Condenados y verdugos
Leo en el periódico que “Raymond Kinnamon fue
ejecutado ayer mediante una inyección letal”. Lástima que no venga su foto: a
veces las de los condenados a muerte tienen cierta callada elocuencia (en aquel
a quien el poder trata como mudo, ¿cómo no va la palabra a hacerse carne?). En
un recorte de periódico guardo las del protocolo de entrada en prisión de
Clines, Holmes y Richley, y en ellas, si no me equivoco, comparece algo: en ese
trance en que el poder trata de convertirlos en objetos, pura exterioridad que
se registra, mide y pesa, es cuando más claro está que tras esos rostros hay un dentro, que ellos, mientras
tanto, siguen, por el revés, siendo sujetos; es, en Clines, ese gesto un tanto
altivo, como ausente, y en Holmes, esos ojos tan abiertos tras los largos
mechones de jipi, ojos que parecen mirar a los funcionarios como pidiendo una
razón. Pero es Richley el más sobrio: en su rostro duro está el desengaño de
quien sabe que con esa gente es inútil hablar, que no te oyen. En él me parece
reconocer a alguien que aparecía en un documental que trasmitió hace unos años
la segunda cadena sobre los condenados a muerte de un penal USA. Los
condenados, es curioso, me dieron la impresión de ser hombres razonables, con
quienes podía uno hablar, es más, hombres que dentro de la horrenda situación
que padecían conservaban una especie de natural tranquilidad para dejar que la
palabra –la razón– fluyera por sí misma. A sus guardianes, en contraste, y
sobre todo a quienes ocupaban algún cargo de responsabilidad (el director, el
capellán), les traicionaba, a ellos sobre quienes ninguna amenaza pesaba, como
un soterrado nerviosismo, el de quien-a-toda-costa-ha-de-tener-razón, el de
quien no puede permitir que la palabra –la razón– fluya libremente, porque
tiene de antemano determinado el cauce al que, quieras que no, ha de ir a parar
(lo sabemos ya por Heráclito: “el hombre flojo a cada razón suele
sobresaltarse”). Por el otro lado, en cambio, es como si la injusticia brutal
que es una condena a muerte regalara a sus víctimas un atisbo de lo que es la
vida, como si ese atisbo confiriera a quien lo alcanza un nuevo soplo de
humanidad, como una nueva dignidad. Así debemos sin duda imaginarnos a Raymond
Kinnamon. No podemos dejar de pensar: “Por eso lo matáis, porque es mejor que
vosotros”.
*
El pastel de chocolate dejado para después
Según El País, en su
última cena Ricky Rector, un disminuido mental condenado a muerte por matar a
un policía, pidió a uno de los carceleros que le guardara para después el
pastel de chocolate. Se lo dejaría, pues, como premio tras el trago aquél que,
sin saber exactamente qué sería, había de anticipar como desagradable. No sabía
lo que significaba ser ejecutado, por lo tanto. Lo cual no deja de arrojar una
sospecha sobre la pertinencia de su condena, pues, si no sabía qué era morir,
tampoco podía saber lo que es matar. Su culpabilidad es, entonces, más que
discutible (al tonto del pueblo, ¿no solía llamárselo
“inocente”?). A pesar de
lo cual la ejecución se llevó a cabo.
Pero hay
más, pues eso de que alguien, aunque sea un débil mental, pueda no saber lo que
es morir, no hace más que poner al descubierto algo que toca a la muerte como
tal, independientemente de si el que la trata de pensar es un débil mental o el
más lúcido pensador que en el mundo ha sido: Nada sabemos de la muerte, pues
nadie ha vuelto de ella. Por lo tanto, cuando matamos a alguien no sabemos lo
que le estamos haciendo. Y por eso no tenemos derecho a hacérselo. No sólo el
asesinato es contrario a derecho: la pena de muerte en sí misma lo es, y las
leyes positivas que la contemplan son en el fondo inconsistentes,
contradictorias.
*
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