Había estado explorando un poco el claustro de aquel
monasterio, aquellas salas y muros, y esperaba con curiosidad el comienzo de la
visita guiada. Poco a poco, en lo que parecía ser el vestíbulo, como en una
sala de espera, se había ido formando un grupo de interesados. En un momento
dado, una mujer joven, con un micrófono de esos que no necesitan sostenerse con
la mano porque vienen ya instalados como parte del equipo y un aire de saber ya
lo que tenía que hacer, empezó a abrirse paso entre la gente, sin mirar a
nadie, como ausente, y se colocó frente al grupo. Era la guía, sin duda: Por
fin. Un momento quedó esperando, con la mirada hacia arriba, clavada en algún
punto del infinito, a que los componentes del grupo se callaran. “Me llamo
Menganita. Damos comienzo a la visita guiada...” Me cargaba un poco aquel estar
la guía como ausente, como si se moviera en otra dimensión del espacio,
superpuesta a las nuestras, como si en cualquier momento pudiera ella pasar a
través de nuestros cuerpos sin siquiera rozarlos, pero intenté sumergirme en la
explicación, hacer saltar, siquiera fuera con la atención, las invisibles
paredes que separaban nuestros mundos. Se trataba de las circunstancias en las que,
allá por la Edad Media, se fundó el monasterio. Había unos monjes
cistercienses: “El rey Fulanito les cedió”, dijo, no sé qué propiedades “para
que allí instalarán ...”. No pude escuchar más: “instalarán”, con acento:
palabra aguda: futuro: “Les cedió para que instalarán”. Y no pude escuchar más
porque, entre tanto, mucho más urgente que escuchar se había vuelto tomar nota
de que aquel discurso, que, dirigido al público visitante de un Monumento
Nacional dependiente del Ministerio de Cultura, se repetía varias veces al día
varios días a la semana seguramente todas las semanas del año, el funcionario que
lo había escrito había sido incapaz de colocarle los acentos, el que lo había
corregido y se los había puesto había sido incapaz de descubrirle el sentido, y
el que lo recitaba era incapaz de dárselo y lo tenía que recitar como un lorito.
Había que tomar nota de todo eso porque todo eso era síntoma de que en este
país, en este Estado, la cuestión del sentido es irrelevante. Hasta me parecía
ver que era el Estado el que se movía en otro mundo, en otra dimensión, ajena y
superpuesta, indiferente, a las tres dimensiones en que nos movemos sus
supuestos ciudadanos, y que a eso se debía en el fondo el carácter ausente que
me parecía percibir en aquella guía.
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