jueves, 6 de abril de 2017

(Amdp.) Cuasipecios nuevos, I

Tres escritos para El Estado Mental que no llegaron a publicarse

“Anúnciese”. Es la leyenda que, seguida de un número de teléfono, nos sale a veces al paso en los espacios destinados a publicidad al borde de las carreteras: En medio de la multitud de anuncios en “tú”, uno trata a su destinatario de usted, y resulta que ese destinatario es un potencial anunciante. No es, pues, que el usted haya caído en desuso en favor del tú, así, indiscriminadamente: eso que en la publicidad, de tan repetido, corre peligro de parecernos ya natural, responde a una decisión consciente: no “usted”, que se dirige a un adulto, sino
“tú”, como si se tratara de un niño; pero llega el momento en que el anuncio ha de apelar a potenciales emisores de publicidad, e inmediatamente se corrigen las formas. Parece asomar ahí cierta conciencia de grupo, y con ella algo con frecuencia olvidado: la llamada publicidad es propaganda de una clase, detentadora de los medios de producción, ejercida principalmente sobre otra, reducida a dar salida a los productos mediante el consumo. El pringue de familiaridad y simpatía que el consabido tuteo publicitario rezuma no es quizá más que una variedad de esa ñoñería empalagosa que se emplea a veces al tratar con los niños. Tampoco es extraño que cada uno de los individuos que juntos forman “el público” tienda a verse reducido a la casera, familiar, condición de niño (niño que no es capaz de contener sus impulsos), cuando lo que llamamos por excelencia publicidad (“calidad de público”), siendo en realidad propaganda en interés de una clase, tiene en rigor carácter privado.

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Letreros de RENFE. En un tren de media distancia, junto a una de las puertas de subida y bajada: “Los novelistas recomiendan adquirir el billete para no contar historias que nadie se cree.” A continuación, en letra más pequeña:
“Ahorra dinero e inconvenientes adquiriendo tu billete antes de subir al tren.” ¿Qué hay ahí? En la segunda parte, no deja de ser curioso que al usuario de un servicio público se le trate de tú; en la primera se va un paso más allá: es un caso de lenguaje “gracioso” que se asienta en una posición de superioridad y trata de confirmarla: la “gracia” en cuestión no consiste en otra cosa que en ridiculizar al subordinado, exactamente como haría un sargento abusón con el recluta que le da ocasión de exhibir su poder. Como a subordinado, en efecto, tratan esos letreros al viajero que, inopinadamente, ajeno a la humillación que le espera, deja a sus ojos caer sobre ellos. Es el estilo que en sus avisos al usuario tienen los organismos y administraciones del Estado surgido de la Transición. A la legua se huele que no hay en él ni una brizna de democracia, ni un pelo de ciudadanía, ni una sombra de efectivo reconocimiento de la mayoría de edad de sus “ciudadanos”.

Y ese sargento abusón que redacta los avisos al público en los trenes de RENFE me suelta ahora: “Tren sin humo”. Él es así. Le gustan los rodeos. Le gusta también dar como cualidades de las cosas lo que en realidad son reglas humanas, determinación de derechos y deberes de personas. Hacer del reglamento mundo, escamotear su carácter de acuerdo, siempre, por principio, modificable y sujeto a discusión: éste es un tren sin humo lo mismo que los osos son animales sin plumas.


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Del despotrique contra los políticos. “Son todos unos chorizos”, oímos una y otra vez en cuanto sale la política a relucir. Pero esa acusación, primero, ¿está justificada?, y, después, ¿cuadra con el proyecto democrático? Hay en España miles de políticos: en esa multitud ¿cómo excluir que haya, como en Sodoma, tres o cuatro justos? No se trata, pues, de que sean chorizos. Se trata sencillamente de que en este país, debido al enorme déficit democrático del curioso sistema político vigente, los ocupantes del poder pueden hacer mangas y capirotes sin que los controle nadie. Como la ocasión hace al ladrón, como tendrían que ser santos para no aprovecharla, las conductas que tanto nos escandalizan son resultado de la simple estadística, es decir, de la ocasión. Si en una hora punta me subo a un metro atestado de pasajeros con billetes de cien euros asomándome por los bolsillos y, a la salida, constato que me falta alguno, no parece sensato que me indigne contra la rapacidad de la gente: la culpa ha sido mía, por dar ocasión. Del mismo modo, como es tonto escandalizarse de la estadística, no tiene sentido seguir despotricando de los políticos: no son ellos: es la naturaleza humana. Desalojemos, pues, la discusión de ese terreno, en el que sólo podemos empantanarnos: del discurso moral centrado en los políticos pasemos al discurso político, que quizá tenga otro centro –y con ello pasamos al segundo punto–, pues ¿de quién depende que en este país haya ese monumental déficit democrático que deja sin control a los ocupantes del poder? No de ellos, por supuesto, sino de nosotros, gente como usted y como yo, que entre todos no hemos tenido agallas suficientes para tomar en nuestras manos la organización de lo público e imponer los mecanismos de control que sean precisos para que a los políticos, por inmorales que en su fuero interno puedan ser, en el desempeño de su cargo no les quede más remedio que comportarse con la más exquisita honradez, por la cuenta que les trae. Sólo entonces nos habremos sacudido de una vez el yugo y nos habremos hecho, no sólo de nombre, ciudadanos. Mientras tanto, el despotrique nos clava en nuestra condición de súbditos. Urge trasformarlo en rebelión.



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Otros cuasipecios nuevos


Monitor de bus interurbano de largo recorrido. “A continuación les eKsplicaremos las normas de seguridad”.

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Viendo en la calle unos perros. Ahí están, olvidados de sí. Tanto, que ni saben que algún día morirán. Y ¿no decimos que muerte, lo que se dice muerte, es la propia, “mi” muerte? Por eso en Homero se nos llama “los mortales”. Y, a pesar de los animalistas, eso funda una diferencia radical que deja a los animales fuera: hace que cosas como el asesinato o la tortura sólo pueda haberlas por referencia a nosotros. (¿O no es así que "mi" muerte sólo puedo tenerla "yo", es decir, alguien: algo que dice "yo", algo que habla?)

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Periodismo reaccionario. Pero ¿qué es eso de “fue abatido por la policía”? ¿Basta que le dispare a uno la policía para merecer la misma consideración que el ciervo al que apunta el cazador?

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1.12.2015
En un vagón de metro. Entramos en una estación: ¿cuál debe de ser? Como voy de pie, apoyado en una de las puertas del lado opuesto al andén, y desde esa posición la vista no alcanza los letreros del nombre de la estación, doblo las rodillas para hacer descender la horizontal de mi vista y poder por las ventanillas ver lo suficientemente arriba para leerlos. Momento en el cual una mujer que delante de mí se tiene de una barra me dice: “Estrecho” (ésa era la estación), y su mirada es también una sonrisa, con la que comenta y a la vez apoya su decir. Pero ya estoy yo también irremediablemente sonriendo: ¡Cuánta alegría hay en el dar o recibir el regalo de la palabra! No: aunque el apelotonamiento de cuerpos en este imposible espacio parezca reducirnos a cosa, ¡no somos sólo cosas entre cosas, antes que eso somos nosotros: yo, usted...!


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