miércoles, 5 de octubre de 2016

(A modo de pecios) Cuasipecios antiguos, IV serie

“Me asaltan las siguientes consideraciones”. Eso te pasa por escribir cartas al director.

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Los “expertos”. Leo en El País: “Los expertos analizan el éxito televisivo del año”. Da lo mismo que se trate de televisión, de enseñanza, de sanidad, de finanzas o de lo que sea: ¿por qué todas esas cosas, que son de interés común, tienen que estar siempre mediatizadas y decididas por “expertos”? ¿Qué diablos son esos
“expertos”? Dado que por definición “experto” es el que tiene experiencia, podría, ingenuamente, pensarse que, por ejemplo, mi “Crítica de la pedagogía dominante”, que sólo he podido escribir aprovechando años de experiencia con la enseñanza secundaria, es, por eso mismo, la obra de un experto. Pero al autor de escritos de ese tipo nunca se le consideraría un “experto”. La
“experiencia” de los “expertos” no es aquella que todo el mundo puede tener con sólo aplicar su sensibilidad y su pensamiento a lo que la vida cada día le ofrece. A juzgar por lo que se lee en los periódicos, más bien parece ser todo lo contrario: un “experto” es un tipo que parte de una serie de tesis nunca puestas en duda, y es el trabajo de asimilación de esas tesis escamoteadas una y otra vez al examen la única “experiencia” que a uno le constituye en “experto”. Se trata, por decirlo así, de un trabajo de blindaje: en la enseñanza, en la televisión, en la sanidad, en las finanzas, etcétera, cerrar los huecos por los que los conceptos básicos que se manejan podrían respirar y conectarse con todo lo demás. Porque esa conexión, precisamente porque es con todo lo demás, puede ser muy peligrosa: tiene como consecuencia que los conceptos resultan siempre provisionales, sujetos a crítica y revisión. “Expertos” son quienes, al menos en lo que se refiere al campo en el que funcionan como tales, han logrado matar al niño que todos llevamos dentro, y pueden decir así, muy seguros: “eso no es realista”. O bien: “todos sabemos que...”. No debemos extrañarnos de que todo esté siempre en manos de “expertos”. Sólo así se tiene la garantía de que nunca se le va a descubrir a nada la vuelta, el engaño.

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De dibujos y fotografías. Hojeábamos revistas y no sabíamos el descanso que era encontrarnos a veces, incluso como publicidad, con grabados,  dibujos: con el dibujo de una playa tropical, por ejemplo. Ahora por todas partes encontramos fotografías: nos atiborran los ojos de imágenes obtenidas por medios –si prescindimos, claro está, de la elección del objeto y del encuadre– puramente fisicoquímicos. Y desde esa exposición moderna a la imagen fisicoquímicamente producida la sola idea de pasear la vista por un grabado nos despierta añoranza. ¿Por qué? Tal vez tiene que ver algo con ello el que para un grabado hablemos de “modelo”, mientras que lo que la fotografía representa más que como modelo funciona simplemente como objeto. “Modelo” implica, en efecto, una intención de semejanza, y por lo tanto una distancia, la que hay entre lo representado y su representación. Una fotografía no tiene intención de semejanza, porque en ella esa “intención” se produjo de una vez por todas con el invento de la fotografía, de modo que, al estar incorporada ya al propio mecanismo de la cámara, ha dejado de estar vigente en su manejo por el fotógrafo (que ya no tiene que plantearse que ese pepino que su cámara capta ha de parecer precisamente un pepino), y correlativamente en la interpretación de la imagen por el espectador. Así, la contemplación de grabados dejaba al espectador en libertad, le daba holgura para moverse por sí mismo (como su imaginación le diera a ver) en el espacio que separaba la representación de lo representado, y era por ello placentera y buena. Por contraste, la moderna sustitución de todo dibujo por una fotografía nos priva de aquel espacio que nos daba juego y de ahí que la hayamos de experimentar como algo que nos atosiga.

Viendo la película de Víctor Erice El Sur, en la que aparecen unas postales antiguas, que a mí me han parecido coloreadas a mano, de balcones andaluces engalanados de flores, he tenido también la sensación de que aquella distancia implicada en una representación más o menos artística, no obtenible fisicomatemáticamente, había de ser correlativa de una mayor cercanía a la verdad, mientras que el moderno imperio de la fotografía había de ser inseparable de alguna esencial mentira, de alguna ficción. Un poco como si en cierto sentido la ficción hubiera de ser verdadera y la verdad ficticia. Tal vez es, simplemente, que el dibujo, por no pretender reproducir la cosa en toda su apariencia, era documento de un respeto que preservaba más allá la verdadera apariencia de la cosa. Tal vez es, simplemente, que la pretensión de reproducción exacta que hay en la fotografía necesariamente funciona, impúdica y pringosamente, como pretensión de verdad, como si cada fotografía nos dijera: “Mira: no es nada más que esto”. Y esa pretensión de verdad ha de verse necesariamente defraudada: no, nunca podrá nada verdadero sernos dado así, nunca ningún mecanismo fisicomatemático será capaz de decirnos cómo son las cosas. Por eso un mundo en el que el modo dominante de percepción de las cosas es la imagen fisicomatemáticamente generada ha de ser un mundo falaz, un mundo dominado por la mentira.

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Un periódico del revés. Un periódico que de verdad quisiera poner en evidencia ilusiones y engaños no podría tener nunca un título publicitario ni altisonante, y
“El imposible” es esas dos cosas. Para ser descubridor es preciso lo primero de todo ser humilde. Por eso vendría bien un título por el estilo de “Hoja dominical”, “Boletín”, o algo así. Sólo con ese carácter podría el periódico dar noticias de verdad: no que se están organizando los actos del 100 aniversario de la muerte de Gaudí, sino que se están organizando los actos del n aniversario de la muerte o del nacimiento del famoso x, del genio y o del infumable z, noticia que debería ir saliendo de vez en cuando, sin preocuparse por hacerla coincidir con los actos por un infumable determinado.

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Ciencia y saber cotidiano. Pero bien se ve el provecho de aquel viaje de ida y vuelta: Se trata de hacer como si el saber cotidiano no valiera para nada y no supiéramos nada hasta que no viniera la ciencia a revelarnos sus hallazgos. El único saber que vale se cuece en los laboratorios: sólo puede tener existencia sobre la base de complicadísimas instalaciones que requieren inversiones millonarias. No está a nuestro alcance. El retroceso del saber cotidiano ante la ciencia no es otra cosa que un progresivo hacernos todos dependientes de unos cuantos.

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Lo que siempre se descuenta del progreso. Pido, al comprar el billete, que no me den un asiento de los que enfrente tienen otro y no dejan suficiente sitio para los pies. Me responden que, debido a que se está introduciendo un nuevo sistema de numeración, no saben qué número tienen esos asientos; resultado: me dan uno de los que no quería. Es decir, que, debido a la compulsión a reformarlo todo, no hay manera de llegar a ningún sitio antes de que llegue allí una reforma con la que no contábamos. Se tienen en cuenta las ventajas del cambio, pero no sus incomodidades, entre las cuales hay que contar con el cambio de referencias, que debido a los continuos cambios es continuo. Y como una referencia sólo lo es si se está quieta, tenemos que hacerlo todo a ciegas, y vamos tropezando a cada paso. Una ventaja tenía el que las cosas se estuvieran quietas: que podíamos saber dónde estaban, contar con ellas.

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Acribia. El cronómetro del andén marca el tiempo que falta para la llegada del próximo metro: “2 min. 23 seg.”, “2 min. 22 seg.”., “2 min. 21 seg.”. Pero al llegar aquí vuelve a empezar: “2 min. 37 seg.”, “2 min. 36 seg.”, “2 min. 35 seg.”... El ciclo se repite y se repite: hace un buen rato que sólo faltan 2 minutos 21 segundos. Ya se ve: es el artilugio tan perfecto que lo tiene previsto todo, hasta que no se sepa cuándo va a llegar el tren: Ni en ese caso hay que apagarlo por inútil: basta ir ensayando al buen tuntún, una y otra vez, nuevas aproximaciones, hasta que tarde o temprano la coincidencia con la marcha del tren se vea restablecida y pueda anunciarse triunfalmente: “entrando”. Podría tomarse como paradigma de la modernidad actual: una pretensión de exactitud y control total que consigue mantener a la gente permanentemente sin saber qué hacer.

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Planificación, II. El Ayuntamiento de Barcelona ha trazado un carril para bicicletas por el que no pasa bicicleta alguna. No dejar que sea la vida la que vaya abriendo los caminos como estelas en la mar, tener la pretensión de trazárselos, como si con ello no nacieran ya muertos.

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“Usted”. “Por mí fúguese todo lo que quiera. Lo hace muy bien”, le dice a la narradora el misterioso visitante inesperado de El cuarto de atrás. Imaginemos en cambio que hubiera dicho “Por mí fúgate todo lo que quieras. Lo haces muy bien”. Eso podría ser, según cómo, hasta babosamente besucón, pero lo otro era mucho más erótico. Es el eros de la canción “Hoy tengo cita con usted”, el de aquel libro de poemas de amor que se titulaba Usted. Y es que la distancia del usted le viene muy bien al amor. Pues, en una frase como “Lo hace muy bien”, ¿quién “lo hace”? Tercera persona: no la mía ni la tuya, sino la suya, la de alguien: el usted se hace el longuis: sabe flirtear mucho mejor que el tú.

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La publicidad le conoce a usted. Encuentro en el buzón una hoja publicitaria en la que una cadena de pizzerías anuncia a sus clientes que pueden conseguir una barca hinchable: “Te vas a hinchar a regalos”. Hay en ello varias cosas notables. La primera, el que al parecer no sea posible anunciar nada sin hacer que el mensaje se conecte fonéticamente, del modo que sea, con el nombre de lo anunciado (hinchar-hinchable). La segunda, el tono un tanto violento o grosero de la expresión “hinchar a...”, el mismo que hay en “lo infló a hostias”. La tercera, el tuteo. Y la cuarta, ese futuro que pretende saber lo que el receptor de la hoja publicitaria va a hacer, de modo que no hace falta proponérselo, porque basta con anunciárselo. Pues bien: todo ello es coherente lo uno con lo otro. Pues, en primer lugar, si ya sabemos lo que usted va a hacer, y por cierto antes que usted mismo, de modo que necesita que se lo comuniquemos, es usted un dominguillo y lo propio es tratarle de tú. Pero, también, ¿cómo podríamos saber lo que va usted a hacer si no fuera porque es usted un burro tras la zanahoria o un cerdo que no puede evitar revolcarse por el fango? Hay en usted, pues, una incapacidad de distanciarse de sus deseos, una coerción a la satisfacción, que hace que lo indicado sea hablarle en términos siempre un tanto groseros, de harturas e hinchazones. Y, en esas harturas e hinchazones en que usted al parecer como un cerdo vive, es lógico que el discernimiento ande un tanto disminuido (lo que no mata engorda), y no pueda usted detenerse un momento a reparar en que el que algo sea hinchable no significa que tenga uno que hincharse a nada por su causa. Pues detenerse sería, en efecto, crear ya una distancia, romper el juego de fuerzas que irremisiblemente tira de usted para el fango.

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