Desde el momento en que, nación, cada uno tiene la
suya (yo, sin ir más lejos, me siento zulú), habrá en
España unos cuarenta millones de ellas, de modo que en ese campo no es cosa de
ponerse a hacer distinciones. Es verdad. Pero tal vez empezarían a disiparse
algunos problemas tan pronto como el Estado central pudiera curarse de ese
carácter casposo, esa palurda suspicacia, heredada del franquismo, hacia todo
lo no castellano, y se decidiera a reconocer la obviedad de que en el
territorio español tienen arraigo histórico, aparte del castellano, no menos de
siete lenguas: de la A a la Z un dialecto del árabe, un dialecto berebere, el
catalán, el gallego, el occitano, el portugués y el vasco. No vendría mal,
entonces, inspirarse en maneras y costumbres propias de países menos paletos y
permitir a profesores y maestros –en cuanto les apeteciera, demostraran competencia
para ello y, lo más importante de todo, lograran ganarse un grupo de alumnos
interesados– ofrecer, en cualquier lugar del Estado, enseñanzas de cualquiera
de las lenguas aborígenes de España. Empezarían a brotar entonces, aquí y allá,
por la sola virtud del natural interés humano por trasmitir a otros lo que a
uno más le gusta, pequeñas perlas de aficiones a lenguas, algo exóticas a
veces, otras no tanto, que contribuirían a disolver suspicacias entre distintos
territorios del Estado. ¡Catalán en Baeza y gallego en Cabo de Gata! ¡Vasco
en Atienza, occitano en Garganta la Olla y portugués en Almazán! ¡Árabe en
Boadilla del Monte! ¡Berebere en Arganda del Rey!
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