un “concurso” de cartas, un hacerlas “concurrir” o juntarse todas en el mismo lugar, si cada una tiene su destinatario? ¡Ah, pero es más grave! ¡Sucede que éstas no tenían ninguno! “Querido amigo...”, escribía una chica “a un niño estadounidense sin nombre ni rostro...” Pero ¿es posible decir “querido amigo” a alguien carente de nombre y de rostro sin que ese querer y esa amistad sean una farsa? Y esa farsa, ¿cómo va a tener el efecto de una verdadera experiencia? Con razón escribe el periodista en su primer párrafo: “Y no es que la obsesión bélica haya despertado en los chavales, de pronto, un afán epistolar. El responsable ha sido el certamen literario Cartas por la Paz, organizado por el Ayuntamiento del municipio”. Pues sólo aquello hubiera sido útil: la espontaneidad... o al menos la verdad. Que a los padres de verdad les importara algo luchar contra las guerras y, sin intermedio del Ayuntamiento ni de instancia de mangoneo alguna, hubieran arrastrado a sus hijos a luchar contra ellas, que eso también sería espontaneidad (tal vez entonces no habría sido tampoco necesariamente imposible que las cartas tuvieran destinatario, que de verdad se pudiera establecer una correspondencia: entonces quizá habría empezado a haber algo contra la guerra en lo que los niños habrían podido tomar parte). Pero los niños ven, en cambio, que sus padres no se preocupan ni mucho ni poco, que siguen repantingados viendo la tele y se contentan con organizar un concursito para niños. Eso es lo que los niños de verdad aprenden: lo que sus padres de verdad hacen. (Ya se va viendo que el concursito de marras es una pamema. Ello se confirma cuando nos enteramos de que, acabado el concurso, lo que se va a hacer con esas “cartas” no es devolverlas a sus autores o tirarlas sencillamente a la papelera, sino “hacerlas llegar” al presidente de Estados Unidos, al presidente del Gobierno y a otras “personas con representatividad institucional, política, económica o cultural”: ¿y qué se supone que esas “personas” harán con ellas?) Pese a lo cual, de creer a los organizadores, el fin se ha cumplido: “hemos conseguido que los chicos reaccionen y se muestren dispuestos a luchar por la justicia social y contra las guerras”, dice una presidenta de Junta de Distrito del PSOE. Un mostrarse que asoma, por ejemplo, en líneas como la siguiente: “Querido amigo, quiero que sepas que yo estoy todos los días esperando a que termine la guerra de Estados Unidos”. Parece darse por supuesto el poder mágico de nuestros deseos y esperanzas, pues si no ¿qué disposición a la lucha va a haber en ese blando “estoy todos los días esperando”? Lo que de hecho los niños están aprendiendo, esa abulia que les transmiten sus padres, puede rastrearse, a poco que uno no lea medio dormido, en la propia redacción de esas “cartas”. En el propio contenido de la cosa se refleja su estructura de farsa, de simulacro. (Son los peligros de la simulación, que, por su poder pegajoso, tiende siempre a trasmitirse de unos niveles a otros y, al final, ¿dónde detenerla? Si es posible que alguien, pese a no tener nombre ni rostro, sea “un amigo”, ¿por qué no va a serlo que esperar todos los días que termine una guerra sea ya luchar contra ella?) Otro de los participantes, una niña de nueve años, escribe: “No sé lo malo que sería vivir sin paz, pero mientras haya niños que creamos en ella habrá esperanza en el mundo, porque los niños somos el futuro y, si luchamos por conseguir la paz, algún día la conseguiremos”. ¿Qué hay ahí? Si hacemos la prueba de sustituir la primera persona en que la niña se expresa por la tercera... (“mientras haya niños que crean en la paz...”), ¿a quién estamos oyendo? Es un adulto prematuro el que ahí habla. Un adulto edificante, con tendencia a verlo todo de color de rosa, como el Cantinflas de Su Excelencia o, sin mucha diferencia, cualquier político en uno de esos discursos en los que, para no molestar a nadie, hay que utilizar palabras vacías: un adulto tal vez especialmente edificante y ñoño, pero un adulto. Pues son los adultos los que creen en el futuro, esos mismos adultos que ven la tele y no hacen nada, esperando quizá que el futuro llegue. Los niños, como mucho, podrían creer lo de aquel personaje de Quino en una tira de Mafalda: “¡Dentro de veinte años mandaremos los chicos!”, imaginándose a la vez, y de modo incoherente, chico y mandando: una imagen incompatible con el tiempo real y con el futuro. Ahí  habría algo de descubrimiento y puesta en duda de certezas cotidianas. ¿Qué necesidad obliga a que quienes más dotados están para percibir la maravilla en las cosas, para asombrarse con lo cotidiano, sean incapaces de valerse socialmente por sí mismos? ¿Por qué no sería posible un mundo en el que dieran la pauta, si no los niños, sí los artistas y los poetas, los sabios? ¿Por qué, aun sin llegar a dar la pauta, han de ser por completo irrelevantes? ¿Por qué para responder a un monumental atentado terrorista ha de ser preciso matar previamente al niño –al sabio– dentro de uno? El niño que habla en la tira de Quino nos confronta con algo de verdadero, porque de verdad es niño, porque habla con un amigo sin pretender nada, libre, y ante todo libre del soborno de los mayores. Por el contrario, los niños de esas “cartas” están de entrada sobornados. Son adultos quienes los han convocado a un juego que no era suyo, quienes les han propuesto premios y enrolado en esa competición. ¿Por arte de qué birlibirloque pensábamos que iban a seguir siendo niños? Y así, dicen que son el futuro. Hablan tan bien el lenguaje de los adultos que empezamos a creerlos: sí, tal vez un día ellos también, un día también ellos, cuando bombardeen aldeas y hospitales siguiendo las consignas de cualquier iluminado cazador de terroristas, podrán recordar el día en que, de niños, escribieron frases bonitas, y se sentirán en el fondo buenos, y tendrán la confortable certeza de que, con sólo que el mundo pudiera ser de otra manera, ellos tampoco estarían allá arriba pulsando la palanquita, y seguirán haciéndolo ya con la conciencia tranquila... Parece confirmarse nuestra hipótesis inicial: ese concurso tiene socialmente función de coartada.
Un niño de nueve años “no tenía dudas”, dice el periodista, “sobre el destino que daría a Bin Laden”: “Espero que muera”. Es decir: algo así como el “¡Toma, toma, toma y toma!” del guiñol, pero mucho más siniestro, como referido que está a una persona real, con nombre y apellidos: el maniqueísmo inocente de los niños pequeños que chillan ante los muñecos del guiñol está aquí convirtiéndose en el fariseísmo con buena conciencia de la mayoría silenciosa. ¿Qué se ha hecho de aquel no saber quiénes son los buenos y quiénes los malos que, según el periodista, caracterizaba a los niños y que el concurso debería haber sabido al menos preservar? Que, al contrario, se ha aplicado a ahogarlo. 
“Y, sin embargo”, continúa el periodista, “sus palabras traslucían algo distinto, un canto al diálogo”: “Si yo fuese el amo del mundo, pediría a los jefes de todos los países que no hubiese guerras, que los niños no se peleasen y que les enseñasen a razonar y a dialogar antes de empezar una pelea”. Este niño va para presidente de Estados Unidos, ya se ve. No nos extraña el entusiasmo de los organizadores. “Ya sé que lo estaréis pasando muy mal en ese país”, escribe una niña de 11 años, “con la guerra, las muertes y la tragedia”. Es la facilidad con que actualmente lo sabemos todo, por la tele: un saberlo todo que es no hacerse cargo de nada. Sigue la niña: “Aquí también hay gente mala y se llama ETA, y esos ponen bombas en los coches y matan a la gente”. Nada más tranquilizador: si la “gente mala” es ETA, entonces es que nosotros somos buenos. Sigue la misma niña: “¿Alguien responderá a mi carta? Creo que no quiero que me responda nadie, porque seguro que me van a contar cosas muy feas”. De nuevo el contenido de la “carta” refleja la estructura del propio acto en el que se produce: la falacia de esas cartas que no lo son porque ningún destinatario va a leerlas se ha traducido en una ficción, y esa niña juega a que no quiere que nadie le responda porque le contarían “cosas muy feas”. Y lo que dentro de esa ficción hallamos –no querer oir, cobardía, mirar para otro lado– nos lo quieren vender organizadores y periodista como disposición a luchar, valentía. De nuevo, nada de extraño tiene descubrir en el propio contenido de las “cartas” ese rasgo hipócrita que en todo el montaje íbamos sordamente percibiendo.

Podríamos pensar que los organizadores de este tinglado no eran la perspicacia personificada. Pero ¿qué más da? Las cosas del poder funcionan solas, y así, los organizadores da igual qué creyeran estar haciendo: de hecho servían al poder, a la rutina, al encubrimiento y la muerte, y lo servían bastante bien. Pues normalmente los “malos” no son tan “malos”: tienen, como aquí se ve, buenas intenciones. Incluso el iluminado cazador de terroristas no hay por qué pensar que vaya a ser muy distinto. Sin ir más lejos, ya hemos visto cómo en uno de los participantes se insinuaba.

Podríamos formular así la coartada que tras el concurso de marras descubríamos: “no dejamos de bombardear aldeas y hospitales, pero nuestros niños piden que hechos así no se repitan escribiendo unas cartas muy bonitas”. Y nuestro postulado inicial (entre concurso y noticia no hay diferencia relevante) se ve ahora retrospectivamente apoyado por la observación de que también en el contexto del periódico parece la noticia tener función de coartada. En efecto, bastó que el iluminado cazador de terroristas diera la consigna de la “guerra contra el terrorismo” para que ese mismo periódico “progre” que ahora nos adorna esta página con frases bonitas, pasara, con la mayor inocencia y desfachatez, a enmarcar lo relativo a las guerras que el iluminado en cuestión promovía bajo el epígrafe “GUERRA CONTRA EL TERRORISMO”: así mostraba de parte de quién y de parte de qué estaba. Tanto más pertinente se nos aparece ahora nuestra anterior mención del Cantinflas de Su Excelencia, pues la figura del político edificante, que continuamente despeja pelotas hacia el cielo de la abstracción (“la humanidad”, “el futuro”, “el progreso”, “la historia”), y que asoma en el contenido de esas “cartas” escritas por niños que intentan complacer a los mayores, se reconoce también en la propaganda con que el iluminado justifica sus guerras: ¿cómo hablar en serio, fuera de un cómic para niños, de una guerra “contra el terrorismo”? En principio, decir “guerra contra el terrorismo” es como decir “guerra contra el cáncer”, “guerra a la pobreza” o “guerra a la droga”: tales “guerras” sólo pueden ser metafóricas porque tienen por objeto abstracciones. Promover de verdad, con misiles y bombas, una guerra contra el terrorismo es tan delirante como emprenderla a tiros con el cáncer (los terroristas serán, como máximo, una banda más o menos grande, mientras que la guerra se dirige contra un país). Pero nada es demasiado delirante para quien nos habla, por ejemplo, de “el eje del mal”: el Emperador –y tras él los ciudadanos de la potencia imperial en su mayoría, los políticos y periodistas del imperio en su totalidad– tiene el nivel intelectual de un espectador de guiñol.

Parece, pues, que estos niños no han logrado poner en evidencia al Emperador iluminado. ¿Cómo iban a lograrlo en el estado al que la pamema les reducía? Estado que –dado que ellos funcionan en el tinglado de acuerdo con el papel que en él les dan los adultos– podemos rastrear en la actitud que hacia ellos manifiesta el periodista: tendencia a asombrarse, o hacer como que se asombra, ante la más mínima prueba de inteligencia o dominio del lenguaje que en los niños constata (“...escribió Laura de un tirón”, “ella misma encontró la respuesta al minuto”). Cuando ha matado uno al niño que lleva dentro, los niños le son extraños, y sólo como un bárbaro puede asomarse a su mundo. Por eso no puede alegrarse con ellos ni encontrarles gracia: las excelencias que les encuentre serán, por así decir, de nuevo rico: en parte imaginarias, en parte cuantitativas: cosas como “escribir de un tirón” o “encontrar la respuesta al minuto”. Y bajo esa presunción de idiocia, ¿cómo van los niños a descubrir nada? Por otra parte, esas pruebas de inteligencia o dominio del lenguaje que tanto se valoran en ellos apuntan siempre en la misma dirección: “no tenía dudas sobre el destino que daría a Bin Laden”, “sugirió [...] con seguridad”, “sentenció después”, “encontró la respuesta al minuto”: por todas partes ausencia de dudas, seguridad, sentencias, respuestas expeditas. Qué miedo que los niños pudieran tal vez dudar, sorprenderse todavía. Qué miedo que de verdad pudieran ser niños y fueran tal vez a descubrir algo. Qué alivio ver que vienen ya, como el cazador de terroristas, ellos también, iluminados.

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