Siempre la publicidad es marginal, asalta desde el
margen, porque tiene que como con calzador colársele al que iba persiguiendo su
propia aventura o pasión o trabajo o lo que fuera, pero especialmente lo es, o
ejerce de tal, cuando nos asalta en internet, sobre todo en el correo electrónico.
Está uno escribiendo un imeil, y en ese trance
internet es un medio de comunicación entre particulares. Es electrónico, pero
correo. Aun así, al hacer uso de él no nos libramos de la propaganda de las
grandes empresas que dominan el cotarro, que forzosamente ha de interferir con
la finalidad de un medio de comunicación entre particulares y entorpecer su
funcionamiento. Por un lado estamos nosotros intentando, digamos, redactar un
imeil, pero por otro la propaganda de la multinacional de turno, literalmente
desde los márgenes de la pantalla o del recuadro en el que estamos escribiendo,
nos asalta e intenta atrapar nuestra atención: “¡Ahora podrás hacer esto!”,
“¡Ahora podrás hacer lo otro!”, “¡No te pierdas lo de más allá!”, e incluso,
confiriendo a los letreros de sus mensajes efectos de continua vibración,
agitación, intermitencia casi instantánea, pone en juego ese mecanismo
perceptivo de figura-fondo por el que la atención queda atrapada por aquello
(figura) que rompe la monotonía (fondo), obligada a irse mecánicamente a ello,
de modo que continuamente nos vemos distraídos del imeil que estamos redactando
y a cada momento necesitamos volver a meternos en él, continuo vaivén que
tritura, fatiga y agota nuestras energías. Surge entonces la pregunta: ¿Qué
mueve a los anunciantes a molestar de ese modo a los potenciales compradores?
No pudiendo ser el interés en hacerles más atractiva la mercancía que les
anuncian, lo cual jamás conseguirán asociándola con ese agotamiento de energías,
parece que habrá de ser un interés más básico en el propio elemento de la
incitación– distracción–estimulación–diversión, seguramente provocado por la
constatación de que sólo el aturdimiento producido por la permanente entrega a
estímulos y diversiones será capaz de taponar la percepción del carácter
neoplásico, canceroso, que tiene el capitalismo sobre la tierra, y asegurar así
que sigamos entregados a la zarabanda del comprar y vender inutilidades a la
que al final parece haber quedado reducida la actividad económica bajo este
régimen. Es como si, en la etapa actual del capitalismo, más importante aún que
vender la mercancía del caso y hacer negocio con ella fuera aturullar a la
gente, obturar toda posible rendija por la que pudiera abrirse a una posible
vida, a lo que sí sería inocente, sí sería ocio y holgura: más importante que
los negocios es el primario y esencial negocio, el que responde a la etimología
de la palabra, nec otium: el cultivar
la prisa, la falta de tiempo y así ahogar, asfixiar la vida de la gente, que,
en cuanto pudiera por algún resquicio holgar y respirar, no iba a tardar en descubrir
el carácter mortífero del sistema.
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