Hijos de la tiranía
Rosa Montero celebraba en una columna de El País (17 de marzo de 1998) cierto hecho protagonizado por los niños de una escuela de Madrid. Un día que nevaba, los maestros, “tal vez por miedo a sus propios miedos de adultos aburridos”, les habían prohibido salir al patio a la hora de recreo. “Y entonces sucedió”, cuenta, entusiasmada, la columnista: “De repente, de manera tumultuosa y espontánea, los chiquillos organizaron una manifestación”. Parece ser que, entre otras cosas, gritaban “¡Justicia!”. Y también “una frase imposible y perfecta”: “Nada está prohibido”. La columnista declara su admiración por esos niños, por “sus gritos, su sentido de la justicia, su tranquila seguridad en sí mismos, la certidumbre de poseer opiniones propias y todo el derecho a defenderlas”, y, al recordar, por contraste, su propia infancia bajo el franquismo, le parece que “en lo sustancial la sociedad avanza”. La columna acaba: “No creo que pueda haber un símbolo mejor del asentamiento definitivo de la democracia que estos niños levantiscos y sin miedo. Por cierto: al final consiguieron salir al patio”.
“Pues ya daba lo mismo”, he añadido yo. Y es que el comportamiento de los niños me parece un calco del de los mayores, esos mayores que tienen, como dice Rosa Montero, “miedo a sus propios miedos de adultos aburridos”. Un miedo, por cierto, que nunca en los más oscuros tiempos de la posguerra franquista había existido. A nadie se le hubiera ocurrido entonces la ñoñez (otro nombre de ese miedo) de encerrar a los niños por temor a la nieve. Pero ante una injusticia la reacción de los niños tampoco habría sido ponerse a hacer de hombrecitos y “organizar una manifestación” y gritar eslóganes. Es natural que los maestros de hoy, al comprobar lo bien que los niños se han aprendido la lección de la gran ñoñería, decidan hacer por una vez excepción en la pequeña y los dejen salir al patio: a ese precio ya da lo mismo. Si esa aparente victoria de los niños prueba algo, no es el carácter liberador de la conducta que la ha logrado, sino más bien su carácter adaptado y, por lo tanto, mientras no se demuestre lo contrario, sometido al sistema imperante. Y la frase que Rosa Montero juzga “imposible y perfecta” es ciertamente demasiado perfecta para poder de verdad ser, como una voz que se rebelara contra la necesidad, imposible: como es sabido, eso de que “nada está prohibido” es el lema publicitario, que palpita tras cada anuncio, del actual sistema de dominación, la expresión de esa misma necesidad que supuestamente estaría impugnando. Es curioso por lo demás que la columnista no haya reparado en cierto rasgo de la perfecta frase que la delata como sometida al principio de realidad, pues los niños no han gritado lo que ella sin duda ha creído oir, que “nada debe estar prohibido” o que “no hay que prohibir nada” o “¡que no se prohíba nada!”, sino precisamente “nada está prohibido”: constatación. No consigna subversiva alguna, sino simple descripción positiva de lo que en su saber de niños ya saben ellos que es la verdad oficial del mundo en el que les ha tocado vivir, simple recordatorio, como si les dijeran a sus maestros: “vosotros, que cada día nos dais a entender que nada está prohibido y que tó er mundo é güeno y la vida es una dulzona burbuja rosa, ahora no nos podéis prohibir esto”.
Merece también tomarse en serio la “tranquila seguridad en sí mismos” que en esos niños ve la columnista, aunque tal vez no haya motivos para admirarla. Ellos son niños, y, en principo, lo propio de un niño no es la seguridad “en sí mismo”, sino obtener la seguridad de los adultos, de sus padres. Lo que sucede es que, precisamente, el lema del poder es “nada está prohibido”, “prohibido prohibir”. Consecuentemente la publicidad es hoy una apología de la pretensión de validez absoluta del deseo inmediato y del capricho en cuanto tales, una apología de la puerilidad, y los padres, de acuerdo con eso, cada día se atreven menos a contrariar el más mínimo antojo de sus hijos. Nada tiene de extraño, entonces, que los niños aparezcan hoy como “tranquilamente seguros de sí mismos”. Con ello manifiestan la conciencia de haber alcanzado ya el estado de adultos, de personas autónomas. Pues en una sociedad en la que el ideal de adulto es el de una personalidad pueril, heterónoma, regida por sus deseos, es claro que los niños en cuanto tales ya se hallan al nivel de madurez del ciudadano promedio, y son, en ese sentido, “adultos”. Lejos de documentar el definitivo asentamiento de la democracia, la “tranquila seguridad en sí mismos” viene al contrario a esbozar la sospecha de si la democracia que hay no será sólo de mentirijillas, no será más bien una muy refinada tiranía. Algo parecido cabe decir de la “certidumbre de poseer opiniones propias y todo el derecho a defenderlas”. Pues “defender las opiniones propias” quiere decir precisamente contrastarlas con opiniones ajenas, y, como tan válidas o inválidas son, en cuanto opiniones, las unas como las otras, transformarlas de opiniones en razones, que ya no son “propias”, sino “comunes”. No vale, pues, celebrar como certidumbres las opiniones propias en cuanto tales, que muy bien pudieran ser erróneas. Pero eso es, precisamente (ver declaraciones de famosos en cualquier suplemento dominical de prensa), lo que hace el sistema de dominación existente: establecer la opinión como criterio absoluto y lugar de la certidumbre; no en vano es lo manipulable desde el poder. Y así, tal vez nunca como ahora hayan estado los adolescentes más convencidos de que su opinión espontánea es la última palabra (como dicen ellos, “así será para tí, porque para mí es de la otra manera”). Y lo mismo los niños, según se ve. Con ello se muestran simplemente como los hijos de la tiranía que son.
Por otra parte, ya se sabe qué es lo primero que asimilan los niños en trance de hacerse adultos. Son esas serias y sesudas discusiones sobre jugadores de fútbol, grupos de rock, marcas de coche. Es, en una palabra, lo adulto pueril. Nada tiene de extraño que entre esos niños de un colegio de Madrid el ponerse a hacer de adultos haya tomado la forma de organizar una manifestación. Ya durante la Transición exhibieron las manifestaciones una curiosa tendencia a la puerilidad (recuerde el lector aquellos pareados a ritmo de ¡tachúnta!, ¡tachúnta!, ¡tachúnta-chínta-chúnta!, que en su Homilía del Ratón ya criticó Ferlosio), pero hoy en día esa tendencia ha llegado a la franca patochada (recuerde también esas manifestaciones contra ETA con las manos en alto pintadas de blanco). Por supuesto, oficialmente la patochada se llama “carácter lúdico”, pero que este ludicismo no tiene nada que ver con la espontaneidad del juego queda sobradamente atestiguado por las caras de pasmarote, como de “aquí estoy porque he venido”, que se les ponen a los participantes en el evento –oscura conciencia de estar haciendo el papelón–. Pues bien: eso es lo más triste: ver a los niños, que con su ingenuidad debían denunciarnos la desnudez del Emperador, adoptar esa boba seriedad que se les pone a los adultos cuando le alaban los ropajes. Ya tan temprano captados para la mentira.
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