miércoles, 18 de enero de 2017

(Amdp.) Ocurrencia de arbitrista intempestivo

Desde el momento en que, nación, cada uno tiene la suya (yo, sin ir más lejos, me siento zulú), habrá en España unos cuarenta millones de ellas, de modo que en ese campo no es cosa de ponerse a hacer distinciones. Es verdad. Pero tal vez empezarían a disiparse algunos problemas tan pronto como el Estado central pudiera curarse de ese carácter casposo, esa palurda suspicacia, heredada del franquismo, hacia todo lo no castellano, y se decidiera a reconocer la obviedad de que en el territorio español tienen arraigo histórico, aparte del castellano, no menos de siete lenguas: de la A a la Z un dialecto del árabe, un dialecto berebere, el catalán, el gallego, el occitano, el portugués y el vasco. No vendría mal, entonces, inspirarse en maneras y costumbres propias de países menos paletos y permitir a profesores y maestros –en cuanto les apeteciera, demostraran competencia para ello y, lo más importante de todo, lograran ganarse un grupo de alumnos interesados– ofrecer, en cualquier lugar del Estado, enseñanzas de cualquiera de las lenguas aborígenes de España. Empezarían a brotar entonces, aquí y allá, por la sola virtud del natural interés humano por trasmitir a otros lo que a uno más le gusta, pequeñas perlas de aficiones a lenguas, algo exóticas a veces, otras no tanto, que contribuirían a disolver suspicacias entre distintos territorios del Estado. ¡Catalán en Baeza y gallego en Cabo de Gata! ¡Vasco en Atienza, occitano en Garganta la Olla y portugués en Almazán! ¡Árabe en Boadilla del Monte! ¡Berebere en Arganda del Rey!

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