viernes, 23 de septiembre de 2016

(Leng.) De la conversación con una extraña feminista

No recuerdo de qué estábamos hablando cuando, al hacer ella una afirmación que me parecía por completo equivocada, le contesté: “¡No, hombre, no!”. A lo que ella replicó: “¡Sí, mujer, sí!” Y yo: “Es que hombre no es masculino.” Ella: “Es que mujer no es femenino.” Y creo que mucho más allá no llegamos, pero el caso es que la oposición “mujer” / “hombre” es del tipo término marcado / término no marcado, uno de los principales trucos de que se vale la lengua para cumplir el principio de economía, que nos impide emplear muchos medios cuando el mismo resultado lo podemos alcanzar con pocos. Así, de las lenguas que disponen de la categoría gramatical género, muchas se las apañan con, digamos, uno masculino y uno femenino, destinados, en principio, a recoger la diferencia que la naturaleza ofrece, en animales y seres vivos de reproducción sexual, entre machos y hembras: “perro” / “perra”, “gato” / “gata”, etcétera. La cuestión de la economía surge en cuanto se repara en que no siempre habrá que referirse a los machos o a las hembras de determinada clase de animales, sino que muchas veces será pertinente hacerlo a la clase misma, a todos los individuos de alguna clase, con independencia de su sexo. Teniendo dos géneros tendrá la lengua, entonces, que apañárselas –principio de economía– para mencionar tres cosas distintas: machos, hembras e individuos cualesquiera, sean una cosa o la otra. Será preciso, pues, que dos términos funcionen como tres: término masculino, término femenino, término en el que la oposición masculino/femenino está neutralizada. Y eso se puede lograr con sólo que, en vez de ser ambos términos de sentido siempre efectivo, en uno de ellos el sentido pueda en determinadas circunstancias quedar neutralizado: Si en el contexto o en la situación hay un implícito o explícito contraste con el otro término, en virtud de ese contraste el sentido se activará y será efectivo, en caso contrario quedará neutralizado. Es decir: quedará neutralizado el sentido ligado a la categoría género, y quedará al descubierto el sentido que el nombre tuviera como designación de toda una clase de animales, con independencia de si son machos o hembras. Así, si decimos “perro ladrador, poco mordedor”, “los gatos cazan ratones”, “la hibernación de los osos”, hemos logrado referirnos a enteras clases de animales, y no solo a sus mitades masculinas: esos
“masculinos” no hacen valer ahí su valor de masculinidad. “El perro”, “el gato”, “el ratón”, “el oso”, son muchas veces genéricos: designan especies o géneros zoológicos, y no sus mitades masculinas; “la perra”, “la gata”, “la ratona”, “la osa”, en cambio, se refieren indefectiblemente a hembras. La oposición masculino / femenino es del tipo término no marcado / término marcado. Así, cuando decimos que el hombre llega a la Luna no queremos decir que a la Luna llega el varón, sino que a ella llega el género humano. Por eso muchas veces “hombre” no es masculino. “Mujer”, en cambio, es siempre femenino.

Pero es que, además, en la secuencia “¡No, hombre, no!” es discutible si “hombre” sigue siendo nombre o se ha convertido ya en interjección.


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