No
recuerdo de qué estábamos hablando cuando, al hacer ella una afirmación que me
parecía por completo equivocada, le contesté: “¡No, hombre, no!”. A lo que ella replicó: “¡Sí, mujer, sí!” Y yo: “Es que hombre no es masculino.” Ella: “Es que mujer no es femenino.” Y creo que mucho
más allá no llegamos, pero el caso es que la oposición “mujer” / “hombre” es
del tipo término marcado / término no marcado, uno de los principales trucos de
que se vale la lengua para cumplir el principio de economía, que nos impide emplear
muchos medios cuando el mismo resultado lo podemos alcanzar con pocos. Así, de
las lenguas que disponen de la categoría gramatical género, muchas se las
apañan con, digamos, uno masculino y uno femenino, destinados, en principio, a recoger
la diferencia que la naturaleza ofrece, en animales y seres vivos de reproducción
sexual, entre machos y hembras: “perro” / “perra”, “gato” / “gata”, etcétera. La
cuestión de la economía surge en cuanto se repara en que no siempre habrá que
referirse a los machos o a las hembras de determinada clase de animales, sino
que muchas veces será pertinente hacerlo a la clase misma, a todos los
individuos de alguna clase, con independencia de su sexo.
Teniendo dos géneros tendrá la
lengua, entonces, que apañárselas –principio de economía– para mencionar tres cosas distintas: machos, hembras e
individuos cualesquiera, sean una cosa o la otra. Será preciso, pues, que dos
términos funcionen como tres: término masculino, término femenino, término en
el que la oposición masculino/femenino está neutralizada. Y eso se puede lograr
con sólo que, en vez de ser ambos términos de sentido siempre efectivo, en uno
de ellos el sentido pueda en determinadas circunstancias quedar neutralizado:
Si en el contexto o en la situación hay un implícito o explícito contraste con
el otro término, en virtud de ese contraste el sentido se activará y será
efectivo, en caso contrario quedará neutralizado. Es decir: quedará neutralizado
el sentido ligado a la categoría género, y quedará al descubierto el sentido
que el nombre tuviera como designación de toda una clase de animales, con
independencia de si son machos o hembras. Así, si decimos “perro ladrador, poco
mordedor”, “los gatos cazan ratones”, “la hibernación de los osos”, hemos
logrado referirnos a enteras clases de animales, y no solo a sus mitades
masculinas: esos
“masculinos” no hacen valer ahí su valor de masculinidad. “El
perro”, “el gato”, “el ratón”, “el oso”, son muchas veces genéricos: designan
especies o géneros zoológicos, y no sus mitades masculinas; “la perra”, “la
gata”, “la ratona”, “la osa”, en cambio, se refieren indefectiblemente a
hembras. La oposición masculino / femenino es del tipo término no marcado /
término marcado. Así, cuando decimos que el hombre llega a la Luna no queremos
decir que a la Luna llega el varón, sino que a ella llega el género humano. Por
eso muchas veces “hombre” no es masculino. “Mujer”, en cambio, es siempre
femenino.
Pero
es que, además, en la secuencia “¡No, hombre, no!” es discutible si “hombre” sigue
siendo nombre o se ha convertido ya en interjección.
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