jueves, 9 de junio de 2016

(Int. filos. gr.) La inmortalidad del alma según el juego de Sócrates en el “Fedón”

(Capítulo 4 de Aún no. Interpretaciones sobre Platón;
los capítulos anteriores se publicaron como entradas los días 18, 23 y 26 de mayo..)

Como en el capítulo precedente, partiremos de que una cabal lectura del relato que Fedón hace a sus oyentes fleasios sólo puede entenderse sobre el fondo de la “Apología de Sócrates” platónica. Esto quedará a su vez como fondo; a lo que ahora iremos es a mostrar que en el “Fedón” la demostración de la inmortalidad del alma tiene lugar dentro de un juego de Sócrates, juego que se anuncia en una coda irónica a la exhortación contra la misología.

4.1. Se anuncia el juego de Sócrates


Todo empieza –recuérdese– cuando las objeciones de Simias y Cebes arrojan a los amigos de Sócrates en el desencanto respecto a la tesis de la inmortalidad del alma y en la desmoralización con respecto al propio dialégesthai, la “misología”. Sócrates propone entonces la tarea de vencer “el decir de Simias y Cebes”, “pero primero” conjurar el peligro de misología, que según él es el mayor mal que puede pasarle a uno, y –comentemos– es claro por qué: siendo así que en la búsqueda de un decir verdadero y “sano” (en el dialégesthai) se cifra la pugna por llegar a estar “sano” (es decir: a ser bueno, a tener areté) uno mismo, dejar caer esa búsqueda –que eso es la misología– será privarse uno mismo de la “salud” (la areté, el bien). Toda la exhortación traza la figura del misólogo y de su paradigma el contradictor o antilógico como aquel que acaba (deja caer la búsqueda) antes de acabar; lo único honrado es perseverar, y, así, la exhortación concluye con un enfático “no dejemos entrar en el alma que en los decires es posible que no haya nada sano, sino más bien que somos nosotros los que aún no estamos sanos, y que hay que portarse virilmente y esforzarse por estarlo, [vosotros] por mor de toda la vida futura, yo por mor de la misma muerte”[1]: ni al propio Sócrates en su último día le es lícito dejar caer la búsqueda: si ya no queda vida futura para estar “sano”, por lo menos quedará la muerte. Pues bien: cuando a esa enfática declaración Sócrates hace seguir la afirmación de que él, en la situación presente, va a ser, no filósofo, sino misólogo, con ello inicia lo que se ha llamado “coda irónica”. En ella sólo menciona una diferencia suya con los misólogos: él no se esforzará por que lo que dice les parezca verdad a los presentes, sino por que se lo parezca a él mismo[2]. Pero esa diferencia deja en pie lo esencial, lo que hacía de la misología el mayor de los males: al abandonar la búsqueda, el misólogo se cerraba la posibilidad de alcanzar areté. Pues por lo pronto Sócrates ha dejado caer la búsqueda. En efecto: si su decir ya le pareciera verdadero no necesitaría esforzarse por que se lo pareciera: ese esfuerzo prueba que se deja llevar por algún interés ajeno al limpio examen de los decires: ha dejado caer la búsqueda. Aún más significativo es el cálculo que él se hace: si lo que dice es verdad, bien está dejarse persuadir, y si no lo es y para el que ha acabado no hay nada, por lo menos el tiempo hasta la muerte será menos desagradable a los presentes con sus quejas, y de todos modos su necedad perecerá enseguida[3]. Es el cálculo que ha de hacerse quien, por falta de valor para mirar la muerte cara a cara, se consuela con la imaginación de alguna perduración de la vida tras la muerte, consuelo que, como vamos a ver, es indigno del filósofo, pero además la disculpa de que la eventual necedad no durará mucho, esa cómoda indulgencia en la indiferencia entre sabiduría y necedad, ese asumir en vida lo que sólo a un cadáver podría convenir, como diciendo “yo, total, como si estuviera ya muerto” –el momento presente no cuenta: es lícito cometer en él las mayores bajezas[4]–, es flagrante traición al propósito de “esforzarse por mor de la muerte misma” que se acaba de proclamar. Esa conducta es, pues, en efecto, el mayor de los males. De modo que, en las palabras “así preparado … voy hacia el decir”[5], “así preparado” no puede significar más que “dispuesto a engañarme a mí mismo con tal de no amargarme la vida”. Ciertamente, eso Sócrates no puede decirlo en serio. Pero lo dice. El usual expediente de etiquetarlo de “ironía socrática” y desentenderse de ello incumple la obligación de interpretar en el contexto del diálogo esas palabras, que por algo están ahí y se producen cuando se producen. Veamos: En la decepción de los amigos ante las objeciones de Simias y Cebes, en su toma de partido por la inmortalidad del alma, en vano buscaremos el socrático empeño por alcanzar la “salud” –de otro modo no habrían dejado caer el dialégesthai–: en esa decepción sólo hay anhelo de perduración sin fin, y ceder a él sería crimen de lesa finitud, de lesa mortalidad como necesidad de de-terminación: el más grave que un mortal podría cometer. Si eso es lo que significa la tesis de la inmortalidad del alma, se entiende que Sócrates sólo la demuestre –o finja demostrarla– asumiendo el papel de misólogo. Pero también se entiende que ni ésa puede ser la inmortalidad del alma con la que él se compromete ni es verosímil que, desmintiendo en el último momento toda su vida anterior, Sócrates vaya a dejar caer la búsqueda de la verdad. Lo que en principio tiene lugar en la demostración de la inmortalidad del alma será, pues, algo que en definitiva no se mantiene: un juego: Habrá en ella el “doble fondo” de una conclusión dentro del juego y otra conclusión que sólo percibe quien, al descubrirlo, se sitúa fuera de él. La demostración no será, pues, lo que parece ser, y de ahí que Sócrates encargue a sus amigos que no se preocupen por él sino por la verdad y estén prevenidos, no sea que vaya a la vez a engañarse a sí mismo y a engañarlos a ellos[6].
Pero con esto nos hemos adelantado, pues todavía no hemos visto que el anuncio de juego se refiera a la demostración que comienza en 102b. Por ahora la coda irónica sólo nos ha dicho que la exhortación contra la misología va a ser traicionada –o a eso se va a jugar– por el ataque al decir de Simias y Cebes. Pero ¿dónde está ese ataque? El que, a pesar de que los decires de los dos tebanos vayan a recibir respuesta separada, en un primer momento se escenifique un ataque común a los dos[7], ese detalle un tanto forzado, pone de manifiesto la importancia de mantener la ficción (a esa altura, pues más adelante dejará de serlo) de que verdaderamente se está procediendo contra un decir común a los dos, como literalmente se anunció al comienzo. Pues, dado que los dos objetores sostienen decires en sí mismos incompatibles[8], pero coincidentes en la consecuencia de que el alma es mortal, “el decir de Simias y Cebes” sólo puede ser esa consecuencia, y dirigirse contra él será emprender la demostración de la inmortalidad del alma. En el capítulo precedente hemos visto que es en 102a cuando la misología queda curada[9]: nada más coherente que el que, curada la misología en 102a, Sócrates emprenda esa demostración en 102b. Con lo cual es en ese momento cuando él comienza su juego.

[1] 90d-91a.
[2] 91a6-b1.
[3] 91b1-7.
[4] Con ese rehusar asumir el momento presente como presente tienen que ver las cinco ocurrencias de formas del participio presente parón, “presente”, que en ese pasaje se le escapan a Sócrates (91a1, a5, a6, a7, b5).
[5] 91b7-8.
[6] 91b8-c5.
[7] 91a6-92a5.
[8] Lo señala Cebes en 87a5 ss.
[9] En rigor hasta ese punto se extiende el tratamiento de la misología: La autobiografía de Sócrates (96a1-102a1), modelo viviente de adhesión al lógos, es por derecho propio parte de él; en cuanto a la respuesta a Simias, su definición del alma como bella y mesurada mezcla de los elementos del cuerpo (86b6-c2) supone identificarla con la salud (cf. Bq. 188a1-5), por lo que debe consecuentemente llevarle a la misológica consecuencia de que “ya estamos sanos”; a ello corresponde en la respuesta el tramo 93e-94b, pero de hecho toda ella acaba remitiéndose a esa actitud de andreía y tlemosýne, de rehusarse a todo desánimo, cuyo paradigma mítico es Odiseo (94d-e).

*

4.2. La demostración como juego


El juego que se anunciaba en la coda irónica era el de la traición a la exhortación contra la misología, pero aquella misología ha llegado entre tanto a curarse. Por eso la demostración jugará a traicionar esa curación. Esa curación estribaba en la asunción de “el decir más robusto”, esto es, en mandar a paseo las causas sabias o sutiles[1] y establecer como única causa asumible por el filósofo la que podemos llamar “causa ingenua”[2] (“lo X es X por el ser X”). Así, habremos de esperar que la demostración empiece por atenerse a la causa ingenua para luego traicionarla, y de tal modo que en esa traición haya alguna señal de distanciamiento que permita interpretarla como juego. Por otra parte, la asunción de la causa ingenua en que se cifra el rechazo de la misología ha acabado formulándose como rechazo de un embrollarse dialogando a la vez sobre el principio y lo que resulta de él:

... y no te embrollarías a la vez, como los contradictores (háma dè ouk àn phýroio hósper oi antilogikoí), dialogando sobre el principio (perí te tês arkhês dialegómenos) y lo que resulta de él (kaì tôn ex ekeínes hormeménon), si es que quisieras descubrir algo de lo del ser (éiper boúloió ti tôn ónton heureîn). Porque ellos sobre eso quizá no tienen ni una cuenta ni preocupación, (101e1-5) etcétera.

Y parece que en ese contexto las palabras “el principio” y “lo que resulta de él” pueden interpretarse como referidas, respectivamente, al eîdos del caso y a las cosas que participan de él: Lo que harían los contradictores es confundir el plano del eîdos con el de las cosas, no distinguir suficientemente los dos lados, proceder, por cierto, muy característico de tales personajes[3], y que supone, confundido con una cosa, dejar caer el eîdos como tal: abandonar la asunción de la causa ingenua. Es esa confusión lo que a todo trance hay que evitar si la misología ha de curarse, y nada más pertinente, por ello, que el que, al introducir la demostración, Fedón recuerde que las cosas “obtienen su designación” del eîdos (102b2): pertinente como advertencia contra equívocos verbales. Examinemos ya la demostración (102b3-107a1) a partir de nuestra hipótesis.
Comienza Sócrates observando que, si Simias es más grande que Sócrates pero más pequeño que Fedón, es porque están en él tanto la grandeza como la pequeñez (102b3-6): lo X es X por el ser X: asunción de la causa ingenua. Y su primer movimiento se dirige a cuidarse de caer víctima de la literalidad de las palabras: el que Simias sobrepase en altura a Sócrates “así como literalmente (toîs rhémasi) se dice no es en verdad”[4]. Pues bien: Bastará un ligero exceso de celo en ese cuidado para que el movimiento dirigido al abandono de la causa ingenua, el eîdos, esté iniciado ya: ello se produce cuando el hecho de que un hombre se vea sobrepasado en tamaño por otro, etcétera, se formula, con cuidadoso descuido, diciendo que “la pequeñez” del uno se ve sobrepasada por “la grandeza” del otro, etcétera[5]. Es decir: empezamos a hablar de cosas (un hombre, otro), como si se tratara de eíde, con lo cual también a esos eíde, al decir de ellos lo que puede decirse de cosas, los estamos tratando como cosas: “nos embrollamos dialogando a la vez sobre el principio y lo que se deriva de él”. Y, como por casualidad, en este punto reconoce Sócrates un cierto juego, y ello por partida doble: 1) Sonriendo, deja caer que va a hablar como un libro[6], respecto a lo cual, aparte del papel que, ya desde la decepción con el libro de Anaxágoras, ha jugado el elemento de la letra en relación con la asunción de la causa ingenua[7], remitirse a él cuando de lo que se trata es de no confundir dos lados que forzosamente han de designarse con las mismas palabras y las mismas letras no puede sino suscitar sospechas. 2) Y deja caer también que va a querer que a su interlocutor le parezca como a él[8], respecto a lo cual debe considerarse que nunca en un verdadero dialégesthai tiene el maestro del diálogo, respecto a los pareceres del otro, ningún “querer” particular: se trata siempre de que el acuerdo sea reconocimiento impersonal de lo que en el diálogo se muestra; dentro del juego anunciado, en cambio, tienen esas palabras todo su sentido: Sócrates va a conducirse como un antilogikós, cuya conducta se ha descrito como un no preocuparse por las cosas de las que se discute, sino sólo por que a los presentes les parezca como uno dice[9]. Y ¿qué es lo que Sócrates quiere que a su interlocutor le parezca como a él? Nada menos que la aprobación de una maniobra que viene, por así decir, a sancionar ese embrollo que hasta ahora apenas estaba asomando:

... Porque a mí me parece no sólo que la grandeza misma (autò tò mégethos) no consiente nunca ser a la vez grande y pequeña, sino también que la grandeza en nosotros (tò ên hemîn mégethos) nunca admite la pequeñez ni consiente verse sobrepasada, sino que, una de dos, o huye y cede el terreno (è pheúgein kaì hypekkhoreîn) cuando │ avanza sobre ella lo contrario, la pequeñez, o (è), cuando aquélla ha completado su avance, ha perecido (apololénai), pero no consiente permanecer y admitir la pequeñez y ser así otra cosa que la que era. Como por ejemplo, yo, al admitir y soportar la pequeñez y seguir siendo el que soy, siendo ése, el mismo, soy pequeño, mientras que aquello no tiene el atrevimiento de, siendo grande, ser pequeño. Y de ese mismo modo tampoco la pequeñez que hay en nosotros (tò smikròn tò en hemîn) consiente nunca hacerse grande ni serlo, ni ningún otro de los contrarios, siendo aún lo que era, a la vez hacerse y ser lo contrario, │sino que o se marcha o perece (étoi aperkhetai è apóllytai) en ese trance. (102d6-103a2)

Es la instauración del ambiguo nivel de los “eíde en nosotros”, extraordinarias entidades para las que ya no rige la única manera de hablar que de algún modo permite distinguir entre cosas y eíde (cuando de una cosa huye el eîdos caballo es que el caballo muere: el eîdos huye, la cosa perece), pues de ellos tanto cabe decir que huyen como que perecen: sin dejar de ser eíde, son cosas. Y es en ese nivel hecho para el embrollo en el que la argumentación se mueve en adelante, con la única salvedad de que, como se trata de demostrar, no que la vida es inmortal, sino que lo es el alma, la confusión ya lograda para eíde ha de extenderse a “otras cosas”. En esa dirección Sócrates considera primero ejemplos como nieve y fuego (no sólo la calidez, sino también el fuego, al venírsele encima la frialdad, “huye o perece”[10]), pero hace notar que “con lo siguiente será tal vez más claro”[11], y entonces ya no se trata de “cualidades sensibles” sino de números (no sólo “non”, tampoco el tres tolera hacerse par). Sólo entonces se detiene para proponer algo al parecer muy importante y de realización nada obvia[12]: determinar cuáles son esas otras cosas que, no siendo los eíde contrarios, no toleran el avance de los contrarios. Se adelanta a renglón seguido una solución[13], pero, en primer lugar, está formulada en una sintaxis ambigua: ¿se está hablando de “aquellas cosas que a lo que ocupan no sólo lo obligan...” o de “aquellas cosas que lo que las ocupa no sólo las obliga...”?, ¿se habla de eíde o se habla de cosas?; en segundo lugar, cuando Cebes no entiende, la única explicación que se le ofrece es un ejemplo (de nuevo el del tres[14]), en el que eso mismo que antes quedaba oculto bajo la sintaxis ambigua queda ahora igualmente oculto bajo la indeterminación del pronombre tò toioûton, “algo de ese tipo”[15], que tanto puede referirse a la idéa de tres como a lo que ella ocupe; Cebes puede apoyarse en el ejemplo (¿no es claro que tres nunca será par?) para tener la sensación de entender la conclusión que se le propone: anártios ára he triás (104e5), “luego in-par es el carácter de tres”, pero, en tercer lugar, anártios es una palabra acuñada ad hoc[16]: ¿qué se nos quiere decir con ella? No olvidemos que desde que Sócrates anunció que quizá iba a engañar a sus amigos, se ve obligado a moverse a la vez a dos niveles, por un lado jugando a ser antilógico que engaña, por otro denunciando el engaño, como el filósofo que es, en la seriedad que hay tras ese juego. Y así, los tres puntos que hemos resaltado nos dan a entender que la determinación de esas “otras cosas” es doble, tiene dos versiones. Ello nos incita a preguntar: ¿a qué es a lo que no alcanzará nunca el carácter contrario a aquél que un eîdos presta a una cosa: a ese eîdos o a la cosa? Y es aquí donde ejemplos como el tres hacen valer su carácter ya no “más claro” que los ejemplos de cualidades “sensibles”, sino verdaderamente diáfano, pues, precisamente porque permiten formular la confusión, permiten detectarla. Y es que un eîdos no puede estar caliente ni frío, pero ciertamente es “un” eîdos: los numerales sí se pueden aplicar a los eíde. Así, la idéa de tres presta a las cosas el carácter de non, y lo mismo la de cinco, pero la idéa de tres y la de cinco son un par de idéai; la idéa de dos presta a las cosas el carácter de dos, pero ella misma es una. El carácter que una idéa presta a las cosas no tiene por qué serle atribuible a ella misma –hacerlo sería confundir el principio con lo que resulta de él–, y por ello no hay razón alguna para excluir de antemano que le sea atribuible el carácter contrario. Así pues, tanto tres como nones son las cosas de las que el tres, la idéa de tres, se apodere: cuando Sócrates dice “luego a tres (tà tría) no puede alcanzarle el carácter de par”[17], eso sólo está válidamente inferido si tà tría se refiere a cosas, a esos tres de ahí (en el respecto en el que resulten ser tres y mientras lo sigan siendo). El hecho de que cuando el sujeto es inequívocamente el carácter de tres, he triás, el predicado sea una acuñación ad hoc, que por eso mismo nos permitiremos escribir con un guión separando los dos elementos que en ella por primera vez se juntan, an-ártios, nos autoriza a atribuirle el sentido que, siendo compatible con su wortbildung, haga del razonamiento una inferencia válida: Un eîdos será an-ártios cuando a aquello de lo que se apodera lo preserva, mientras lo tiene en su poder, de verse alcanzado por el eîdos o idéa de tò ártion, el carácter de par. Que el tres es, digamos, “in-par”, o bien es irrelevante en el contexto y sólo puede inferirse falazmente, o significa que aquello de lo que el tres se apodere será non. Es decir: si las palabras “par” y “non” las empleamos con el sentido en que pueden referirse a cosas[18], entonces lo que se ha demostrado es que el tres es imparidad, nonez. Ya vemos, pues, que Sócrates pone los medios para que el doble fondo de lo que está diciendo, el juego que se trae, sea perceptible. Pero no por eso rompe el juego. Así, la introducción del ejemplo del tres sólo lleva a concluir que es he triás, lo ocupante, lo que no consiente ser en número par[19], y en análogo sentido va la correspondiente formulación general[20]. A facilitar el cambiazo contribuye el que Sócrates, como un prestidigitador, distraiga la atención de Cebes con la multiplicación de los ejemplos (“no es malo oírlo muchas veces”[21]), como si con la variedad se pudiera suplir aquello que falta: nitidez en la consideración aunque sólo fuera de un único caso.
Sólo falta ya aplicar el esquema al caso del alma[22] y deducir que, como el alma trae consigo vida, no puede admitir la muerte, de modo que es inmortal. Pero tampoco aquí deja de haber señales del juego: están en el paso, aparentemente supérfluo, que justifica la transición de “no admite la muerte” a “es inmortal”, y que si tenemos presente el párrafo precedente ya no nos puede extrañar que consista en apelar antes que nada –como el primero de varios ejemplos– a la inferencia por la que se ha llegado a aplicar a algo la acuñación ad hoc “in-par” (an-ártios):

            Entonces, ¿qué?, a lo que no admite la figura de par, ¿qué nombre le dábamos ahora mismo (tí nyndè onomázomen)?
              In-par (An-ártion), dijo. (105d13-15)

            Sobre ese modelo se puede decir ahora:

... Y lo que no admite la muerte, ¿cómo lo llamamos (tí kaloûmen)?
            In-mortal (A-thánaton), dijo. (105e2-3),

lo cual equivale a extender al alma y la inmortalidad todas las reservas y salvedades que había que hacer en el caso del tres y el impar, salvedades a las que están guardando el sitio tanto la propia ocurrencia de la acuñación ad hoc como la repetida alusión al onomázein, al kaleîn: verdaderamente todo gira aquí alrededor del modo como llamamos a las cosas, de la manera como las ligamos con las palabras. En principio la conclusión es que el alma es inmortal en el sentido de que no admite la muerte; el paralelismo con el caso del tres muestra, en cambio, que la única conclusión legítima es que el alma hace que aquello que ella ocupa, el cuerpo que la tiene, rechace la muerte. Así, el alma sólo es athánaton si por tal se entiende “imposibilidad de estar muerto”; al hacer de ello “inmortal”, Sócrates sustituye el principio por lo que se deriva de él: abandona la causa ingenua.
Ahora bien: tenemos alguna prueba de que es consciente de lo que está haciendo? La tenemos en unas líneas que nos hemos saltado, y el mismo hecho de que nos las hayamos podido saltar sin que el razonamiento que les sigue se vea por ello afectado suscita la pregunta: esas líneas ¿qué objeto tienen? Se trata de que Sócrates sólo va a preguntar qué ha de producirse en un cuerpo para que esté vivo tras haber instruido a su interlocutor[23] para que no dé la respuesta “ignorante”, es decir, la que responde con la causa ingenua, sino una “más sutil”. Se trata, pues, en completo acuerdo con nuestra interpretación, de una traición a la causa ingenua, y sólo por esa traición a la causa ingenua puede Sócrates obtener como respuesta, en vez de “vida”, “un alma”. Esa instrucción, con la que la interpretación habitual no sabe muy bien que hacer, está, pues, perfectamente en su sitio.
En la mísma línea de denuncia del abandono de la causa ingenua: En el pasaje en el que se está recogiendo el resultado de la demostración, en el trance de poner ejemplos de inmortalidad, junto al ejemplo del dios Sócrates sólo sabe aducir el de “el eîdos mismo de la vida”[24]: ¿a qué viene ahí la aparición, junto a eîdos, de la marca “mismo”? Su sentido será obvio si recordamos que en lo precedente[25] llegó a hablarse, junto a los eíde “mismos”, de eíde “en nosotros”: significa que como ejemplo de inmortal se excluye el de “el eîdos de la vida en nosotros”; es decir: precisamente aquello cuyo lugar en el razonamiento precedente ha tomado el alma, eso se excluye como inmortal. Resultado tal vez decepcionante, pero que tiene un lado positivo: el alma será inmortal en el preciso sentido en que quepa afirmar que, de entre todos los eíde, inmortal es precisamente el eîdos mismo de la vida. Y ¿en qué sentido cabe afirmar tal cosa? En el de que sólo ese eîdos excluye de la muerte a todo aquello que de él participe: sólo lo que participa de la vida no puede, en ese trance, estar muerto. Si ése es el sentido en que el alma es inmortal, que lo que tiene alma, mientras la tenga, no puede estar muerto, nos encontramos en la perplejidad de que se trata de una perogrullada.


[1] 100c, 101c.
[2] Cf. 100d.
[3] En cap. 3, ver la nota 55 del subcapítulo 3.6.
[4] 102b9-c1.
[5] 102a10-d2.
[6] Kaì háma meidiásas, Éoika, éphe, kaì syggraphikôs ereîn, 102d2-3. Respecto a syggraphikôs, cf. C. J. Rowe (ed), Plato: Phaedo, Cambridge 1993, p. 251: “’Like a book’ seems right”.
[7] Ver capítulo 3, texto de referencia de las notas 12 y 13 al subcapítulo 3.5.
[8] Légo dè toûd’ héneka, boulómenos dóxai soi hóper emoí, 102d5.
[9] 91a3-6.
[10] Cf. 103d10-12.
[11] 103e5-6.
[12] 104c11-12.
[13] 104d1-3.
[14] 104d5-10.
[15] 104d9.
[16] La “Neubildung” de la que hablan E. Habrich y O. Leggewie (Platon: Phaidon. Kommentar. Münster 1992, p. 48).
[17] 104e1.
[18] Cf. Hip. May. 302a3-5: cada uno de los allí dialogantes es non.
[19] 104e8-9.
[20] 105a3-5.
[21] 105a5-6.
[22] En seguida volvemos sobre las líneas 105b5-d2 que ahora nos saltamos. La inferencia de la inmortalidad del alma se halla en 105d3-e7.
[23] 105b-c.
[24] 106d.
[25] 102d6-103a2, antes citado in extenso.
*

4.3. Diatáttein

Pero en esa perplejidad Platón no nos deja solos: Ya en el capítulo precedente, apartado 3.8, interpretábamos cierto pasaje en el sentido de que la posición de Sócrates sentado con los pies en el suelo quedaba como signo de que la actitud del filósofo ante la muerte aún se estaba definiendo. Aquello nos sirvió entonces para deducir un “centro del diálogo”; ahora lo utilizaremos para razonar que el momento en que Sócrates cambie de postura será aquél en el que la actitud del filósofo ante la muerte haya quedado definida. Y ese cambio de postura, que tendrá lugar en 116a, se anuncia en 115a: la actitud del filósofo ante la muerte va a quedar definida. Nos vemos así remitidos a la página 115. En ella Sócrates responde a dos preguntas de Critón. Decisiva será la respuesta a la segunda de ellas: “¿De qué modo te enterramos?” El grueso de ella se dedicará a corregir cierto equívoco:

Como queráis, dijo, si es que me pilláis y no me os escapo. Y echándose a reír por lo bajo y mirándonos dijo: No consigo, señores, convencer a Critón de que yo soy Sócrates, este que ahora está dialogando y disponiendo ordenadamente cada una de las cosas que dice, sino que cree que soy aquel │ que verá dentro de poco cadáver y, ya veis, pregunta cómo me ha de enterrar. ... (115c4-d2)

En esa corrección Sócrates se refiere a su decir precedente, al que ahora alude como el de que en cuanto beba la droga, ya no permanecerá con sus amigos, sino que partirá hacia “felicidades de bienaventurados”, pero que –no lo olvidemos– ha sido ante todo eso de que el alma es inmortal. Ese decir, interpreta Sócrates que Critón lo toma como un vano consuelo, en parte a sus amigos y en parte a sí mismo[1]. Y repárese en que así es como nos apareció en la coda irónica; es ahora cuando aquella versión se va a corregir definitivamente, y por cierto mediante una maniobra tan sencilla como sorprendente. Sobre ella Fedón nos llama la atención con un “dijo”:

... De manera que salidme fiadores ante Critón, dijo, con la fianza contraria a la que él quería presentar ante los jueces. Pues, él, de que por supuesto permanecería, mientras que, vosotros, de que por supuesto no permaneceré, salidme fiadores, en cuanto muera, sino que voy a irme, para que Critón lo lleve mejor y no vaya, al ver que queman o entierran mi cuerpo, a irritarse por mí como si pasara cosas terribles, ni a decir en los funerales que expone a Sócrates, lo lleva a la tumba o lo entierra. ... (115d6-e4)

Sócrates pone por testigos a los presentes para que desmientan el carácter de vano consuelo, para que digan, pues, algo del siguiente tenor: “no, no es que nos estemos dejando convencer para consolarnos y luego vaya el alma, después de todo, a ser mortal, sino que con nuestros propios ojos vamos a ver... que el cadáver no siente”. Con lo cual se está identificando la inmortalidad del alma con lo que podemos llamar la inanimidad del cadáver. Ello no puede ya extrañarnos, pues lo que provisionalmente encontrábamos como sentido de esa tesis era lo mismo dicho del revés: no que un cadáver no tiene alma, sino que una cosa con alma no puede ser un cadáver: la coincidencia apunta a que nos estamos quemando. Atendamos a la descripción que Sócrates hace de sí mismo en cuanto que va a escapar del entierro:

yo soy Sócrates, ho nynì dialegómenos kaì diatátton hékaston tôn legoménon [este que está ahora dialegómenos y ordenando cada una de las cosas que se dicen] ... (115c7-8)

En esa descripción el verbo al que pertenece la forma dialegómenos es, ciertamente, el que designa el dialogar socrático, pero antes que eso es aquel que, tantas veces documentado en Heródoto con la acepción de “hablar (una lengua)”, encontramos en Aristóteles con la de “hablar articuladamente”[2]. Éste es el sentido pertinente cuando, a ese a quien se pretende enterrar, Critón le habla, le interpela, lo hace interlocutor, un tú que, como siempre, por el intercambio de papeles en la conversación, es a la vez un yo. Y yo soy siempre en cierto sentido ho nynì dialegómenos, “el que está ahora hablando”. En cuanto a la coletilla “y ordenando (kaì diatátton) cada una de las cosas que se dicen”, es más bien una exégesis fenomenológica, vagamente etimologizante, de dialegómenos: hablar es diatáttein, “disponer ordenadamente”, “asignar función”, porque lo que al hablar hacemos es asignar a cada cosa su lugar, concederle su determinación (esto “árbol”, eso “casa”, aquello “sí”, esto “no”). Con ello, hablar es reconocer la presencia, y por lo tanto implica ser concernido por ella, pertenecer a ella. Es claro, pues, por qué no se me puede enterrar: enterrar es devolver a la tierra lo que pertenece a la tierra, a lo cerrado, oscuro, oculto, y yo, en cuanto esencialmente hablante, estoy siempre en un dia-táttein (diá de distancia: en una distancia), pertenezco siempre a la “abertura”, a la “luz”, a la “presencia”. O, por otro nombre, a la “vida”: justamente yo no puedo ser un cadáver, no puedo estar muerto. Ciertamente he de morir, pues soy mortal, pero no puedo estar muerto, y por ello, de algún modo, cabe decir que soy “inmortal”. Y a ese pertenecer a la presencia y a la vida en virtud del cual no puedo estar muerto seguramente estamos autorizados a identificarlo con el alma, que “trae vida” a aquello que ocupa. Sucede entonces que mi alma es imposibilidad de estar muerto y, en ese sentido, “inmortalidad”. Llegamos así a un sentido defendible de la afirmación socrática de que el alma es athánaton. Y a esta “inmortalidad del alma” –a la “inmortalidad” que es el alma– sí que se llega sin traicionar la causa ingenua, ateniéndose al ser de ese ente que soy en cada caso yo.
Es también relevante que la misma palabra que significa “hablando” pueda significar también “ejerciendo el arte del diálogo”: A Sócrates le están preguntando ya por su entierro, y él aún está ejerciendo el arte del dialégesthai: se hace presente ahí el carácter indesanimable, insobornable, del dialégesthai socrático. Y la coexistencia de los dos sentidos no es casual, pues si el dialégesthai socrático es insobornable es precisamente porque es asunción del único negocio del que no puedo desentenderme nunca: el propio dialégesthai-diatáttein, “hablar-ordenar”, al que acabamos de referirnos[3]. Tal vez así pueda entenderse aquello de que el dialégesthai socrático sea ante todo asunción de la inmortalidad del alma, pues si del negocio del dialégesthai-diatáttein no puedo desentenderme nunca es porque nunca estaré excluido de él: porque nunca seré un cadáver. La insobornable asunción de ese negocio será ante todo asunción de ese “nunca seré un cadáver”: el dialégesthai socrático, asunción de la “inmortalidad del alma”.
Pero lo decisivo es que, para rechazar la pretensión de que su decir referente a las “felicidades de bienaventurados” que “allá” le aguardan es un vano consuelo, a Sócrates le basta con remitirse a un testimonio enteramente “de acá” –la insensibilidad del cadáver–: el “allá” no es otro lugar: es sólo el haberse ido, el hombre del caso, de “acá”: el “haberse acabado”. No es, pues, más que el “estado de acabado” del “acá”: tiene carácter de límite. Con esto la lectura de la noción de la inmortalidad del alma como un “seguir viviendo” después de la muerte más y más, que habíamos considerado misológica, lesiva de la finitud e indigna del filósofo, queda desautorizada por Sócrates en sus últimos momentos. En el “Fedón” Sócrates es tan celoso de la finitud, tan apolíneo, como en la “Apología”[4].

[1] 115d.
[2] Hist. Anim. 535b2.
[3] Cf.  Apol. 38a,  Crit. 46b, Laq. 187e-188b, 188e-189a, 193d-194b.
[4] Se confirma así lo adelantado al comienzo del capítulo 3.

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