miércoles, 21 de septiembre de 2016

(A modo de pecio) Del arranque de un discurso conductor de visita guiada a Monumento Nacional

Había estado explorando un poco el claustro de aquel monasterio, aquellas salas y muros, y esperaba con curiosidad el comienzo de la visita guiada. Poco a poco, en lo que parecía ser el vestíbulo, como en una sala de espera, se había ido formando un grupo de interesados. En un momento dado, una mujer joven, con un micrófono de esos que no necesitan sostenerse con la mano porque vienen ya instalados como parte del equipo y un aire de saber ya lo que tenía que hacer, empezó a abrirse paso entre la gente, sin mirar a nadie, como ausente, y se colocó frente al grupo. Era la guía, sin duda: Por fin. Un momento quedó esperando, con la mirada hacia arriba, clavada en algún punto del infinito, a que los componentes del grupo se callaran. “Me llamo Menganita. Damos comienzo a la visita guiada...” Me cargaba un poco aquel estar la guía como ausente, como si se moviera en otra dimensión del espacio, superpuesta a las nuestras, como si en cualquier momento pudiera ella pasar a través de nuestros cuerpos sin siquiera rozarlos, pero intenté sumergirme en la explicación, hacer saltar, siquiera fuera con la atención, las invisibles paredes que separaban nuestros mundos. Se trataba de las circunstancias en las que, allá por la Edad Media, se fundó el monasterio. Había unos monjes cistercienses: “El rey Fulanito les cedió”, dijo, no sé qué propiedades “para que allí instalarán ...”. No pude escuchar más: “instalarán”, con acento: palabra aguda: futuro: “Les cedió para que instalarán”. Y no pude escuchar más porque, entre tanto, mucho más urgente que escuchar se había vuelto tomar nota de que aquel discurso, que, dirigido al público visitante de un Monumento Nacional dependiente del Ministerio de Cultura, se repetía varias veces al día varios días a la semana seguramente todas las semanas del año, el funcionario que lo había escrito había sido incapaz de colocarle los acentos, el que lo había corregido y se los había puesto había sido incapaz de descubrirle el sentido, y el que lo recitaba era incapaz de dárselo y lo tenía que recitar como un lorito. Había que tomar nota de todo eso porque todo eso era síntoma de que en este país, en este Estado, la cuestión del sentido es irrelevante. Hasta me parecía ver que era el Estado el que se movía en otro mundo, en otra dimensión, ajena y superpuesta, indiferente, a las tres dimensiones en que nos movemos sus supuestos ciudadanos, y que a eso se debía en el fondo el carácter ausente que me parecía percibir en aquella guía.


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