Releyendo una entrada anterior de este mismo
blog, al llegar a las palabras "excluir" y "excluido", algo
me ha trabado, algo me ha impedido pasar automáticamente y sin problema a la
palabra siguiente. Ha sido el escrúpulo "pero... ¿de verdad esa palabra se
escribe con equis? ¿No debería haber escrito escluir, con ese?”
Sólo en un segundo momento se me ha hecho patente que no, que la palabra estaba
bien escrita, pues esas palabras en la ortografía vigente van con equis: todos
escribimos "excusa", "excavar", "exquisito",
aunque digamos "escusa", "escavar", "esquisito".
Pero ¿de dónde procede mi impedimento y mi escrúpulo? Tan acostumbrado está uno
a oir a los bustos parlantes de la televisión decir "eKstraño",
"eKsportación", "eKsquisito", "eKscusa",
"eKscluir" –con ka mayúscula represento, como hacía AGC, esa
pronunciación enfática de un fonema /k/ en esas posiciones característica de
los bustos parlantes televisivos, como de los demás sacerdotes del habla del
poder–, que, al leer una equis en posición que en el habla común da ese, lo que
de hecho oye uno en la silenciosa voz con la que por dentro se va recitando lo
que va captando con los ojos es ya esa enfática pronunciación mediática, que en
el propio énfasis está ella misma delatándose como consciente –como si el busto
parlante se dijera: “¡Cuidado, que ahora viene una equis, no vayan a creer que pronuncio una ese y quede como
un paleto! ¡Que se me oiga bien la
ka!”–, y como el hablar es acto automático, de cuya ejecución está ausente la
consciencia (para decir "pino", no sólo no es necesario pensar en que
el primer fonema se pronuncia juntando los labios para separarlos en el momento
de sacar el aire, etcétera, sino ni siquiera reparar en qué fonemas tiene la
palabra), esa pronunciación enfática se oye como antinatural (es, en verdad,
violadora de la lengua común: es, en sentido etimológico, idiota).
Ha sido, pues, esa antinaturalidad percibida ya, a fuerza de tanto
condicionamiento televisivo, en la propia escritura “excluir” lo que, al
horrorizarme, ha debido de suscitar el escrúpulo: “¿No tendría
que haber escrito escluir?”
Así, por efecto de una enfática y consciente –esto es: idiota– pronunciación
mediática, ya no sabe uno cuándo va una palabra con ese y cuándo con equis, y
casi se siente por reacción movido a desoir la ortografía académica para
ceñirse al habla del hablante corriente.
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