sábado, 4 de marzo de 2017

(Amdp.) ¡Eh, viejo!

No se me moleste, que la ocasión lo requiere: ¿Cuánto tiempo va usté a seguir dejándose llamar “mayor”, “persona mayor”? ¿No se le enciende la sangre? ¿O es que ya no le corre en las venas? No me diga que no ve la diferencia: Si es usté un “mayor”, una “persona mayor”, ya no le queda más que permanecer sentadito con una manta sobre las rodillas, esperando que venga la enfermera a darle la sopita y hacer con usted lo que otros han decidido; si es usté un viejo, en cambio, todavía es usted quien decide, y eso es lo que importa: en el límite, si las cosas se ponen feas, todavía puede usted, con un poco de suerte, llevarse por delante cuatro patrullas de agentes del orden antes de dejarse reducir.
Mal pueden palabras como “mayores”, “personas mayores”, “personas de la tercera edad” hacerles servicio alguno a los viejos, cuando ya empiezan por hacerlos desaparecer, por lo pronto del vocabulario, como avergonzándose de ellos. Ello no es casual: en una película, por ejemplo, funciona como chiste el que la locutora del telediario sea una señora de unos ochenta años: puede funcionar como chiste porque, en la realidad, entre los miles y millares de “bustos parlantes”, locutores y presentadores de televisión, en vano buscaríamos un solo viejo. De esa función están excluidos. Lo mismo que de otra infinidad de empleos y funciones, de ella se les ha hecho desaparecer. Y cuando algo que en sí mismo sería posible, natural y sensato, en el sistema vigente se evita y de él se excluye, es que pesa sobre ello un tabú. Un tabú pesa, pues, sobre la vejez, tanto sobre la palabra como sobre la cosa: los viejos son innombrables porque se desearía que fueran invisibles, que no los hubiera. En la imagen ideal del sistema, aquí no hay viejos, del mismo modo que aquí no se muere nadie.

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