Para practicar algo de alemán, o
simplemente para abrir algún resquicio a los pensamientos, que suelen quedárseme atrapados, dándose tozolones como moscas contra el cristal, tengo la costumbre,
cuando salgo a correr, de oír por los auriculares grabaciones de un programa de
radio alemán llamado Doppel-Kopf, que se dedica a entrevistar a personajes,
cada día uno distinto, que por las razones que sean parece que tienen algo que
decir: políticos, hombres de negocios, deportistas, actores, presentadores de
televisión, arquitectos, escultores, poetas, refugiados, parados... Hasta a un delincuente entrevistaron una vez. Y a un ama de casa, y a un hombre
que había sido desahuciado y se había visto en la calle... De todas las
entrevistas, las que más interesantes me parecen suelen ser aquellas en las que el
interrogado es escritor. Pero, es curioso, no precisamente ensayista o
“filósofo”, sino más bien escritor de ficción. ¿Qué es lo que me hace tan interesantes
las entrevistas con escritores de ficción?
No lo sé, pero los “filósofos”, como los políticos o
los hombres de negocios, ven las cosas demasiado
claras, me da la impresión, saben demasiado bien adónde van... Es decir: se engañan,
como si les faltara paciencia, y las cosas fueran un poco más complicadas de como
ellos las ven. En los escritores de ficción, en cambio, tal vez porque la
ficción, aun siendo un orden, puede permitirse una mayor semejanza con el
desorden del mundo, me parece ver una mayor por lo menos provisional tolerancia
por el carácter desordenado y confuso con el que suele aparecer el mundo, como
si no tuvieran miedo de hacerse un poco tan aparentemente
irracionales como el mundo y esa como provisional y precaria intimidad con él establecida
les permitiera luego, al elaborar sus conceptos (pero ¿es que elaboran
conceptos los escritores de ficción?), fantasear menos y dar del mundo una
versión más exacta. Tal vez por eso me parece ver también una especie de
armonía entre el desorden que encuentro corriendo por el campo y lo que me
dicen los escritores de ficción.
Hoy, por ejemplo, oigo a Gabriele Wohmann mientras
corro por un monte entre Barbatona y Pelegrina. He tirado por esta senda, mil
veces desatendida, que trepa por la loma para dejarme pronto, zigzagueando
entre carrascas y zarzales, atisbando murillos y parideras, y es un placer
ensayar parajes nuevos, hacer humildes descubrimientos. Pues bien: ¿no es eso
lo que encuentro en la conversación de los escritores de ficción? No
apresurarse, como los “filósofos” y los que hablan muy deprisa, a definir las
cosas, dejar que sean ellas mismas las que nos muestren lo que
hay, por dónde quieren ir. Tener paciencia. Es, tal vez, exactamente lo que
Sylvia Schwab le dice a Gabriele Wohmann: que le da la impresión de que ella,
Wohmann, toma a sus personajes, los deja solos en un espacio cerrado, como en
una jaula, y se retira a esperar a ver qué pasa... Debe de ser ese tener la
paciencia de retirarse a esperar. Ese esperar hasta que veamos, y mientras tanto contener en lo posible la lengua, y las manos. Debe de ser eso lo que hace las
entrevistas con los escritores de ficción, algunas veces, tan impagables, debe
de ser eso lo que hace tan salutífera la actitud o la sabiduría de un escritor
(que sabe que hay, o puede haber, más cosas por ahí, en el aire, que las que
solemos tener catalogadas). Ralf Rothmann, otro de los escritores de ficción entrevistados por Sylvia Schwab, utilizaba, no por casualidad, la expresión
“zuwarten können”: “ser capaz de aguardar (sin intervenir)”. De ahí quizá que
a veces presienta una especie de armonía entre lo que quieren decirme esos
escritores y la vegetación de zarzales y arbustos y pinos retorcidos por la que
mientras tanto se pierden los vericuetos por los que voy corriendo, como si hubiera
lo mismo en los dos lados, un adentrarse en terreno desconocido, a la vez que
se constata, con la mirada sorprendida y como maravillada, que hay camino, que
entre esos pinchos y aquella roca hay un modesto sendero por el que podemos pasar...
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