viernes, 14 de octubre de 2016

(Amdp.) Dos cuasipecios sobre la pena de muerte

Condenados y verdugos

Leo en el periódico que “Raymond Kinnamon fue ejecutado ayer mediante una inyección letal”. Lástima que no venga su foto: a veces las de los condenados a muerte tienen cierta callada elocuencia (en aquel a quien el poder trata como mudo, ¿cómo no va la palabra a hacerse carne?). En un recorte de periódico guardo las del protocolo de entrada en prisión de Clines, Holmes y Richley, y en ellas, si no me equivoco, comparece algo: en ese trance en que el poder trata de convertirlos en objetos, pura exterioridad que se registra, mide y pesa, es cuando más claro está que tras esos rostros hay un dentro, que ellos, mientras tanto, siguen, por el revés, siendo sujetos; es, en Clines, ese gesto un tanto altivo, como ausente, y en Holmes, esos ojos tan abiertos tras los largos mechones de jipi, ojos que parecen mirar a los funcionarios como pidiendo una razón. Pero es Richley el más sobrio: en su rostro duro está el desengaño de quien sabe que con esa gente es inútil hablar, que no te oyen. En él me parece reconocer a alguien que aparecía en un documental que trasmitió hace unos años la segunda cadena sobre los condenados a muerte de un penal USA. Los condenados, es curioso, me dieron la impresión de ser hombres razonables, con quienes podía uno hablar, es más, hombres que dentro de la horrenda situación que padecían conservaban una especie de natural tranquilidad para dejar que la palabra –la razón– fluyera por sí misma. A sus guardianes, en contraste, y sobre todo a quienes ocupaban algún cargo de responsabilidad (el director, el capellán), les traicionaba, a ellos sobre quienes ninguna amenaza pesaba, como un soterrado nerviosis­mo, el de quien-a-toda-costa-ha-de-tener-razón, el de quien no puede permitir que la palabra –la razón– fluya libremente, porque tiene de antemano determinado el cauce al que, quieras que no, ha de ir a parar (lo sabemos ya por Heráclito: “el hombre flojo a cada razón suele sobresaltarse”). Por el otro lado, en cambio, es como si la injusticia brutal que es una condena a muerte regalara a sus víctimas un atisbo de lo que es la vida, como si ese atisbo confiriera a quien lo alcanza un nuevo soplo de humanidad, como una nueva dignidad. Así debemos sin duda imaginarnos a Raymond Kinnamon. No podemos dejar de pensar: “Por eso lo matáis, porque es mejor que vosotros”.

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El pastel de chocolate dejado para después

Según El País, en su última cena Ricky Rector, un disminuido mental condenado a muerte por matar a un policía, pidió a uno de los carceleros que le guardara para después el pastel de chocolate. Se lo dejaría, pues, como premio tras el trago aquél que, sin saber exactamente qué sería, había de anticipar como desagradable. No sabía lo que significaba ser ejecutado, por lo tanto. Lo cual no deja de arrojar una sospecha sobre la pertinencia de su condena, pues, si no sabía qué era morir, tampoco podía saber lo que es matar. Su culpabilidad es, entonces, más que discutible (al tonto del pueblo, ¿no solía llamárselo
“inocente”?). A pesar de lo cual la ejecución se llevó a cabo.

Pero hay más, pues eso de que alguien, aunque sea un débil mental, pueda no saber lo que es morir, no hace más que poner al descubierto algo que toca a la muerte como tal, independientemente de si el que la trata de pensar es un débil mental o el más lúcido pensador que en el mundo ha sido: Nada sabemos de la muerte, pues nadie ha vuelto de ella. Por lo tanto, cuando matamos a alguien no sabemos lo que le estamos haciendo. Y por eso no tenemos derecho a hacérselo. No sólo el asesinato es contrario a derecho: la pena de muerte en sí misma lo es, y las leyes positivas que la contemplan son en el fondo inconsistentes, contradictorias.

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