viernes, 30 de septiembre de 2016

(A modo de pecios) Cuasipecios antiguos, III serie


Asfaltemos todo el campo antes que nos hagan tirar el chicle a la papelera. Entre el metro y la facultad de filosofía de la Universidad de Barcelona nos han quitado un campo, con todos sus matorrales, hierbas, lagartijas, árboles y arbustos, para cubrirlo de edificios de la Universidad. En un anuncio del periódico leo que el Ministerio de Fomento ha gastado en el último trienio 970.000 millones de pesetas en construcción de 900 kilómetros “de autovías”, y aunque el anuncio mide las autovías sólo por su longitud, como también tendrán anchura, echando 20 metros, resultan 18 kilómetros cuadrados de campo desaparecidos en ese periodo bajo asfalto de autovía, y todavía habrá que contar con las empresas que edifican plantas industriales y los ayuntamientos que construyen parques y en general con todas las instituciones que manejan dinero a lo grande. En el caso de la Universidad de Barcelona el pretexto ha sido al parecer que si no se perdía no sé qué subvención de la Comunidad Europea que había que agotar. Mira tú qué culpa tendrá el campo. Es el mismo razonamiento del chico que, cuando el maestro le hacía tirar el chicle a la papelera, se lamentaba: “¡una peseta tirada!”. También aquí se podría responder como aquel maestro: “la peseta, la tiraste cuando compraste el chicle”.

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 “Intelectuales”. Un “intelectual”, lo que en la prensa aparece con esa etiqueta, ¿es simplemente un tipo que se retrata (siempre con una estantería atestada de libros a su espalda) con cara de panollo, de aquí-estoy-porque-he-venido? Todavía no. Para ser un verdadero “intelectual” es preciso que esa cara de panollo y de aquí-estoy-porque-he-venido se le ponga al sujeto al mirar a la cámara como el que se contempla en un espejo, por efecto reflejo sobre los músculos faciales de las toneladas de peso muerto que en su imaginación soporta al considerar, asombrado, su propia valía.

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Mis novias. Todas mis novias son imposibles: Mafalda, Luna, la gata Cutifina... La última chica de la que me he enamorado la he conocido en los lavabos del restaurante “El Pozairón”, de la calle Diputación: está retratada en la puerta de la izquierda para que se sepa que ése es el wáter de mujeres. Lo que de ella me ha cautivado ha sido sobre todo su figura y su manera de vestir: su chaquetilla tan femenina y su bolsito, esos tobillines de tipeta fina de los años sesenta..., y sobre todo su flequillín de francesita guapa de ésas que se llaman Monique, su inclinación de caderas, que a mí se me antoja el no va más de la feminidad... En fin, que me he enamorado de ella. Ya sé que es imposible, pero por si acaso he sacado una servilleta de papel de las de tomar notas sobre Homero, que son casi trasparentes, y he calcado la figura de su compañero, del corbatas que señala el wáter de tíos. La verdad es que lo veo un poco soso, con su americana, como de católico convencional de los que venían pintados en aquel Catecismo Escolar para explicar las virtudes y los pecados, como si, todo endomingado, saliera para el bautizo de un sobrino pensando si cae en Quincuagésima o en Adviento. Soso y convencional, ya lo he dicho, pero como yo por Monique sería capaz de las mayores abyecciones, voy a clavar el retrato del corbatas junto al espejo de mi dormitorio, a ver si cada día me voy pareciendo un poco más a él y logro así arrebatarle a su compañera, pues hasta el más lerdo entiende que el mensaje de las puertas de esos lavabos es éste: “el que consiga esa pinta de memo del de la derecha se llevará a esta chica tan bonita de la izquierda”.

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Progres. Antonio Muñoz Molina da cuenta en El País de su conversación con un policía. El escritor quería saber “por qué razón la mayor parte de las agresiones violentas suelen hacerse contra mujeres y contra niños”. Podría haber preguntado por qué son siempre los adultos los que matan a los recién nacidos y nunca al revés, pero preguntó lo que acabo de entrecomillar. Nada tiene de extraño que, antes de responder que mujeres y niños son los que tienen menos fuerza física, el policía se le quedara mirando “como asombrado de que le preguntara algo de simple sentido común”: no contaba con que se las estaba habiendo con un progre, es decir, con alguien que no puede permitirse tener sentido común, porque su sacerdocio se lo prohíbe.

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Lo femenino. Esas niñas que juegan a esquivar la pelota que otra les va tirando chillan al hacerlo de una manera tan gozosa que uno no puede por menos de preguntarse si chillan porque la pelota les va a coger o se ponen delante de la pelota para poder chillar. Si ese niño que participaba también del juego ha acabado por retirarse de él ha debido de ser por no poder compartir ese gozo, por no poder comprenderlo.

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Más a propósito de “La Tienda de Lolín”. Al leer por la calle el rótulo “El bar del Javi” me ha dado por imaginar la triste pose que el tal Javi habrá de acabar adoptando: puesto que también a mí, que no lo conozco de nada, se me anuncia como “el Javi”, todo lo aboca sin remisión a convertirse en ejemplar de uno de los tipos humanos más cargantes que existen: el simpático profesional.
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Prohibido contemplar*. Un pie de foto en El País: “el ministro observa la llanura desde el castillo”. O sea, que toda mirada ha de ser obligatoriamente observación, que está prohibido reconocer ninguna como contemplación (eso sería admitir que todavía es posible deponer por un momento la compulsión a mantenerlo todo bajo control y descansar en lo que gratuitamente nos es dado).
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 [*Título antiguo: Periodismo reaccionario.]
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Un cartel publicitario. Esa mujer que nos muestra, orgullosa, sus uñas pintadas, nos pone tal cara de satisfacción y triunfo, están todos los rasgos de su rostro tan embebidos de significado, que tenemos que participar de su pasión. Pero, prisionero del cartel, ese rostro está cortado de toda voz y todo contexto, suspendido en el instante de un gesto, como pez en una pecera congelada, como en una pesadilla, y nuestra participación queda ahogada en el instante de suscitarse: nos la apagan en el momento mismo en que nos la encienden. ¿Puede haber mayor violencia?

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Dónde está el campo. Campo campo, parece que ya sólo puede haber en alguna de las formas de la ausencia. Como aquellos gigantescos árboles bajo un sol esplendoroso, en mitad de una vaga llanura de trigales, que, con el fragor de su follaje ondeando en las altas ramas, se me aparecen a veces, como si quisiera recordarlos. Sólo la sospecha de que ya no existen, sólo la certeza de que si existieran no podría decir dónde, me los hacen de verdad ser campo. Pues en cuanto les imaginara una localización precisa ya los habría entregado, atados y esposados, a la desoladora contabilidad de lo urbano: “Por aquí pasará la autopista”, “Allá van a construir la urbanización”.

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Algo que se dejó caer. Voy hacia el metro de Poble Sec y, al cruzar la calle Tamarit, un olor a goma me devuelve algo olvidado. Olor a los soldados de goma con los que yo jugaba de pequeño, aquéllos estadounidenses vestidos como en las películas del Oeste. Pero lo extraño es que el recuerdo me ha devuelto aquello con el carácter de inacabado (de orientado a un futuro o abierto a él, esperando un desenlace) que tenía cuando era presente. Como si me hubiera devuelto algo que luego simplemente se olvidaría o se dejaría caer, sin llegar a solución alguna, sin arreglo ni recapitulación, y por eso ya no pudiera aparecer en la memoria como recuerdo retrospectivo, siempre visto desde esa recapitulación o arreglo, sino, de algún modo, como irrupción de un retazo de vida pasada. En los recuerdos corrientes el haber vivido ya la situación echa a perder la posibilidad de revivir su destaparse como tal, de tal modo que puedo recordar una sorpresa que me llevé, pero al hacerlo ya no me sorprendo, y es ese destaparse lo que de algún modo estaría conservado en los recuerdos a los que me refiero. Pero entonces, ¿cómo es esto posible?, ¿es que la situación se había vivido sin vivirse?, o mejor: ¿es que, sin “haberse vivido” nunca, se había ido viviendo sin embargo, siempre en presente, sin llegar nunca al perfecto?

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Progresiva penetración del poder fáctico. “Nous vous proposons...” decía el otro día TV5 para anunciar un programa. Antes, en la televisión de mi infancia, la fórmula era “les vamos a ofrecer...”, ahora, en cambio, “les proponemos...”. La diferencia parecerá mínima, pero es decisiva: El que ofrece lo hace desinteresadamente: ofrece por ejemplo galletas y si su huésped se las come o no no es cosa suya: él ya ha cumplido; el que propone espera aún una respuesta, la decisión de su interlocutor, de modo que indirectamente esa decisión todavía puede echarse a su cuenta. Antes la televisión emitía su programa y honradamente se desentendía de lo que el espectador fuera a hacer con él, ahora ese desentenderse ya no es posible: la propia decisión del espectador se coloca ya dentro del ámbito de planificación y competencias de la emisora. Todo es ahora más “personalizado”, más pegajoso y maternal, en plan “especialistas en tí”, como en un inmenso parvulario...

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Campos por los que salíamos a correr. Un buen día nos encontramos con que nos han tapiado el paso de la carretera a los campos sin nombre que hay entre el estadio y el castillo de Montjuic. “Política de embellecimiento de la ciudad”: nos los quitan para hacer un jardín botánico. Pero ¿qué utilidad tiene una operación así? Dependerá de cuáles sean las verdaderas carencias y sobreproducciones. Jardines botánicos, museos, registros y archivos, almacenes de piezas sabidas, rotuladas y etiquetadas, es justamente lo que está hoy en día por todas partes de sobra; de lo que hay carencia es, por el contrario, de lo aún no sabido, registrado ni rotulado. “Pero a fin de cuentas aquellos campos no servían para nada”, dirá el político. Más bien, no se sabía para qué servían, que es precisamente la condición para que cada uno les pudiera encontrar el gusto y la utilidad que a él buenamente le saliera: correr por el campo, como nosotros, pasear tranquilo por unos andurriales que no atraían a los turistas, sentarse a la sombra del Árbol del Ahorcado a leer una novela, pasear al perro, quedarse pensando en la forma de aquella nube o mirando aquel saltamontes, qué sé yo... Eran, ya se ve, unos campos de utilidad pública. Pero precisamente porque eran gratuitos, porque nadie los había programado. Para lo que de seguro eran inútiles es para apuntarse como logro del equipo de gobierno de tal o cual partido: carecían de utilidad “política”. Y como ellos tenían que ponerse la medalla de que habían hecho algo por la ciudad, no había alternativa: tenían que apisonar aquellos campos bajo sus planificaciones y proyectos.

Y si aquellos andurriales, siendo de utilidad pública, eran “políticamente” indeseables, ¿qué perversión se documenta ahí?, ¿con qué derecho puede lo “político” disociarse de lo público?

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Planificación. No es casualidad que toda “planificación” acabe en aplastamiento de criaturas vivientes bajo la apisonadora, pues ya lo dice la palabra: “planificar”, “hacer plano”: de lo que se trata es de aplanar y apisonar, pisotear, aplastar. Matar lo que aún pudiera quedar de brotado de por sí, crecido sin saber cómo: vivo.
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Glosa del anterior. Había que acabar apisonando las cosas porque ya desde el principio se les había perdido el respeto al considerarlas proyectables en un plano, o sea reductibles a geometría, como si nada esencial se perdiera con ello.

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Banalización de “sin embargo”. El que lea periódicos o papeles de negocios y tenga algo de sensibilidad lingüística lo habrá observado: en cambio ha sido sustituido por sin embargo: “el perro es blanco, sin embargo el gato es negro”. Pero mientras en cambio expresaba la simple diversidad de “esto es así, lo otro asá”, sin embargo era signo de una verdadera contrariedad: “es la primera vez que lo veo y, sin embargo, me es familiar”: para decir “sin embargo A” es preciso que lo esperable fuera “por lo tanto no A”: hay en esa contrariedad algo de sorprendente y necesitado de explicación, pues se da, si podemos decirlo así, en el interior de un mismo objeto, mientras que en la simple diversidad del en cambio no hay más que contraste puramente azaroso y fáctico, exterior. Y estando así las cosas, ¿cómo interpretar la sustitución aludida? ¿Qué es lo que hace posible una frase como “el perro es blanco, sin embargo el gato es negro”? No es que se perciba ahí una contrariedad, sino más bien que se ha dejado de percibir que en sin embargo había algo más que simple diversidad. Si no fuera porque de esa evolución parecen libres otras conjunciones de parecido significado, como no obstante, parecería que la contrariedad interna a un objeto, que era una cosa compleja e interesante, empieza a verse como diversidad externa, que es una cosa trivial. Como si cada vez le fuera más difícil al hablante encontrar en las cosas un sentido, una trabazón, como si ya sólo hubiera para él datos que coexisten indiferentes unos a otros.

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Sobre una universal predisposición al racismo. Veo pasar un negro por la calle y no puedo evitar reparar en su negrura. Y es que el ser humano también es objeto, también es cosa. Pero nada hay en eso que me predisponga al racismo si no interviene otro fenómeno. Se trata de que, precisamente porque el hombre es ante todo sujeto, es “yo” (con esa palabrita, con ese índice, se refiere siempre a sí mismo), el que aun así sea también cosa ha de aparecer forzosamente como de algún modo carente de razón, caprichoso, injustificado: Ese hombre, ¿por qué es precisamente negro? ¡Qué escandalosa arbitrariedad! Y aunque es él quien de entrada me aparece como afectado por el carácter de objeto, ese negro me recuerda con su simple presencia que, mal que me pese, también yo tengo raza, también yo soy objeto, y no puro yo. ¿No estará ahí, en la espontánea conciencia que uno tiene de su esencial condición de sujeto, de su esencial no-racialidad, la más escondida raíz de una universal predisposición al racismo? Ello tendría una importante consecuencia práctica: la lucha contra el racismo ha de ser denodada y no debe decaer un momento, dado que su raíz está siempre ahí, y dentro de uno mismo.

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